En Viena, en 1768, Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) escribió la primera de sus obras religiosas, una Misa solemne, cuyo manuscrito se ha perdido. En Salzburgo, donde había sido nombrado «Maestro de conciertos» por el arzobispo, compuso la mayor parte de sus Misas con ocasión de las grandes fiestas del año eclesiástico.
La Misa en do menor, fechada en 1772, fija ya a grandes rasgos el estilo de la música religiosa de Mozart. El compositor había aprendido en Italia a cantar su fe en una lengua tan amable y espontánea como aquella de que hacía uso en las Sinfonías (v.) o en las obras de su juventud. No sacrificó la ornamentación, ni los adornos, ni la elegancia de la frase, y el sentimiento religioso juega un papel extremadamente discreto. La atmósfera de la Misa en do menor, compuesta en 1782, señala un cambio decisivo en la evolución de la música sacra de Mozart. Se escuchan ya los acentos punzantes y las tiernas plegarias del Requiem (v.). La misma simplicidad maravillosamente expresiva se encuentra en la Misa en do escrita en 1780 a intención de una iglesia de Salzburgo. La Misa de la Coronación, sin embargo, resume todas las aspiraciones y todas las tendencias del ideal religioso de Mozart: plegaria confiada y afirmación de la felicidad. eterna. Mozart celebra a un Dios del amor y de la indulgencia.
La Misa de la Coronación, para cuatro voces, acompañadas por dos violines, órgano, contrabajo, trompetas, coros y timbales, está dedicada a la Virgen milagrosa de María Dolorosa, cuya coronación acababa de consagrar el Papa. Mozart tuvo, todavía aquí, que contentarse para la instrumentación con los efectivos de orquesta de que disponía el arzobispo elector de Salzburgo. Dos elementos se equilibran en los «Kyries»: uno grandioso y solemne, el otro esencialmente melódico. El «Gloria» está construido como un movimiento de sonata, del mismo modo que el «Credo», en que cada afirmación está subrayada por una llamada de coros y trompetas. Mozart, en estos dos fragmentos, abandona la tradición que consistía en acabarlos con un movimiento de fuga. Da a la expresión armónica y melódica un papel de extraordinaria amplitud, que se prolonga en el «Sanctus» y se disuelve en el «Benedictus», ligero y gracioso como una ronde de la escuela francesa. En el solo del «Agnus Dei» se asiste al nacimiento de un tema que será vuelto a usar en Las bodas de Fígaro (v.); reaparece luego el trazo principal del «Kyrie» que se prolonga y expande en el «Allegro con spirito» final.

