[Le petit prince]. Relato de Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944), dedicado a los niños pero en el que se mezclan, junto a lo maravilloso, ciertos trazos de psicología que revelan un delicado conocimiento de las relaciones que crean la amistad y el amor. Saint-Exupéry no acostumbraba escribir para los niños (v. Vuelo de noche, La tierra de los hombres, La ciudadela).
El pequeño príncipe, que apareció en 1943, no corresponde en absoluto a la literatura especialmente concebida para los niños y se dirige, más que a una cierta edad, a todos los seres que permanecen, por cierta aptitud, vulnerables, atentos y devotos a una tierna soledad. Aviador, antes de haber sido escritor, Saint- Exupéry imagina que una avería de motor le obliga a aterrizar en el Sahara, y que a «mil millas de todas las regiones habitadas» ve aparecer un pequeño muchacho de modales muy singulares, visiblemente satisfecho en esta soledad. El niño, con grandes cuidados, que el autor no adivina, se descubre poco a poco y plantea las cuestiones gracias a las que Saint-Exupéry reconstruye su historia, único habitante de un pequeño planeta en el que él cada mañana cuidaba de limpiar de hollín los tres volcanes, el Pequeño Príncipe había aprovechado una emigración de pájaros salvajes para su evasión.
Había llegado a esta resolución para dar fin de una vez a las tristes discusiones, a los equívocos que le alejaban siempre de una rosa de la que estaba enamorado y a la que, hasta entonces, había prodigado sus cuidados. La rosa, orgullosa de su belleza y creyéndose única en el mundo, creía tenerle estrechamente sujeto a sus menores caprichos. Todo ello no era más que una actitud de defensa, pues ella se sabía débil. Desamparado, el Pequeño Príncipe recorrió seis planetas antes de llegar a la Tierra.
En el curso de este viaje, cuyos detalles y aspecto general recuerdan un poco los Cuentos de Voltaire (pero sin su chocarrera virulencia ni sus acerados rasgos), el Pequeño Príncipe entra en relaciones con un rey, un vanidoso, un bebedor, un hombre de negocios, un farolero y un geógrafo. La actividad de unos y otros le parece más o menos extravagante, y se sorprende con la dulzura de la que jamás se desprende. Finalmente llega a la Tierra, y tras largas peregrinaciones, se encuentra en medio de un jardín florido de rosas. «Y se sintió muy desgraciado», pues su flor le había hecho creer que ella era la única en su especie en todo el universo. Es entonces cuando encuentra al zorro, o mejor dicho al feneco, ese animal de largas orejas que vive en el desierto.
La escena más emotiva del libro surge entonces, escena que parece la explicación, la clave de una obra en la que aflora continuamente la nostalgia de la amistad. El zorro ruega al muchacho que tenga la bondad de domesticarle; y se explica así:
«Tú no eres ahora para mí más que un niño en todo igual a cien mil niños. Y yo no tengo en absoluto ninguna necesidad de ti. Y tú no tienes tampoco ninguna necesidad de mí. Yo no soy para ti más que un zorro parecido a cien mil zorros. Pero si tú me domesticas tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo. Yo seré para ti único en el mundo».
«Comienzo a comprender — dice el Pequeño Príncipe —; hay una flor… creo que ella me ha domesticado».
Devorado por el deseo de regresar a su planeta, el Pequeño Príncipe se hará morder por una serpiente venenosa, desvaneciéndose en la noche, después de haber consolado bien o mal al aviador, que se había ligado a este pequeño personaje, extraño, apasionado y tranquilo. Los símbolos de que este libro está tejido permanecen indescifrables, y es mejor que sea así. El estilo, ágil y familiar a la vez, confiere al relato ese aire confidencial de los pensamientos expresados en alta voz ante un auditorio de seres sencillos, cuya lógica se acomoda a lo imaginario, y exige siempre detalles de extrema precisión.

