Recopilación de ensayos de análisis literario y de síntesis histórica del crítico y sociólogo uruguayo José Enrique Rodó (1872-1917), publicada en 1908, después del gran éxito de Ariel (v.), su obra maestra.
Los «motivos» de Proteo, o sea del mismo autor, son las visiones críticas que dan materia a su libro; las mejores páginas están dedicadas a Rubén Darío y a Bolívar, o sea a las figuras mayores y más representativas de la historia latinoamericana; y fue el mismo Rodó quien mantuvo viva la denominación de «latino» para el mundo que se formó sobre las ruinas de los imperios coloniales español y portugués, contraponiéndolo, con fervor y sistema, al Norte germánico y anglosajón o, al menos, céltico. Es la posición mental de Vasconcelos, inventor de la «raza cósmica»; es la actitud espiritual del Rubén de la «Oda a Roosevelt», pero en Rodó todo está explicado, analizado y conducido, con coherencia y elegancia, hasta sus últimas consecuencias. De la grandeza y poderío del pueblo «yanquee» Rodó dice, por ejemplo: «Los admiro pero no los amo». Contra la ideal conducta política que puede, quedando dentro de los límites del continente americano, inspirarse en Washington y Lincoln, erige lo que puede derivar hasta sus contemporáneos de un Bolívar, soñador de una unidad latina de su continente, y de un Sarmiento, el gran argentino que dijo: «Gobernar es educar».
Pero Rodó no es, como sucede a menudo incluso a sus admiradores y continuadores hispanoamericanos, un fácil exaltador de las naciones jóvenes y nuevas; por el contrario, descubre e indica sus males y las tendencias hispánicamente dispersivas y centrífugas: «Hemos de guardarnos de falsas actitudes retóricas; no imitar a Moratín ni a Quintana, ni crear una poesía que, como la del siglo XIX, creía crearlo todo con las clásicas imágenes de libertad y heroísmo, menos el cuerpo real, colorido y vivo de la patria». Y también, con juicio bastante neto: «Hay que mirar a los imitadores como a los falsos demócratas del arte, a quienes vulgarizando ideas, estilos, gustos y tendencias, cometen un pecado de profanación, quitando a las cosas del espíritu el pudor y la frescura de la virginidad». Con la habitual tendencia a exagerar de sus compatriotas, Rodó fue llamado el «Macaulay de Sudamérica»; ciertamente fue una voz renovadora, un «dador de conciencia» auténticamente continental, el mejor prosista de su generación y uno de los más «castizos» de la literatura en lengua española.
U. Gallo

