Noveleros, Edmond Rostand

[Les Romanesques]. Comedia en verso en tres actos de Edmond Rostand (1868-1918), estrenada en 1894.

Dos viejos amigos, Bergamin y Pasquinot, no tienen más que una aspiración: derribar el muro que separa sus jardines contiguos y vivir juntos tranquilamente el resto de su vida. Ello sería fácil si se pudiese combi­nar el matrimonio del hijo del primero, Percinet, con la hija del segundo, Sylvette. Pero, ¿cómo hacer aceptar un matrimonio así combinado a dos cabecitas románticas? Entonces traman una comedia: cuando re­gresan del colegio sus hijos, los dos ami­gos fingen tenerse un odio implacable y acumulan los obstáculos entre los dos jó­venes, los cuales, naturalmente, se enamoran, creyendo revivir la historia de Romeo y Julieta.

Para consentir en sus bodas y hacer verosímil la reconciliación, Berga­min y Pasquinot acuden a un espadachín. Straforel, que finge raptar a Sylvette, pero es derribado por la valerosa intervención de Percinet. Entre la emoción general, los viejos se abrazan, la pared es derribada, y los dos tórtolos pueden arrullarse con toda libertad. Pero la vida en común no es tan dulce como todos la habían soñado.

En efecto, Percinet, que piensa ser un hé­roe, cuando descubre la verdad huye de su casa indignado en busca de aventuras auténticas. Se empieza a reconstruir el muro entre los dos jardines. Pero Strafo­rel, que espera todavía el pago de sus servicios, se las compone para reconciliar a los dos jóvenes. Mientras engaña a Syl­vette con románticos propósitos de fuga, la asusta haciéndole comprender lo que cuesta vivir una verdadera novela.

La no­vela es buena, pero en dosis moderada, como el laurel en la cazuela, concluye pro­saicamente Sylvette. Y cuando vuelve Percinet, lacerado, herido y desengañado, los dos se convencen de que la poesía está en el corazón del hombre, no en las cosas, y que, cuando se ama «se pueden bordar flores verdaderas sobre una falsa trama». Débil la acción, artificiosos los personajes, tampoco el diálogo tiene la finura, la lige­reza a lo Musset que el tema requería.

Pero el público, cansado del pesimismo y del realismo del teatro contemporáneo, acogió con agrado esta comedia que fue la pri­mera de su autor y que anunciaba todo su futuro teatro, con su fácil retórica román­tica y las virtudes y defectos que habían de proporcionarle tan inmediatos y sonados triunfos.

E. C. Valla