Hermano de Antonio, Manuel Machado (1874-1947) tiene una musa distinta de la del grave cantor de Castilla. Manuel cantó los toros, la guitarra, el «cante jondo»; poseía a un tiempo la gracia sevillana y la fina gama francesa de un artista de fin de siglo.
Dueño de una finísima sensibilidad sobre lo objetivo, son maravillosas sus poéticas interpretaciones de lo pictórico. Se le considera continuador del garbo de Salvador Rueda, y para un ilustre crítico contemporáneo es el Teófilo Gautier del modernismo español.
Destaca su comentario al Felipe IV de Velázquez: «Nadie más cortesano ni pulido/que nuestro Rey Felipe que Dios guarde,/siempre de negro hasta los pies vestido». «Castilla», «La mariposa negra», «Oasis», son asimismo poemas logrados e intensos. En «Adelfos», el poeta reveló la esencia de su alma, perezosa y muelle: «Tengo el alma de nardo del árabe español». Y su abulia andaluza quedó manifestada en los versos: «Mi voluntad se ha muerto una noche de luna/en que era muy hermoso no pensar ni querer… /¡Que la vida se tome la pena de matarme/ya que yo no me tomo la pena de vivir!» Los poetas jóvenes que estilizan la copla andaluza, tienen a Manuel Machado como precedente. «Oliveretto de Fermo», «Eleusis», «El jardín negro», «La Fiesta Nacional» (1906) no se olvidan. Horas de oro (Devocionario poético), de 1938, contiene junto a muy hermosos poemas, palabras del poeta que afirman su situación espiritual a la vez que su poesía: «En mí se ha dado la historia de España como una corriente que pasara por mi corazón».
Más honda en cálidas raíces de emoción religiosa, su poesía última tiene también sonetos emocionados, profundos, plenos de fe y confianza en Dios. La fusión de su andalucismo folklorista con su honda religiosidad se manifiesta en el romance «La saeta», en cuyos versos se describe un cuadro de típico ambiente sevillano en Semana Santa. Lo popular de mejor ley, lo pictórico más noble, lo religioso acuñado en el oro español más puro, fueron la cantera de donde Manuel Machado, precursor de los poetas populares contemporáneos, sacó su poesía cargada de melancolía y de ensueño. Sin alcanzar el nivel señero de su hermano, con el cual hizo un teatro poético de indiscutible importancia e interés literario, Manuel Machado realizó una hermosa labor de poesía que si arrancó de la parte «parnasiana» de Rubén, fue depurándose hasta lograr personales esencias.
C. Conde

