Obra Mayor, Roger Bacon

[Opus Maius]. Obra del filósofo y científico inglés Roger Bacon (hacia 1214 – 1294), compuesta y enviada al papa Clemente IV a principios de 1267.

Requerido reiteradamente por el papa (que ya de cardenal le había rogado que pusiera en escrito sus ideas de reforma de los estudios eclesiásticos) para que le enviase una obra que compendiara el resultado de sus estudios, y a pesar de la prohibición ordenada por sus superio­res de publicar nada fuera de la Orden, Bacon, impedido de dedicarse a aquel tra­bajo porque pesaban sobre él otras tareas, y obligado a contraer deudas personales para procurarse el pergamino necesario y pagar a los copistas, sólo consiguió resu­mir apresuradamente y en líneas genera­les sus principales ideas y sus propuestas de reforma, y envió al papa, como preám­bulo, esta Obra Mayor por medio de un amigo de confianza, junto con un espejo ustorio y unos diseños de sus estudios e inventos científicos.

La obra trata, en siete partes, de los obstáculos a la verdadera sa­biduría y a la obtención de la verdad, esto es, de los errores y sus fuentes; de la rela­ción entre filosofía y teología, comprendiendo en la primera todas las ciencias («fundadas en las ciencias sagradas, espe­cialmente en la Sagrada Escritura»); de la necesidad de estudiar con ahínco las len­guas bíblicas sin confiarse a las bárbaras traducciones, si se quieren sacar a flote los tesoros contenidos en los Libros Sagrados; de la matemática y sus relaciones y aplica­ciones a las ciencias sagradas (aquí habla de la geografía bíblica y de la astronomía); de la óptica y de la perspectiva; de las ciencias experimentales; de la filosofía moral y ética.

La obra es presentada como la más audaz concepción medieval sobre la impor­tancia y las funciones de la «scientia experimentalis» para instaurar, en la Europa occidental y en el mundo entero, el dominio de la Iglesia (no es todavía la «instauratio imperii hominis» de su homónimo del si­glo XVIII). Hay, dice él, tres modos de saber: por autoridad, por razón y por expe­riencia. La autoridad no basta sin el razo­namiento, y éste no da lugar a la tranquila posesión de la verdad si la experiencia no confirma sus conclusiones.

La experiencia es, pues, la única fuente de certeza. Pero ésta es doble: externa e interna. La externa debe completar con instrumentos los datos proporcionados a los sentidos exte­riores, poner los resultados obtenidos a la luz de las matemáticas — lo cual la dife­rencia de la experiencia vulgar de los «in­expertos» — y tomar en cuenta las influen­cias ocultas. La interna es fruto de inspi­ración divina, en la cual Bacon distingue siete grados, hasta el éxtasis. La filosofía no tiene valor sino como instrumento del dogma; y las ciencias particulares tienen fines utilitarios, como servidoras de la teolo­gía.

La iluminación divina es necesaria (doctrina agustiniana) para sorprender los secretos de la naturaleza transmitidos por los hermetistas, alquimistas y astrólogos. La – experiencia de los demás es preciosa para quien quiera entrar en posesión del tesoro acumulado por los siglos; y por esto es nece­sario el conocimiento de las lenguas (él estudió intensamente el griego, el árabe y el hebreo para tener acceso directo a las fuentes de la cultura medieval). El autor profesó un verdadero culto por las ciencias naturales, matemáticas, perspectiva, óptica, geografía, astronomía, alquimia, que en su avidez por descubrir los secretos de la na­turaleza practicó con resultados originales. (Él mismo se fabricó y perfeccionó instru­mentos ópticos, y vislumbró el telescopio y el microscopio).

El experimentador no debe permanecer pasivo ante la naturaleza, «sino ayudar a la naturaleza con el arte». En filosofía, Bacon admite «el intelecto agente» de Aristóteles y de los escolásticos, pero lo identifica con Dios. Cada individuo tiene una inteligencia suya propia (contra Averroes); es más, el individuo es el solo ser existente («un individuo tiene más rea­lidad que todos los universales puestos jun­tos»).

El monismo, en todas sus formas, ya como «materia universal», ya como panteís­mo («Deus, esse formale omnium») es por él rechazado. La ciencia y la filosofía pues­tas al servicio de la Iglesia: una teocracia apoyada en la ciencia experimental; reli­gión, moral, ciencia y mística unificadas en el cuadro de la salvación de la humanidad y de la victoria definitiva del cristianismo; ésta es la visión que el entusiasta francis­cano hace resplandecer ante el Pontífice amigo suyo, a cuya muerte^ se desencadenó la reacción, y la persecución y la condena le redujeron al silencio. Sin embargo, su mensaje fue recogido por la escuela de Duns Scoto y de Occam.

G. Pioli