Himno de majestuosa celebración de la grandeza divina y de acción de gracias, uno de los más célebres de la liturgia eclesiástica cristiana. También, habitualmente, se canta en las iglesias para celebrar favorables acontecimientos religiosos o civiles. El Te Deum está escrito en prosa rítmica (el texto original termina con el versículo 21) y en él están empleadas con acierto literario y sentido religioso fórmulas litúrgicas anteriores. Según una leyenda de la alta Edad Media, el Te Deum fue improvisado en el momento del bautismo de San Agustín (abril 387), por él y San Ambrosio, un versículo alternativamente cada uno; pero hoy se está más inclinado a creer como mucho más fundada la atribución del Te Deum a Nicetas, obispo de Remesiana (hoy Bela Palanka en Serbia), autor de muchos himnos litúrgicos, que vivió hacia finales del siglo IV y principios del V.
E. Alpino
La melodía litúrgica del Te Deum parece que corresponde al mismo período del texto; sería, por tanto, más antiguo que el canto gregoriano (v. Antifonario); pero la forma en que ha llegado hasta nosotros ha sido probablemente alterada y modificada respecto a la originaria.
Tal como hoy se canta, no puede decirse que sea una de las más bellas melodías gregorianas, ya que tiene un algo de altisonante que se presta a las contaminaciones populares. El texto y la melodía del Te Deum han servido de inspiración a compositores musicales de diversas épocas, de un modo análogo a lo que ha ocurrido con el Stabat Mater (v.) y con el Dies irae (v.), pero en conjunto, con éxito menor. Entre los más antiguos Te Deum del período polifónico recordaremos los del contrapuntista flamenco Jacob Vaet (nacido en 1567) y el de Felice Anerio (1560-1614). En tiempos más cercanos a nosotros hallamos los dos del compositor inglés Henry Purcell (1658-1695), que pueden contarse entre sus más importantes composiciones religiosas; uno de Giambattista Lulli (1632- 1687), y dos de Georg Friedrich Händel (1685-1759), uno llamado de Utrecht (1713) y el otro de Detting (1743), entrambos en forma de cantata, compuestos por arias y Coros.
Un Te Deum singular es el compuesto por Giovanni Paisiello (1741-1816) para la coronación de Napoleón, a ocho voces, con orquesta y banda; se dijo de él que ha de considerársele no desde el punto de vista litúrgico, sino más bien entre religioso y militar; tiene cierta grandiosidad que hasta cierto punto vela las deformidades que en él sufrió el texto latino. De un estilo muy distinto es el Te Deum de Héctor Berlioz (1803-1869), ejecutado en 1855 en París por 900 coristas, con grandísimo éxito. Merece especial mención el Te Deum de Giuseppe Verdi (1813-1901), una de sus cuatro obras sagradas (las otras tres son: Ave María, Stabat Mater (v.) y Laudes a la Virgen María) estrenadas en París en 1898 y que fueron su última creación importante. Es para doble coro a cuatro voces, con orquesta; aunque no sea una de las mejores obras de Verdi y aunque en ciertos momentos peque de énfasis, está, sin embargo, impregnado de íntima inspiración, de un anhelo por la liberación de los dolores humanos; sentimiento característico de todas las obras religiosas y no religiosas de Verdi.
El tema litúrgico está expuesto al unísono, pero la verdadera sustancia de la composición musical es independiente del tema; tanto en el coro como en la orquesta hay una polifonía melodiosa y original. Un singular Te Deum sin voces es el del Op. 21 de Giovanni Sgambati (1841-1914), originariamente para orquesta de violines y armonio, transcrito luego por el propio autor para órgano y orquesta; la melodía litúrgica se utiliza en él con cierta nobleza, de modo que el sentido del texto se nos aparece sin la presencia material de éste. Otros Te Deum de menor fama e importancia se podrían enumerar, sin hablar de los casos en los que la melodía ha sido diversamente alterada, como en el final del primer acto de Tosca (v.) de Puccini.
F. Fano

