Nerón

Varias obras llevan este título, sobre todo en la literatura musical. Entre las primeras obras literarias tituladas con el nombre del emperador que la leyenda supone incendiario, hay una tragedia in­glesa, Nero, en cinco actos, de autor des­conocido, impresa en Londres en 1624.

El drama se distingue de los contemporáneos y predecesores elisabetianos por la escasez de fantasía, la ausencia de horror y de voluptuosidad, y por la servil traducción de pasajes sacados de los clásicos latinos: Séneca, Tácito, Suetonio, etc. Nerón (v.) aparece ya como un tirano sediento de do­minio, ya como un vanidoso poeta, amado y odiado por el pueblo, centro de las in­trigas de los cortesanos.

La condena de Cornuto, que se había atrevido a criticar la idea de una historia de Roma en cuatrocientos volúmenes; la muerte de Popea, a causa de un puntapié de Nerón; el des­pido de Séneca de la vida; la muerte de Petronio (v.) y de su esclava Enarte, lle­van la tragedia a la conclusión, hasta que Nerón, fugitivo, amenazado por las milicias de Galba, no tiene otro remedio que morir. Por la misma frialdad producida por la imitación de los clásicos, esta obra tiene cierta solemnidad, y contribuye a la ela­boración escénica de la figura de Nerón.

La violencia dramática de los personajes y acontecimientos, ceñidos a la mentalidad y la moralidad anglicanas, la sitúan a dis­tancia de la concepción tradicional y dan a la obra un sentido anacrónico que puede tener cierto interés documental.

E. Allodoli