Suma de la filosofía de Epicuro (342-270 a. de C.), de la que sólo nos quedan fragmentos. Esta pérdida está en parte suplida por la «Epístola a Pitocles» (v. Epístolas de Epicuro), compilación de la obra De la Naturaleza (así lo reconocen incluso los que la declaran apócrifa), de la que puede considerarse como el fragmento más valioso; en tanto que para el conocimiento de la teoría física de Epicuro la fuente más preciosa es la epístola de Herodoto.
La «Epístola a Pitocles» trata especialmente de las doctrinas meteorológicas, sobre las cuales Epicuro no tenía ideas propias que fueran fruto de observaciones o de experiencias personales. Como no nos es posible examinar con la suficiente exactitud los fenómenos celestes, y como les pueden ser asignadas causas diversas, no debemos pretender alcanzar sobre ellos una certidumbre imposible; por tanto, su investigación «no debe hacerse según vanos enunciados o leyes dudosas, sino según los datos que nos son ofrecidos por los propios fenómenos», contentándonos con explicaciones probables.
Un mundo es una porción determinada y circunscrita del cielo, que contiene astros y tierra, netamente separado del infinito. Tales mundos son infinitos en número, y nacen cuando «ocurren determinados encuentros de átomos…, que se enlazan entre sí…, hasta que alcanzan su composición propia y acaban su crecimiento. No basta que ocurra un encuentro de átomos y se produzca un remolino…; esto está en oposición con los fenómenos. El sol y la luna y los demás astros… se forman, luego crecen por nuevas agregaciones y torbellinos de determinadas substancias, constituidas por pequeñas y sutiles partículas, gaseosas, ígneas o partícipes de una o de otra naturaleza…».
El surgir y el declinar de estos astros puede explicarse, o porque se enciendan y apaguen, o porque sucesivamente aparezcan sobre la Tierra y se oculten a nuestra vista, pues tales fenómenos son susceptibles de entrambas interpretaciones. Puede también ocurrir que los movimientos estén producidos por el movimiento en torbellino de todo el cielo, o bien que el cielo esté inmóvil y los astros giren por necesidad producida en la génesis del mundo. «Los movimientos trópicos del sol y de la luna pueden producirse por oblicuación del cielo…, o porque hayan sido arrastrados a un vórtice que les imprima un movimiento helicoidal», o por otras causas, todas ellas conciliables con el testimonio de los sentidos.
Lo mismo ocurre con las fases de la luna: nada se opone a que ésta tenga luz propia o a que la reciba del sol. «Es preciso recordar las diversas explicaciones posibles, considerar las hipótesis y las causas concomitantes, y no dejarse arrastrar a una explicación unitaria». Los eclipses de sol y de luna pueden producirse por extinción o por interposición de otros cuerpos. También la sucesión ordenada de los fenómenos debe explicarse por analogía con los que ocurren sobre la Tierra. «Nunca se aduzca como causa de los fenómenos la intervención de una naturaleza divina…; porque entonces todas nuestras investigaciones… resultarían vanas».
Hay varias explicaciones sobre la duración desigual de los días y de las noches, y de los pronósticos del tiempo, «y ninguna de ellas está en oposición con los fenómenos». Pasa después a indicar las diversas explicaciones posibles de la formación de las nubes y de su resolución en lluvia; del origen de los truenos y los relámpagos, «seguramente por rozamiento de varias nubes», o por otras seis causas posibles, que enumera; de la causa de los rayos, respecto a los cuales, sin embargo, «no ha de darse fe a los mitos», sino que deben estudiarse partiendo de los datos sensibles.
De análoga manera sugiere para cada fenómeno distintas hipótesis; sobre el arco iris, por ejemplo, Epicuro afirma que se produce porque «los rayos del sol se proyectan en el aire húmedo…, por lo que luego, refractándose la luz, los estratos cercanos al aire pueden recibir la coloración que vemos, porque esa coloración se proyecta sobre las partes componentes del aire». El último capítulo trata de los cometas, de las estrellas fugaces y de los pronósticos del tiempo.
Contra las tentativas de sugerir diversas hipótesis interpretativas de los distintos fenómenos, Epicuro no se cansa de advertir: «Pero este fenómeno puede también producirse por varias otras causas, con tal que en nuestras investigaciones sepamos atenernos a lo que está de acuerdo con los fenómenos…: querer buscar una solución única, es digno de los que quieren imponerla a los demás»; en cuanto a la hipótesis de que los animales con sus augurios determinan las tempestades, insiste en que ni ellos pueden influir, ni existe ningún ser divino que pueda producirlas por tales augurios. La solemne y repetida admonición a ser cautos en la pretensión de dar una interpretación única de los fenómenos de la Naturaleza, dogmatizando en materia tan obscura, y asimismo la exhortación a que excluyamos a la divinidad como causa inmediata de estos fenómenos, constituye el mayor valor científico y filosófico que encierra de De la Naturaleza.
G. Pioli

