Adquirido en Luxor por el egiptólogo y novelista alemán Georg Moritz Ebers (1847-1898), este famoso papiro médico figura actualmente en la biblioteca universitaria de Leipzig.
En estado excelente, de más de veinte metros de longitud, transmite en ciento diez columnas en hierático unos ochocientos setenta y siete entre diagnósticos, recetas y conjuros mágicos referentes a enfermedades diversas del cuerpo humano.
El anónimo escriba dejó interrumpida su obra después de haber copiado algunas columnas .de texto, también en el dorso del papiro, el cual, por lo tanto, carece de las líneas terminales de conclusión de los manuscritos egipcios.
Por la mención que hace del año IX del reinado de Amenhotep I, que leemos en un pasaje del dorso, el papiro se remonta paleográficamente a los comienzos de la dinastía XIII. Fue objeto de numerosos estudios después de Ebers, transcrito y traducido por H. Joachim, W. Wreszinski y B. Ebbel.
Los diagnósticos son, en conjunto, cuarenta y siete. En el papiro se dedica mucha extensión a la indicación de los métodos terapéuticos apropiados para curar determinadas enfermedades, de las cuales no se da la descripción completa porque se las supone conocidas por el médico egipcio en su sintomatología; por consiguiente, son citadas con la denominación entonces vigente, y reagrupadas en el siguiente orden: enfermedades de los ojos, de la piel, de las extremidades; de la cabeza, de la lengua, dientes, nariz, orejas, afecciones femeninas, con las cuales se hallan entremezcladas algunas normas para el recto gobierno doméstico; informaciones de naturaleza anatómica, fisiológica y patológica; una indicación de los tumores y enfermedades para los cuales es indispensable la intervención quirúrgica; esta última parte no tiene la amplitud e importancia que encontramos en el famoso Papiro de Cirugía Edwin Smith (v.).
El corazón y el intestino son claramente reconocidos en sus funciones peculiares. Al corazón se refieren dos tratados diferentes, que el papiro transmite en sus últimas columnas. De ellas deducimos que el antiguo médico egipcio había observado cómo las pulsaciones del corazón se hacen perceptibles en muchas partes del cuerpo, por medio de los vasos.
También había comprendido que el corazón es el centro de un sistema, el cual transporta lo que es debido, del corazón a cada parte del cuerpo (sangre, aire, etc.) por medio de los susodichos vasos, determinados en número de cuarenta y seis o de veintidós. Estas importantes nociones se pueden encontrar en el antes citado Papiro Smith.
La terapia atestiguada por el Papiro Ebers, predominantemente medicamentosa, de empirismo naturalista, consistía en remedios tomados del reino animal, vegetal y mineral, suministrados al paciente como infusiones o decocciones, o en unión de excipientes como el agua, la leche humana, el aceite, las grasas y la miel. Tenían algún crédito sustancias de valor dudoso como la sangre de los reptiles y de otros animales, etc.
El médico egipcio prescribía el uso de algunas recetas en determinados meses del año. Se ha hecho notar que la magia tiene en el Papiro Ebers una función secundaria, a diferencia de lo que se comprueba en otros textos similares, como en el papiro médico de Londres, conservado en el Museo Británico, del siglo XII a. de C.
Consistía en la recitación de conjuros y fórmulas en el momento de la aplicación del remedio, con objeto de aumentar en el paciente la confianza en el efecto curativo de lo que ingería, sólo para las enfermedades ante las cuales el médico reconocía su incapacidad. Algunas recetas recogidas en el Papiro Ebers se remontan a épocas muy anteriores a aquella en que el anónimo escriba redactaba la copia que ha llegado a manos del egiptólogo Ebers.
Oportunas glosas declaran los vocablos de los cuales, bajo la dinastía XVIII, se había olvidado ya el significado preciso. Los textos egipcios editados hasta ahora, si no permiten trazar un perfil del pensamiento médico de los doctos y los especialistas locales, ni de los progresos de la medicina egipcia en aquel tiempo, se imponen, sin embargo, al examen reverente de los estudiosos modernos, por la excelencia y la multiplicidad de los conocimientos a que había llegado la civilización egipcia también en el campo de la ciencia médica.
E. Scamuzzi

