La Mitología Primitiva, Lucien Lévy-Bruhl

[La Mythologie primitive ]. Esta obra de Lucien Lévy-Bruhl (1857-1939), aparecida en 1935, completa las tesis expuestas en los dos grandes libros: Las funciones mentales en las sociedades inferiores y La mentalidad primitiva (v.).

El autor se propone estu­diar, sobre la base de cierto número de ejemplos escogidos, los mitos de las socie­dades llamadas primitivas (sobre todo de Australia y Nueva Guinea). No se trata de un estudio de historia de las religiones ni de sociología. Es una aproximación a la mitología primitiva, en sus relaciones con la naturaleza y orientación de la mentali­dad propia de los «primitivos». ¿Qué es el mito? ¿Cuáles sus caracteres fundamenta­les? ¿Cuál su papel y la función que des­empeña en las sociedades arcaicas? Tales son las cuestiones a que se propone res­ponder Lévy-Bruhl, tomando de nuevo so­bre un ejemplo particular, pero central y privilegiado, las tesis sociológicas de la escuela de Durkheim, y singularmente sus propias concepciones sobre la mentalidad primitiva, que él continuará llamando, has­ta en sus Notas postumas, «prelógica», y oponiéndola a la mentalidad civilizada o «lógica». El primer carácter del mito es el de ser secreto y vital: algunos ancianos lo han recibido en depósito, y la tribu está condenada a perecer si los mitos, profana­dos, pierden su fuerza.

El mito es sagrado; participa de la veneración que rodea al co­nocimiento sobrenatural adquirido durante el sueño, por las visiones de los sueños. Se puede afirmar que la fuente más cierta del mito es el sueño mismo, y también lo iné­dito, dotado frecuentemente de una signi­ficación simbólica. Las fuerzas sobrenatu­rales no son ni personales ni impersonales, pero la confusión y la incapacidad para el análisis que caracterizan la mentalidad pri­mitiva impiden el disociarlas claramente del mundo de la experiencia ordinaria. De este modo, este mundo y el mundo de los seres y los sucesos sobrenaturales son dos mundos distintos, si bien no separados. Es el mito, principio único de explicación, el que sirve de paso del uno al otro. El mito se sitúa en un tiempo propio, en un perío­do que participa de su naturaleza y que no debe ser considerado como un tiempo pa­sado, sino como un tiempo presente y fu­turo. Los antepasados míticos pertenecen al período mítico, extratemporal, a un tiem­po en el que no existía todavía el tiempo, mientras los antepasados históricos se si­túan en el tiempo de la experiencia coti­diana. La descendencia de los primeros no supone ninguna filiación natural. Por su parte, los héroes míticos son eternos e increados, ellos han creado todo cuanto exis­te.

El mundo mítico se caracteriza así por una extrema fluidez. Sus formas y sus leyes son cambiantes, pero siguen siendo todavía la realidad por excelencia, a la vez sobrenatural y prenatural. Los héroes míticos conservan todos sus poderes; su influencia se ejerce sin cesar, y las cere­monias son las invocaciones de su auxilio. Los hechiceros son aquellos seres 4 que par­ticipan más que ningunos otros de la flui­dez del mundo sobrenatural. Lévy-Bruhl pone de manifiesto los estrechos lazos que unen los mitos,, los tótem y el parentesco, y en estas nociones arcaicas encuentra la actividad de un espíritu cuyo progreso se efectúa según las leyes de la mentalidad primitiva y utiliza largamente las ideas de analogía, simbolismo y participación. Esta última idea no se halla realizada, los seres y las cosas no adquieren su participación en los mitos más que por una imitación, fundada en los mismos mitos. Así se ex­plican un gran número de procedimientos terapéuticos. Lévy-Bruhl, finalmente, des­cubre los mitos en el seno de las costum­bres y de los relatos populares, que los conservan, los transmiten y los perpetúan. Los animales míticos, por ejemplo, se con­servan en las leyendas; y la experiencia mística, tan valiosa para el primitivo como la experiencia sensible, lleva al primitivo a atribuir a los animales «verdaderos» los poderes que se atribuyen a los animales míticos.

Las anteriores consideraciones son deducidas por Lévy-Bruhl tras un profun­do examen, cuyos resultados han dado ori­gen a la etnografía. En cada página se cita el rito o la creencia que pueda apo­yar la tesis del autor. Y Lévy-Bruhl con­cluye subrayando la persistencia en nos­otros mismos de la mentalidad primitiva, coexistente con nuestra mentalidad lógica. El mundo mítico, con su fluidez, nos ha lle­gado a través de los cuentos. La lectura o la audición de los cuentos satisface lo primitivo en nosotros. Nuestro placer es entonces el placer de la relajación, de una evasión del hombre racional.