Entre las Misas (v.) y los Magnificat por una parte y los Motetes profanos, los Madrigales (v.), las Villanelle, las Moriscas, las Canciones francesas y las Canciones alemanas (v.) por otra, los motetes sobre textos religiosos de Orlando di Lasso (de Lassus, patronímico bastante difundido en el antiguo condado de Hainaut, que literalmente se traduciría «di lassù» [«de allá arriba»], 1530/32-1594), ocupan un lugar importante tanto por su número como por la excelencia de su arte.
El número no puede precisarse exactamente, como no es segura la cronología, pues la recopilación continúa siendo incompleta. Quinientos dieciséis fueron reunidos en el Magnum opus musicum que sus hijos, Fernando y Rodolfo, publicaron en 1604, valiéndose de impresiones y manuscritos anteriores. En cuanto a su morfología, los motetes de Orlando no son genéricamente distintos de los de sus más insignes contemporáneos, presentando la experiencia más madura, el magistral dominio de la polifonía vocal que se había ido refinando durante el siglo XVI gracias a la cultura incesantemente ampliada por las obras y por los cantores italianos, franceses, belgas y españoles, activos en sus naciones así como en los países de lengua alemana. La tesitura a 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10 y 12 voces, además de algunas a dos y tres, muestra la predilección, que existió también en los autores preclaros del siglo XVI, por la complejidad media, de cinco a siete, alcanzando raramente la más abundante preferida por los barrocos. También el juego de las partes, severo y libre, a imitación o de acorde, con cantinela o silábico, la formación de los períodos, las cadencias temporales y las definitivas, la rítmica y otros elementos técnicos, resultan afines a los de los polifonistas contemporáneos.
Pero la distinción sustancial está en lo más personal: el mundo dramático y los medios de expresión. El drama cristiano y humano encuentra en el canto de Lass o un acento singularmente triste, apasionado, exasperado. A dichos sentimientos, enteramente poetizados, de modo que la misma fe religiosa ya no tiene peso, convenía una gran libertad de representación, no vínculos,_ como el tema gregoriano oficial o el empeño del canon, y en efecto dichas fórmulas quedan a menudo excluidas; ni rigor diatónico, y en efecto el cromatismo, entendido como imagen emotiva de las gradaciones patéticas, dio a las modulaciones una sutileza psicológica; ni estrechez en la selección de los textos verbales, sino búsqueda de plegarias, contriciones, confesiones, himnos, muy amplia, capaz de consentir inspiraciones y sugestiones poderosísimas. A. Della Corte

