Fantasía novelesca escrita en forma dialogada, original del escritor español Pío Baroja (2983-1956) y fechada en Madrid en enero de 1906.
El autor vuelve a presentar aquí a su personaje Silvestre Paradox (v. la novela de este título), cuyo nombre y apellido ya indican su carácter independiente, irónico y sentencioso. En esta obra se vale de él para hacer una crítica acerba y demoledora de la civilización cristiana y de la obra colonizadora de los países europeos en África.
Para ello traza una arbitraria aventura de Paradox, la cual comienza cuando éste, hallándose en un pueblecito valenciano, muestra a su amigo Avelino Diz de la Iglesia un recorte de periódico según el cual el banquero judío Abraham Wolf se propone hacer un viaje de exploración por la costa occidental africana, para buscar un lugar donde establecer la patria israelita.
Paradox ha escrito a Wolf, y éste ha contestado invitando a los dos amigos a embarcar en la goleta «Cornucopia», que saldrá de Tánger hacia el Cananí. Tras unas escenas grotescas para presentar a unos cuantos tipos extravagantes, parte en la «cornucopia» el heterogéneo grupo que forman una hija de un general venezolano, un francés con su hija, un fabricante de Manchester, un naturalista alemán, un aventurero mutilado en varias guerras, un intérprete árabe y algún otro, con Diz y Paradox.
En el barco encuentran a un coronel que declara ser anarquista, un tal Mingote que va a ser recaudador de contribuciones del Cáhaní y un don Pelayo, antiguo e infiel secretario de Paradox, que va como administrador de Aduanas. Los diálogos a bordo son muy divertidos, hasta que se desata una horrorosa tempestad que desmoraliza a la tripulación, por lo que los pasajeros toman el mando de la nave.
Contienen la rebelión de los marineros, pero éstos se apoderan del bote de salvamento y desembarcan en la costa. Rescatado el abandonado bote, se valen de él y de una balsa para saltar a tierra, donde quedan en situación de náufragos. No tardan en aparecer los negros, que los apresan, y con este episodio comienza la segunda parte de la novela.
Hay unas pintorescas escenas con el primer ministro, el gran sacerdote y el rey Kiri, en las que los europeos van ideando tretas para salvar la vida. Consiguen convencerlos para ir a buscar las cosas que han quedado en el lugar del naufragio. Dominan a la escolta que les han puesto y marchan con los negros que la forman a establecerse en la isla Afortunada.
En la parte más alta establecen una verdadera ciudadela, donde esperan y resisten el ataque de las huestes del rey Kiri de Uganga. A partir de este momento empieza la colonización; Thonelgeben, el naturalista alemán, fabrica dinamita y hace surgir un lago; los negros están asombrados del poder de los blancos.
Y comienza la tercera parte cuando los de Uganga, ante estos hechos prodigiosos, se sublevan contra su rey Kiri, al que matan, y vienen a pedir protección a los europeos. Tras unas sabrosas discusiones acerca de la constitución que se va a dar al país, es nombrado rey Paradox, a quien se corona con gran pompa, al estilo africano.
Llega la época de progreso, en la que el autor incluye intencionadas parodias de la política y la justicia. Un día, en la colina de enfrente surge un campamento militar; son tropas francesas, que arrasan la ciudad de Bu-Tata, capital del reino de Paradox I, y hacen una gran carnicería de indígenas. El grupo blanco es hecho prisionero.
En la Cámara francesa ‘hay una sesión patriótica para festejar la gran victoria de Bu-Tata. Tres años después los colonizadores han introducido el alcoholismo y las enfermedades que los negros no conocían. Hay una violencia sorda e implacable entre indígenas y europeos, que se matan unos a otros. Y con esto llega el libro a su sarcástica conclusión.
Está escrita la novela en breves capítulos como escenas dialogadas. A veces hablan los elementos y los seres inanimados, para subrayar el pensamiento del autor. Y éste intercala algunos pasajes, entre ellos dos de los mejores trozos literarios de Baroja: el «Elogio sentimental del acordeón» y el «Elogio de los viejos caballos del tiovivo».
L. Monreal

