Opúsculos Morales, Giacomo Leopardi

[Operette morali]. Diálogos y prosas de Giacomo Leopardi (1798-1837). Los tres pri­meros se publicaron en la «Antología» en enero de 1826; hacia fines de junio de 1827 se publicó en Milán un volumen que com­prendía los veinte primeros.

La segunda edición se publicó en 1834, en Florencia; contenía los veinte opúsculos de la edición milanesa más dos nuevas; la tercera edi­ción (1835) no obtuvo el «publicetur»; con todo, circularon algunos ejemplares; fueron reimpresos, según el propósito del autor, por Ranieri, en la edición de las Obras de Leopardi de 1845.

Obra de poesía surgida del desprecio de la civilización presente y de la filosofía optimista, no menos que del culto de una antigüedad cada vez más mítica, los Opúsculos morales, en trabaja­dos diálogos, ofrecen a veces las papeletas de hechos mitológicos o de noticias insó­litas que habían agradado a Leopardi y con las cuales había ordenado sus prime­ros estudios, como el Ensayo sobre los erro­res populares de los antiguos (v.).

Leo­pardi escribió a su padre que había querido hacer «poesía en prosa»; pero otra vez ha­bía pedido que sus Opúsculos fuesen publi­cados «en su unidad y su conjunto sistemá­tico» y había declarado que eran «cosa filo­sófica, aunque escrita con aparente ligereza». Con todo, nosotros hallamos en ellos el análisis de estados de ánimo, una redac­ción lírica, una narración fabulosa en el ambiente de antiguos mitos.

Los temas del origen del mundo y del amor, y hasta de la muerte del universo; los temas del tiempo y del espacio, del placer y del dolor, y del tedio, están como traducidos en paisa­jes cósmicos, desde el de la Historia del género humano hasta el Diálogo de Hércu­les y de Atlante, el Cántico del gallo sil­vestre, al Coro de los muertos, en el año grande y matemático.

La filosofía en los casos más felices está en él absorbida y disuelta y se ha convertido en poesía. Se entiende que hay también una fuente de sombras que aquí y allí oscurece los Opúscu­los y lo que en ellos es caduco, aquel sen­tido arcaico que se advierte aun en su len­guaje, un poco arcaico hasta para el tiempo de Leopardi, todo ello es debido a la lucha polémica de la filosofía, que se empeña en mostrar la infelicidad y la vanidad de la vida.

Y ya el primer contacto con ese filó­sofo no es ciertamente cordial ni amistoso. Será, pues, necesario mirar cara a cara a aquel hombre que dice tan desoladoras pa­radojas y tan agrias a veces; y descubrir hasta en el tono de su voz la cordialidad que las palabras parecen negar; será menes­ter descubrir esa alma tierna que con las teorías desconsoladas se «engaña» y se ol­vida a sí mismo.

Porque Leopardi filósofo ha asumido la más ingrata de las misiones entre los hombres. Después de haber afir­mado las ilusiones que providencialmente esquivan la amarga verdad, se encargó de demostrar a los hombres, con los silogismos de una razón a la que él ha declarado in­eficaz e inepta para la vida, la infelicidad del vivir, se encarga de arrancar él mismo de los ojos humanos el velo que embellece las cosas.

Y así sucede que cuando no cede a la poesía, su expresión se torna rígida, pierde toda blandura, y no tiene siquiera la agudeza espléndida que se observa en ciertas áridas páginas de filósofos. Pero nos­otros entre los Opúsculos buscaremos aque­llos en que sobresalen la invención lírica y la ternura humana; los poderosos y glo­riosos motivos de mito; la sustancia poética, que, ciertamente, es más rica aunque no más pura, que la de los Cantos.

De la His­toria del género humano, con que se abre el volumen, como de otras obritas, se podría decir que fue pensada en poesía y tradu­cida en prosa; es un paisaje del mundo ha­bitado por los primeros hombres «creados por todas partes a un mismo tiempo, y todos niños»; con el deseo de infancia tanto del hombre como del tiempo, con su conso­lador fantasma del Amor y, en fin, con el verdadero amor que de cuando en cuando desciende sobre la Tierra.

