[Paradossi]. Son treinta discursos de Ortensio Lando (1512?- 1553?), publicados en 1543, con los que se pretende demostrar, como atestigua muy bien el título, alguna «sentencia fuera de la opinión corriente» de aparente seriedad, con la aportación de una copiosa erudición y con el rigor de un razonamiento que, no tomando en cuenta las posibles objeciones, llega triunfalmente hasta la conclusión buscada.
Lando demuestra en ellos, entre otras cosas, que. es mejor ser pobre que rico, feo que hermoso, ignorante que docto, loco que cuerdo, que la guerra es mejor que la paz, la carestía que la abundancia, que «no es cosa mala que un príncipe pierda su Estado», y «mejor es nacer de gente humilde que de linaje preclaro e ilustre».
Evidentemente, el autor no cree en todo lo que dice, ni quiere que lo crea el lector, pero la «pose» que adopta le permite dar a sus discursos un desarrollo sabrosamente satírico; y no son pocos en las Paradojas los alfilerazos contra los príncipes, los eclesiásticos y los literatos de la época. Cuatro Paradojas de tema específicamente literario están dirigidas contra Boccaccio, Aristóteles y Cicerón, y tienden a derribar los ídolos de la cultura contemporánea y a despertar las furiosas protestas de sus devotos.
Pero ni en éstas ni en otras hay que ver un propósito de crítica sistemática y ni siquiera una sátira coherente en nombre de un principio superior sólidamente poseído. «Puedo decir que — escribe Lando en la paradoja sobre la locura—, el haberse difundido la voz de que mi persona participaba en cierto grado de la locura, me ha granjeado comodidades y ventajas sin cuento.
Unos se reían de mí y yo tácitamente les engañaba, y, gozando de los privilegios de la locura, me sentaba cuando otros que se tenían por correctos estaban de pie, me cubría cuando otros estaban con la cabeza’ descubierta, y a pierna suelta dormía cuando los demás no sin gran molestia velaban»; y añade que «el loco vive más libre que cualquiera, puede decir lo que quiera, tanto de los príncipes como de las personas privadas, sin recibir puñaladas ni oír amenazas», dando en esta página un retrato más genuino de sí mismo, tal como se presenta en las Paradojas y en otras obras suyas; un loco fingido, al que, como por otra parte sucede en esta clase de ficciones, no falta un fondo de auténtica locura.
Y, como última originalidad, fiel siempre a esta imagen suya, quiso hacer seguir las Paradojas de una Refutación, procediendo con el mismo método y sin dejar de injuriar a su «nauseabundo autor», «Tersites de toda obra hermosa, acerbo amonestador, falto de juicio y de razón», «ingenio diabólico», sacando al mismo tiempo nuevo pretexto para sus sátiras, ¿as Paradojas, se entiende, no son, no podían ser ni una obra de arte ni la obra de un pensador, pero tienen una gran fluidez de estilo que las hace agradables, y son testimonio, además, de un temperamento singular, de sentimientos vivos en la época del autor. De manera que fueron imitadas y traducidas, y encontraron el favor del público italiano y extranjero.
M. Fubini

