La Muerte en Venecia, Thomas Mann

[Der Tod in Venedig]. Novela de Thomas Mann (1875- 1955), publicada en 1913. Aschenbach, célebre escritor, agotado por el trabajo, siem­pre en busca de los artífices del arte, rea­liza un viaje a Venecia para recuperar allí durante las vacaciones las fuerzas que ne­cesita. En su hotel de lujo en el Lido, que­da prendado de la belleza de un joven po­laco, Tadzio, y se origina entonces, sin que jamás lleguen a hablarse, una singular intimidad entre el que crea con pena la belleza, y el que la representa sin esfuer­zo, sólo con su existencia.

Situación oscura, casi equívoca, que trae de continuo al pen­samiento de Aschenbach los Diálogos de Platón. En lugar de curar, su alma, ya agotada, se debilita más todavía. Él querría huir, tanto más cuanto que se murmura que en Venecia se han dado casos de có­lera; pero la casualidad quiere que su ten­tativa de fuga se frustre. Aschenbach su­fre cada vez más por la inconsistencia y la debilidad de su ser. Después de haber in­tentado con extremo esfuerzo obtener el vigor perdido con evocaciones paganizantes que comienzan casi como visiones irreflexi­vas, y después se reducen y empobrecen gradualmente hasta agotarse en una juven­tud artificial a base de cosméticos y tintu­ras, pierde toda resistencia vital y es víc­tima del terrible contagio, que termina con él rápidamente. Esta obra, breve pero den­sa, compuesta como un mosaico de mil pie­zas yuxtapuestas, en un estilo sobrecarga­do de preciosismos, es, como a menudo sucede en este autor, una mezcla de esteti­cismo voluptuoso y refinado y de una con­ciencia moral que teme hasta la más mínima decadencia y culpa al artista de todo su ser y hasta de su inocente juego con las apariencias. Naturalmente, el ambiente de Venecia, la ciudad creadora de bellezas, es un pretexto más para la ostentación de tantos esplendores.

Reconozcamos la extremada vi­veza de los colores en las descripciones de la playa del Lido, en los viajes de ida y vuelta entre el Lido y su casa; de la ciu­dad con sus canales y sus calles solitarias y todas sus callejuelas en las que se pier­de como en los meandros de un sueño. Pero, a pesar de sus refinamientos, la Ve- necia de Mann, después de aquella, toda­vía más magnífica, de Barres y de D’Annunzio, carecería tal vez de originalidad si el escritor no le hubiese añadido algo ines­perado: los dioses griegos. Se le aparecen a la orilla del mar e irrumpen inesperada­mente en esta novela, ya platónica; es Dionisos quien finalmente decide la suerte de Aschenbach. Se conocía el parentesco de Venecia con Bizancio; pero el aproximarla a Atenas representó una innovación. [Trad. española por José Pérez Bances (Madrid, 1920)].

F. Lion