Orión, Ercole Luigi Morselli

[Orione]. Tragicomedia mitológica de Ercole Luigi Morselli (1882-1921), repre­sentada por primera vez en Roma en 1910.

La obra se mueve en un ambiente harto complicado de divinidades, sátiros, soldados, esclavos y bacantes y hasta la referencia al mito asume una deformación que sabe a grotesco, y proyecta caprichosamente sus personajes en el escenario.

Orion, gran ca­zador y poderoso guerrero, es el hijo de Jú­piter, de Neptuno, de Mercurio y de la Tie­rra. Su nacimiento es misterioso, pero en todo y por todo estrafalario.

Las tres divi­nidades habían orinado en un odre, que luego fue sepultado en la tierra; de allí había de nacer un hijo para un viejo hoste­lero bobalicón y crédulo, Orion, el de la «ri­sa tonante», es fuerte y gigantesco; anda por el mundo conquistándolo todo y se enri­quece de gloria y de botín. Riquezas, amores: todo es suyo.

Parece personificar la mate­rialidad del poder: nacido de la tierra, en­salza los dones de la tierra; pero precisa­mente de ella había de sacar-—inexorable­mente—. su propio fin. Un minúsculo escorpión le pica, y el héroe, lanzando un grito postrero de fuerza y regocijo, muere pi­diendo a Júpiter que al menos lo tome en su corte a toda costa, con tal de mostrar su odio a la tierra traidora.

El significado de la obra (que en algunos aspectos recuerda el espíritu de ciertos dramas satíricos de los griegos, y por su final, la muerte del Mor­cante de Pulci (v.), por causa de un pe­queño cangrejo) reside en la certidumbre de no poder alcanzar el bien, aun cuando los mejores dones de la vida parecen sonreír- nos.

Pero fuera de ese final, que fue califi­cado de poseer un tono «crepuscular» — es­pecialmente con referencia a otra obra de Morselli, Glauco (v.) —, este Orion vive por ser una epopeya propia suya, franca y muy aristofanesca, grandiosa y resonante, hecha de escorzos y de una lucha burlona con la vida.

La muerte del héroe, si no se toma en cuenta el mundo poético particularmente preferido por el sentimiento del autor, tiene algo gratuito que no halla en su ironía final la nitidez de una representación dramática.

C. Cordié

Orione parece dibujado en el reverso de la página del centauro de D’Annunzio. (P. Pancrazi)