Impresiones sinfónicas para piano y orquesta, de Manuel de Falla (1876-1946). Durante su larga permanencia en París, Falla inició la composición de esta obra, titulada en un principio Nocturnos, que le ocupó mucho tiempo, ya que en aquella época estaba agobiado de trabajo (conciertos y recitales, «tournées», lecciones, composición de las Siete canciones españolas).
Cuando en 1914 regresó a España, la obra — una de las más exquisitas de Falla — estaba ya casi terminada y sólo le faltaban las últimas correcciones, que realizó en el «Cau Ferrat» de Sitges. Esta obra, feliz unión del espíritu racial de Falla con la estética impresionista francesa, huye tanto de la forma Concierto como de la Sinfonía; en ella el papel del piano, verdadero protagonista, tiene gran relieve, pero en ningún momento la orquesta — rica y expresiva— se limita a una función de mero acompañamiento, sino que asume auténtica importancia.
Consta de tres movimientos («En el Generalife», «Danza lejana» y «En los jardines de la Sierra de Córdoba»), y sus temas, como en la mayoría de las obras del músico gaditano, se basan en los ritmos, cadencias, modalidades y figuras ornamentales que caracterizan el canto popular andaluz, que, sin embargo, muy raramente se aplican en su forma original y sólo en lo que constituye su esencia; la misma orquestación estiliza, a menudo, determinados efectos peculiares de los instrumentos utilizados por el pueblo. Pese a sus subtítulos, que según el propio autor deberían constituir una guía suficiente para su audición, no pretende ser una partitura descriptiva, sino expresiva, evocadora de determinados paisajes, ambientes y sentimientos, no tan sólo de rumores de fiestas y de danzas cuanto de experiencias dolorosas y misteriosas.
Su primera audición tuvo lugar en Madrid, y corrió a cargo de la Orquesta Sinfónica, el maestro Enrique F. Arbós y el pianista José Cubiles; a raíz de este estreno dijo un crítico: «…Son estas ‘Impresiones’ de Falla unas páginas sinceras, donde con toda espontaneidad va el músico retratando hondos estados espirituales, plenos de emoción y producidos por la poesía, melancólica y perfumada, de unos jardines españoles, contemplados en las serenas y misteriosas noches de Andalucía…»
O. Martorell
El tópico localista español desaparece para dar lugar a la sugestión producida por elementos muy simplificados, por lo que pudiera llamarse simiente del estilo, por breves, insinuados detalles del canto popular sometidos a un tratamiento armónico adecuado que contribuirá a la sugestión. (A. Salazar)
Ni por un momento cede Falla en las Noches a las tentaciones y sugerencias de un formulario descriptivo que está presente en todas partes, que por todas partes lo acucia y rodea, sino que con una heroicidad iluminada desvela el subjetivo espiritual mundo de todas estas cosas que en su nuda realidad objetiva ya podían ser musicales. (Tomás Andrade de Silva)
Mucho más que pintor de su país, Falla es un evocador de la emoción española, con frecuencia la más oculta y discreta. No puede haber nada menos brillante (en la acepción vulgar de virtuosismo, que musicalmente se da a este epíteto) que las Noches; pero también nada está más vivamente coloreado por un juego de luces y sombras manejadas con extraordinaria habilidad. La pujanza y sencillez de los efectos resulta allí admirable: basta escuchar cómo la Danza lejana, construida sobre un ritmo de tango, llega a alcanzar, en virtud de un simple «crescendo», una intensidad que se resuelve en gloriosa explosión. (G. Jean-Aubry)

