Ensayos de crítica sobre el concepto vulgar de riqueza dominante en la economía política, de John Ruskin (1819-1900), publicados en el «Fraser’s Magazine» de 1862-63 y recopilados en un volumen con variantes y añadiduras en 1872. Forman junto con Hasta el final (v.) y con Tiempo y estación (v.) la trilogía del evangelio ético del gran crítico de arte y reformador social: un triple ataque contra el concepto de la riqueza, que «adora el polvo como realidad» (de ahí el título: los «dones del polvo»).
Para Ruskin, la economía política, aunque sea un sistema científico, resulta en general imposible, excepto en especiales condiciones de cultura moral. Las riquezas consisten en cosas «que tienen un valor en sí mismas», sin depender de la demanda o ser objeto de deseo, ni del hecho de que pertenezcan a quien no puede usarlas. La riqueza de una nación se mide por el atesoramiento de medios que conducen, no a la muerte, sino a la vida. De dos naciones con idénticos recursos, es más rica la que tiene una población mayor, siempre, que el nivel moral de la misma sea más elevado. En cuanto al dinero, podría ser eliminado sin que por ello el mundo se volviese más pobre ni más rico. Como el dinero confiere el derecho de escoger, por eso el comercio es el medio, de conseguirlo. Es un proceso necesario, con tal de que el comerciante reciba solamente su retribución y no una plusvalía dependiente del estado y condiciones del mercado; esto es para Ruskin tan injusto como la usura.
Considerando luego el sufragio político y su capacidad o incapacidad de formar un verdadero gobierno, y la esclavitud, su función y su peor forma — la venta del cuerpo y del alma —, Ruskin afirma que la desigualdad de la riqueza, en teoría, es justa, con tal que sea distribuida de modo que vaya al mérito y a quien pueda usarla («¿eran los lidios más ricos, como nación, porque su rey fuera Creso?»). La clave del problema es una clara visión de la diferencia entre gastos egoístas y gastos altruistas; por lo que, por ejemplo, hacer un empréstito a la patria con alegría, sin intereses, como obra de paz, habría de parecer más razonable que dar la propia vida y arruinar a la propia familia en una guerra. Al emplear la actividad de un hombre hay que procurar que produzca con seguridad y con alegría; concepto repetido con insistencia en las otras-dos obras que forman su trilogía economicosocial.
De las riquezas así producidas, la conciencia dirá lo que sea posible quedarnos para nosotros y lo que hay que dejar a los demás (como el mismo Ruskin hizo con su rico patrimonio paterno). «Pero, entonces, ¿qué fruto sacaréis de vuestro trabajo? No mayor que el que recibís de quitar el polvo a vuestra habitación… en términos, no de dinero, sino de vida (que produce también dinero en abundancia); y más aún, de luz, cuyo valor no ha sido traducido todavía a moneda». No hay otra alternativa: o tomar al «polvo» por divinidad, los sueños por vida, o atesorar el sol de justicia, la genuina sustancia del bien. La economía política idealista de Ruskin es susceptible, en todos sus principios, de ser tachada de utopía y sueño; pero se trata quizá de la utopía y el sueño a propósito de los cuales escribió Walt Whitman: «¿Es un sueño? No: su carencia es un sueño. / Y si se desvanece, la poesía y la riqueza de la vida se convierten en un sueño. ‘/ Y todo el mundo es un sueño».
G. Pioli
Dijo constantemente los absurdos más asombrosos a propósito del paisaje y de la historia natural, que era su deber comprender. Dentro de ciertos límites, habló con el más frío sentido común de economía política, que no era de ningún modo su deber comprender. (Chesterton)

