[La Musique intérieure]. Obra de Charles Maurras (1868- 1952), publicada en 1925. El libro se abre con un importante prefacio, que en cierto modo constituye las memorias del poeta y en el que el autor nos describe todos los caminos y experiencias que ha tenido que atravesar para llegar a este concepto eminentemente clásico de la poesía.
Al principio, la poesía sólo fue para él el dominio de la pura sensibilidad, estando su amor a las ideas por completo entregado a la filosofía. Algunos, al leer La Música interior, podrán lamentar que Maurras se haya «reformado». Los pequeños poemas en que la sensibilidad habla por sí sola («Revelación» o «La Colombina abraza al Payaso») muestran una más intensa vida poética que el canto majestuoso del «Misterio de Ulises» o las estrofas militares de «La batalla del Marne». A menudo el aparato mitológico— sátiros, ninfas y vegetales consagrados — parece ahogar lo natural.
Pero la mayor parte de estos poemas, sin embargo, son un reflejo de los grandes temas que vive Maurras: voluntad de perdurar, no en el sentido bergsoniano, sino en el sentido griego, es decir, voluntad de inmovilidad y de eternidad: «Después dé traspasar el polo de la Osa, / ¡Oh estaciones!, ¡oh sol!, vaivén misterioso, / Los corazones sienten el deseo de detener esta carrera / En algún mediodía radiante». Es, sin duda alguna, una angustia religiosa que Maurras no ha podido hacer enmudecer por completo y que renace con el recuerdo de algunos compañeros perdidos.
No es una llamada a la plegaria, sino el sueño de un bello mito, de un posible reencuentro con los compañeros de antaño, vueltos a encontrar en su particularidad viviente, rodeados .de aquellos lugares que ellos amaron en vida. Pero el conocimiento puede abrir al hombre, ya desde aquí abajo, los límites, de un Universo en el que «el espíritu no es vencido»; y en el movimiento está en efecto permitido a la , razón medir el orden. El himno en estrofas de nueve versos («vers neuvain») que más que ningún otro, según Maurras, puede darnos a conocer casi todo el clasicismo del autor, no es nada árido; Cipris vela allí, pero el rigor que le domina es la voluntad de Palas.
Arte intelectual sin duda, pero de una inteligencia esencialmente plástica, que prueba la invencible necesidad que siente de encarnar las ideas que ha adquirido de las cosas. Lejos de oponerse a ello, como lo había creído el joven Maurras, la poesía se presenta entonces como el cumplimiento de aquello que tienen de más alto la ética y la política. Lo sensible está justificado aquí por la idea, pero la idea, a su vez, prueba su vigor y su realidad creando los ritmos.

