La Mujer y el Pelele, Pierre Louys

[La femme et le pantin]. Novela de Pierre Louys (1870-1925), aparecida en París en 1898. El joven francés André Stevenol ha en­contrado en Sevilla una hermosísima mu­chacha, Concepción o, mejor, Conchita Pé­rez (V.), que le ha sonreído desde el co­che. Conseguida una cita, Stevenol es vio­lentamente disuadido de ir a ella por su amigo don Mateo Díaz que, para informar sobre aquella mujer al joven, todavía ino­cente, resuelve contarle su historia. En cuanto conoció a Conchita, Mateo se ena­moró en seguida; pero desde el principio, chocó contra la invencible resistencia de la muchacha que, aun diciendo que le ama­ba, le negaba sus favores.

Jugando con el enamorado Mateo con sabia alternativa de ternuras y de repulsas que alcanzan las más inesperadas y crueles invenciones, Con­chita le envuelve cada vez más en las re­des de una apasionada y desesperada ser­vidumbre. Presa de una especie de psicosis obsesiva, Mateo la sigue hasta la taberna equívoca donde Conchita se exhibe en dan­zas privadas para aficionados a emociones. A los reproches de Mateo, deshecho e- im­plorante, la muchacha continúa diciéndole que le ama y que, pese a las apariencias, le es fiel. Obtenidas como regalo una casa y una dote, Conchita cita a Mateo por la noche, prometiéndole todas las satisfaccio­nes. Pero en cuanto le tiene junto, a la reja le declara que le odia y le hace asis­tir a una escena íntima con un jovenzuelo, que declara ser su amante.

Ante la reacción, por primera vez brutal, de Mateo, que al día siguiente la azota, Conchita cede final­mente, pero no por ello cambia su carác­ter extravagante y curioso y continúa tor­turando al hombre ya decidido a abando­narla. Stevenol no dice nada al amigo que deplora su vida destruida y al día siguiente marcha hacia París con Conchita, no sin enterarse de una carta de Mateo, que su­plica una vez más a la muchacha que vuel­va con él.

El tema del amor sensual, que se encuentra en todas las obras de Louys, alcanza en La mujer y el pelele una inne­gable evidencia dramática, donde el mismo estilo del autor, generalmente incluso de­masiado recargado, se hace rápido, mor­diente, incisivo. En un clima de trágica carnavalada, las pasiones se desarrollan con triunfante incoherencia y dan forma a una visión de farsa del corazón humano que parece superar los límites y el estilo de la novela decadente para elevarse a una real universalidad, y que constituye uno de los momentos más agudos de la literatura amorosa de fines del siglo XIX.

G. G. Severi