[Past and Presenil. Obra politicosocial de Thomas Carióte (1795-1881), publicada en 1843. Impregnada, como todas las obras de Carlyle, de un sentimiento heroico de la vida, y de espíritu profètico, pero también con sus típicos defectos de amaneramiento y énfasis, y un estilo excesivamente estimulante que llega hasta la irritación, vio la luz en el año más trágico y paradójico de una Inglaterra floreciente de industrias y rebosante de riquezas, pero envilecida por el pauperismo, por el paro de un millón y medio de indigentes socorridos a domicilio o en los ásilos de mendigos.
Como los economistas de la «Riqueza de las Naciones» de la «Demanda y la oferta», del «Laissez faire, laissez passer», no tienen tiempo de ocuparse «también» de la equidad en la distribución de los salarios y la sociedad entera es falsa, dada a los placeres, artificiosa, las fuentes interiores de la luz y de la vida están oscurecidas, secadas en los corazones, y el sentido moral embotado.
De la gran masa de la población se levanta un clamor que no proviene sólo de su hambriento estómago, sino de su espíritu asfixiado por falta de ideales, de cultura, de una voz para formular sus propias necesidades, de luz para ver su camino y de fuerza para seguirlo.
Ninguna reforma legislativa, ninguna ampliación del sufragio, ninguna ley sobre el trigo o sobre la emigración podrán remediar la escasez de corazones nobles, de almas heroicas. El futuro conferenciante sobre Los héroes.
El culto de los héroes (v.) no tiene más que una receta para el triste «Presente» : ser gobernados por los más sabios, por una aristocracia del talento, no por charlatanes que se contentan con embolsarse los salarios: por héroes… «Tú y yo, amigo mío, podemos en este mundo, de siervos empezar a ser dos héroes, y animar a los demás para que lo sean».
Para el mito de Midas, para el enigma de la Esfinge, la respuesta es: «Un cambio radical de régimen, de constitución, de vida, un nuevo cuerpo que hay que reanimar con un alma rejuvenecida, lo que no se logrará sin sacudidas convulsivas ni sin aflicciones». «Pero si vuestra nación tiene poca cordura…, iréis andando hacia la consunción. Al que no tiene, se le quitará lo poco que tiene»; «A tal pueblo, tal rey».
Para iluminar a los reformadores del «Presente», Carlyle evoca la visión del «Pasado», personificado no en un gran soberano o legislador o rey de los negocios, sino en el mendigo Sansón, que llegó a ser abad de «San Edmundo», y en su comunidad de monjes, que con su conducta de estudio, trabajo y plegarias dan fe de lo que todos los tiempos necesitan con urgencia: «Esta vida terrestre, y sus riquezas y propiedades no son en sí mismas cosas reales, sino tan sólo la sombra de las realidades eternas e infinitas; este mundo finito no es más que un terrible emblema, que pasa y vuelve a pasar ante el gran espejo inmóvil de la eternidad; y la pequeña vida del hombre contiene deberes inmensos, que suben al cielo o descienden a los infiernos».
Volviendo a la visión del «Presente», en el que el universo y Dios son un «quizás» y los hombres han perdido su alma, a pesar de lo cual «proclaman el derecho a ser felices», el autor se dirige especialmente a su país, «el más estúpido en el hablar, el más sabio en el actuar»; a sus «conservadores»; al mammonismo que se lamenta de la «superproducción»; a los propietarios de latifundios, que de sus campos no conocen más que la caza de la perdiz; a aquellos para quienes la nobleza consiste en el derecho de hacer sufrir a los demás, en vez del privilegio de sufrir valerosamente por los demás; a los demócratas que ven la esencia de la democracia en la liberación de la opresión por parte de los propios hermanos, aunque luego el hombre continúe esclavo de sí mismo, y proclama que la suprema necesidad para una nación es el de ser dirigida por el camino mejor por los mejores, por «una aristocracia real, por un clero real».
Por esto, aunque no deje de invocar todas las reformas sociales de los «demócratas», la obra a fin de cuentas es una glorificación romántica de la Edad Media, en que «se pro-? clamaban reyes a los mejores y más sabios, y éstos…- escogían a los más sabios y mejores para administrar el país», idealización totalmente antihistórica.
Su panacea — que el pueblo «sea gobernado por una aristocracia real y por un clero real» — pareció ya a Mazzini y a Browning una petición de principio. ¿Quién producirá y elegirá a los mejores, si no el pueblo? ¿Y cómo escogerá, si él mismo no es ya «noble y sabio»? A tal pueblo, tal rey; el mismo Carlyle lo ha reconocido; por lo que Browning invocaba: «No nos mandes ya más gigantes, Señor, y levanta el nivel de toda la humanidad»; y Mazzini: «Dios y Pueblo: ahora y siempre», queriendo superar la concepción ro- manticoapocalíptica de Carlyle con una idea historicista del progreso espiritual de las masas. [Trad. española por Ricardo Blanco Belmonte (Madrid, 1903)].
G. Pioli