Y he aquí la gigantesca fantasía de Hércules y Atlante, que juegan a la pelota con el mundo, en un paisaje astral, obtenido con los procedimien­tos verbales más sencillos y, como el pai­saje cósmico, de manera tan sobria y casi callada se despliega ante la vista, también las palabras de Atlante y Hércules, y prin­cipalmente de este último, petulante, alegre y algo sardónico, resuenan en un medio atónito, como es la más vasta cúpula ce­leste que el hombre puede imaginar sobre los horizontes.

Demasiado erudita es la risa que surge del Diálogo de la Moda y de la Muerte, esas dos hermanas nacidas am­bas de la Caducidad. Su «naturaleza y usan­za común consiste en renovar continuamente el mundo», la Muerte arrojándose sobre las personas y a la sangre, la Moda contentándose cuando más en las barbas, en los cabellos, en los vestidos, en los mue­bles, en los palacios y en cosas por el es­tilo.

La Moda colabora en convertir en siglo de la Muerte el presente, a acrecer el «Estado» de la Muerte en la Tierra. De­trás de- estas dos figuras que hablan co­rriendo, se crea un paisaje de colores lúgu­bres y fantásticos. La propuesta de premios hecha por la Academia de los Xilógrafos desarrolla y dilata en opúsculo una ocu­rrencia ingeniosa: aunque se le busque a precio de oro, no se encuentra en el mundo un amigo verdadero, un hombre capaz de empresas virtuosas y magnánimas, una mu­jer fiel y la felicidad conyugal; es menester, pues, en un siglo de máquinas, inventarlos fabricando tres autómatas.

Y, ahora, des­pués del diálogo menor de Salustio y de un lector, Leopardi vuelve nuevamente al pai­saje cósmico con el Diálogo de un Duende- cilio y de un Gnomo, en un tiempo mudo y lejano de donde ha desaparecido todo rastro de hombre. Esta visión es deslum­brante y solar; la fantasía jocosa subyuga al razonamiento y lo compone en un fu­gado feliz, más allá de las argumentaciones; la ironía se representa líricamente, cuando imagina en un mundo difunto la justa de grandeza que hacen un duendecillo y un gnomo, cada uno de los cuales afirma que el mundo está hecho para su especie, mientras que el hombre desatinaba al decir que estaba hecho para él.

Después, he aquí a Malambruno y Farfarello, pretextos para remachar que no vivir es mejor que vivir, pero ello en páginas etéreas y aladas. La fantasía se embota en el Diálogo de la na­turaleza y de un alma, razonado todo sobre la infelicidad, mayor en los grandes hom­bres, que en los -demás; se aclara en el Diálogo de la tierra y de la luna, donde se afirma la infelicidad de todos los planetas. Y, con todo, la belleza, y las maravillas, y las fábulas del universo la levantan como en una bella danza.

El diálogo de un físico y de un metafísico, sereno pero no vigoroso en el razonamiento, se aviva al recuerdo de antiguas fábulas. AI físico que descubrió el arte de vivir largos años, el metafísico objeta que si la vida no es feliz nos conviene más que sea breve que larga; y le declara que la naturaleza de los hombres hace que vida e infelicidad no puedan dejar de acom­pañarse. Menos feliz es el Diálogo de la Naturaleza y un irlandés, en su sustancia razonadora sobre el padecimiento de la vida; pero no está privado de imágenes y descripciones hermosísimas.

El Diálogo de Torcuato Tasso y de su genio familiar, uno de los opúsculos más notables, significa­tivos y ricos de Leopardi, como síntesis de todas sus teorías, es una fantasía angustiosamente bella. Aun en su trama de razona­mientos que no convencen subsiste la vi­veza de los afectos que lo armoniza en todos sus aspectos.

En este diálogo se abordan cuestiones metafísicas cuya solución, si se aceptase, quitaría todo valor a todas las construcciones leopardianas en que se dis­tingue la verdad amarga de las ilusiones y el dulce imaginar. Aquí está la teoría de la vida como un estado de violencia; aquí la teoría del teórico, aquí la de la habitua­ción; todas más o menos falaces y todas ricas en humana ternura; aquí tenemos, además, la consoladora página acerca de la soledad.

El diálogo está dominado por un sentimiento sincero, inspirado por un poeta patético e infeliz a quien Leopardi amaba, y en una cordialidad imaginativa que de improviso se apodera de nuestro ánimo. Después, el Diálogo de Timandro y de Eleandro es una elocuente defensa de los Opúsculos, en que se toca un tema poéti­camente profundo: la infelicidad no ya de los vivos, sino de los muertos.

