En la obra literaria y científica de Blaise Pascal (1623-1662) tienen una importancia, en muchos casos excepcional.
Estos escritos no han sido analizados por la crítica hasta nuestros días, particularmente para ilustrar los Pensamientos (v.) y las Cartas del Provincial (v.). Reunidos en 1897 en un volumen de Pensées et opuscules editado por L. Brunschvicg, y después por éste, Pierré Boutroux y Félix Gazier, en las «Oeuvres complétes» (1904-1914), establecen algunas de las actitudes más discutidas y tormentosas del gran escritor: su busca de una certidumbre filosófica y al mismo tiempo la plena conciencia de una necesidad religiosa.
Testimonio de un anhelo hacia Dios, en el místico anularse del alma ante el Creador, es el Memorial [Mémorial], que el escritor redactó la noche del 23 de noviembre de 1654, y quiso llevar siempre, encima, cosido en el forro de su casaca, en un pergamino y una copia aparte: Cristo habla a su espíritu y finalmente le da a comprender su voz de verdad y de vida. El alma encuentra su camino hacia la luz, y en la lucha contra el mal adquiere la conciencia de su propia dignidad.
Con entrega confiada a la gracia divina («Certeza… certeza, sentimiento, alegría, paz… Alegría, alegría, alegría, lágrimas de alegría») Pascal sabe que en adelante será todo de Dios; el recuerdo de aquella «noche de fuego», verdaderamente reveladora, le acompañará toda su vida. Pertenece a primeros del 1655 la famosa Conversación con el señor Saci acerca de Epicteto y Montaigne [Entretién avec M. de Saci sur Epictete et Montaigne], de la cual escribió un relato Nicolás Fontaine (1625-1709), secretario de Saci, en sus Mémoires pour servir á l’histoire de Port-Royal, publicadas después en 1736; redactado más de cuarenta años después hay que considerarlo con cierta circunspección.
Hablando con el gran director de los «solitarios» de Port-Royal, el joven anheloso de una definitiva certidumbre examina la antinomia que ampliamente se ha debatido en su espíritu entre Epicteto y Montaigne, esto es, entre la filosofía estoica que idealiza al hombre y lo eleva a Dios, y el epicureísmo escéptico y elegante que, viendo la miseria del hombre, lo considera sin ilusiones, entre los demás seres del mundo.
En adelante Pascal, después de la crisis documentada por su Memorial de 1654, siente la necesidad de salir de la esfera de la razón para resolver aquel contraste ideal en lo sobrenatural de la fe; precisamente porque por los autores profanos, como Epicteto y Montaigne, conoce la grandeza y la miseria del hombre, por causa de la deformidad de la naturaleza y el bien de la gracia.
Frente a Isaac Saci, jansenista inmerso en la filosofía de San Agustín y en la lectura de la Biblia y de los Padres de la Iglesia, Pascal objeta la necesidad de conocer a los autores profanos, como elemento de singular persuasión: así, no olvida su pasado de hombre de ciencia y hombre de mundo, pero le comunica nuevo vigor en nombre de una verdad verdaderamente segura.
También se remonta probablemente a primeros de 1655 o a últimos del año anterior (aunque por la crítica tradicional haya sido considerada como de 1647) la Plegaria para pedir a Dios el buen uso de las enfermedades [Priere pour de- mander a Dieu le bon ussage des maladies]: con mística entrega, Pascal da gracias a Dios por haberle enviado las enfermedades para corregirle y conducirle al bien, y pide la gracia de no comportarse como pagano en las condiciones a que su justicia le ha reducido. «Amad mis sufrimientos, Señor… Haced de ellos una ocasión de mi salvación y de mi conversión…»
Estos Opúsculos, como documentan algunos de los temas más profundos del autor, adquieren así un gran interés histórico en la vida espiritual del siglo XVII francés, aun junto a obras mucho más famosas y complejas.
C. Cordié

