[Chamber Music]. Colección de poemas de James Joyce (1882- 1941), publicada en 1907 en edición limitada. Fue veinte años después, cuando ya Joyce era famoso como autor del Ulises (v.), que estos poemas fueron llevados al conocimiento del gran público. Desde entonces se han sucedido las ediciones, confirmando el éxito de la obra.
Joyce tenía suficiente conciencia de su propio genio para menospreciar este éxito, pues, a fin de cuentas, la poesía era para él cosa menor, y contemplaba sus propios poemas más bien con mirada divertida. Es sin duda esto lo que revela el título de la colección: por muy sutil y perfecto, emotivo incluso, bajo su gracia un poco preciosista a veces, que resulte esta Música de cámara, aparece siempre como un delicado arroyo musical al lado de esa especie de oratorio gigante que es el Ulises, y más aún comparado a la formidable sinfonía de la Vela de Finnegan (v.). Pero sería también engañarse sobre las intenciones de Joyce el ver aquí otra cosa que un juego, un ejercicio de virtuosismo y probablemente una forma de recreo.
Lo que sucede es que la mano maravillosa del genio ha marcado este juego. Con la misma infinita minuciosidad de que hace gala en Poemas a penique (v.), su única otra colección de armonías poéticas, Joyce ha cincelado además de cada palabra, si puede decirse, cada una de las sonoridades de Música de cámara. No hay ni uno solo de estos treinta y seis poemas que no sea una «cosa de belleza» y una «alegría para todos», como decía Keats. No contento con la aliteración, que a menudo basta a la poesía inglesa, el autor ha buscado también la rima. El resultado han sido otras tantas melodías cortas — uno siente la tentación de decir otras tantas partituras breves —, que incluso el oído más cerrado y extraño a la música debe escucharlas, puesto que el ojo, automáticamente, cambia el símbolo de la letra escrita en letra sonora, en signo musical.
Es tan manifiesta siempre la intención musical, que en cada caso se podría señalar y anotar en el pasaje correspondiente los instrumentos del concierto: flauta, contralto, contrabajo, acaso corno inglés. Tanta perfección termina por ser la enemiga de sí misma: algunas de esas melodías no escapan a la monotonía. Mientras que en Poemas a penique los temas varían y sobre todo se animan y a veces se desgarran con acentos audaces e inesperados, en los que se nota no sólo la mano sino la garra acerada del gran Joyce, aquí el lamento amoroso es el único tema de los motetes y el resultado es evidentemente menor.