Brillante como un mármol negro el Parini o de la Gloria; de una inteligencia y agudeza vagas, monótonas. Es un razonamiento sobre la vaguedad de la gloria, sin que sea alcan­zado el significado filosófico de esta pala­bra: acuerdo en quien busca la «gloria», entre la propia obra y la moralidad del mundo, agradecimiento a la universal pro­videncia de habernos confiado una alta misión.

Pero está a la vista el Diálogo de Federico Ruysch y de sus momias: y se oye el coro de los muertos. Las momias, las cuales, cumplido el año matemático, re­sucitan por un cuarto de hora y hablan de la vida, son un placentero absurdo.

Aunque de tan macabra materia, este diálogo se halla entre los más imaginativos de Leo­pardi, y no produce cansancio, como otros suyos de materia mucho menos fúnebre. Este diálogo se propone un tema’ desespe­rado e insoluble: si la muerte es dolorosa. Leopardi lo concluye poéticamente compa­rándolo con el dormirse.

La resplandeciente prosa de Filippo Ottonieri no basta para crear una gran figura. Dicen que Leopardi se ha dibujado en él; acaso, pero es un Leo­pardi que no ha escrito los Cantos ni los Opúsculos. Con el Diálogo de Cristóbal Co­lón y de Pedro Gutiérrez la fantasía poética vuelve a emprender el vuelo: la imagina­ción se sirve de formas razonadoras, pero éstas no la ahogan; y su prosa es afectuosa y humanísima.

La escena nocturna de Colón y de Gutiérrez, que, en alta mar, sobre una frágil carabela, hablan del motivo que im­pulsa al navegante a buscar nuevas tierras, para vencer el hastío y amar la vida, ha­llándose a cada punto en peligro de muerte, puede imaginarse todo por las sencillas palabras del comienzo: «Hermosa noche, amigo».

El Elogio de los pájaros, opúsculo famoso por su prosa, tiene una virtud propia popular, aun en su trabajadísima forma. En uno de los pasajes se lee una breve teo­ría de la risa, como una «locura no dura­ble o de desvarío y delirio», puesto que los hombres, «no estando satisfechos, ni siendo deleitados por cosa alguna, no pueden ha­llar causa que sea razonable y justa».

Poe­sía en prosa es el Canto del gallo silvestre, en todos sus momentos en que acoge, aun­que sea en forma negativa, espectáculos y afectos de la naturaleza. El Diálogo de Plotino y de Porfirio vuelve a tomar los temas de la infelicidad, del aburrimiento y de la legitimidad del suicidio.

En fin, el Copérnico, con aquellos diálogos entre el Sol y el oro, entre Copémico y el Sol, es una alegre ironía contra los filósofos que decla­ran al hombre rey del universo. Leopardi está en un momento de gran inspiración, y ha transportado poéticamente a una esfera de fábula mítica su sonriente humor acerca de la vanidad humana.

Filosóficamente los Opúsculos podrían condensarse en un solo diálogo, en pocas páginas; pero líricamente son temas y variaciones de innumerable fertilidad, y aquí está su eterna razón de ser. [Trad. parcial por Ciro Bayo, en Prosa y pensamientos (Madrid, 1904); trad. de Luis Cánovas bajo el título de Diálogos filosóficos (Madrid; 1919), y de Álvaro Mar­tín con el título Diálogos (Madrid, 1941)].

F. Flora

La imaginación está excluida de esta prosa, como fuerza del espíritu, generadora de ilusión y contraria a la verdad. Pero está en ella en forma de mito o de fábula, como velo debajo del cual se transparenta el pensamiento o con una luz fantástica de la que brota el razonamiento. (De Sanctis)

Los Opúsculos morales son prosas de aque­llas que, como hubiera dicho el Dante, van royendo, capa por capa, el corazón y el cerebro de donde salen. (Carducci)

El más grande prosista del siglo. (Nietzsche)

Algunas veces, al leer los diálogos de los Opúsculos morales, se presentan con insistencia al recuerdo ciertos otros «Dialoguitos», pergeñados por la pluma reaccionaria del conde Monaldo, y se siente esta seme­janza no sólo en la común predilección lite­raria por aquel género académico, por aque­llas tan abusadas imitaciones de Luciano, por aquellos «avisos de Parnaso», sino tam­bién en su espíritu estrecho, retrógrado, reaccionario, por antipatía hacia lo nuevo y viviente. (B. Croce)