El Mercader de Venecia, William Shakespeare

[The Merchant of Venice]. Comedia en cinco actos, en verso y prosa, de William Shakespeare (1564-1616), escrita, según algunos, en 1594 (alusión en el acto IV, escena I, a la ejecución del judío Rodrigo López el 17 de junio de 1594, bajo la acusación de ha­ber intentado envenenar a la reina Isabel); según otros, sobre todo por consideraciones de estilo, en otoño del 1596. Las dos fe­chas podrían conciliarse suponiendo una revisión por parte de Shakespeare. Fue publicada en cuarto en 1600 y en folio en 1623.

Los dos motivos principales del argu­mento, él del préstamo hecho por un judío a un cristiano por una libra de carne, y el de una elección entre objetos de aparente valor distinto, son antiguos y abundantes. El primero llegó a conocimiento de Sha­kespeare por medio de II Pecorone de Giovanni Florentino (escrito hacia 1378 y pu­blicado en 1558: versión en el Palacio del Placer [Palace of Pleasure], 1566, de William Painter), y, para el detalle del rapto de la hija del usurero, por medio de Zelauto (1580), relato de Anthony Munday (1553-1603). El segundo motivo le vino por medio de la versión de Richard Robinson de los Gesta Romanorum (publicada según parece en 1577). Los dos motivos pudieron, encontrarse reunidos en un drama pre­existente, El Hebreo [The Jew] (1578), que sólo conocemos indirectamente (su argu­mento era «la codicia de los que prefieren los bienes terrenos y el alma sanguinaria de los usureros». Shakespeare refundió pro­bablemente este drama, conservando de él alguna parte, quizá los versículos conteni­dos en los cofrecillos). Basanio, noble ve­neciano que ha malgastado su caudal, pide al rico mercader Antonio, amigo suyo, tres mil ducados para poder continuar dig­namente su noviazgo con la rica heredera Porcia (v.), que vive en tierra firme, en Belmonte. Antonio, cuyo dinero ha sido todo empleado en especulaciones de ultra­mar, se propone hacerse prestar el dinero por Shylock (v.), usurero judío a quien antes había insultado por la usura que ejercía.

Shylock consiente en prestar el dinero bajo una condición: si la cantidad no es pagada el día fijado, Shylock tendrá derecho a tomarse una libra de carne del cuerpo de Antonio. Porcia, por disposición testamentaria de su padre, se casará con el pretendiente que entre tres cofrecillos (uno de oro, uno de plata, otro de plomo) escoja el que contenga el retrato de ella. De todas partes llegan ilustres aspirantes; fracasan el príncipe de Marruecos y el de Aragón, que abren respectivamente el cofre de oro y el de plata; pero Basanio, con sensata reflexión, escoge el buen cofrecillo, el de plomo, y se casa con Porcia, que lo ama, y su amigo Graciano con la doncella de Porcia, Nerisa. Mientras tanto llega la noticia de que los navíos de Antonio han naufragado, que su deuda no ha sido pa­gada dentro del plazo convenido, y que Shy­lock pide su libra de carne. El asunto es llevado ante el Dux. Porcia se disfraza de abogado y Nerisa de escribano, y sin sa­berlo sus maridos, se presentan ante el tribunal para defender a Antonio. Después de haber intentado en vano obtener el perdón del judío, ofreciéndole el triple de la cantidad debida, Porcia concede que sea acogida la instancia del hebreo, pero le advierte que perderá su vida si derrama una sola gota de sangre, puesto que la obligación sólo le da derecho a la carne. Argumenta después que Shylock debe pa­gar con la vida el delito de haber atentado, siendo extranjero, contra la vida de un ciudadano de Venecia. El dux perdona a Shylock la vida, pero asigna la mitad de sus riquezas a Antonio, y la otra mitad al Estado.

Antonio renuncia a su parte si Shylock se hace cristiano, y deja su cau­dal, cuando muera, a su hija Jésica, que ha huido, después de haber tomado dinero de los cofres del padre, para casarse con un cristiano, Lorenzo, y por ello ha sido desheredada. Shylock consiente; Porcia y Nerisa, que no han sido reconocidas, pi­den por toda paga los anillos que Basanio y Graciano recibieron de sus esposas, y de los cuales prometieron no separarse nunca. Ellos los ceden después de haber resistido en vano, pero al regresar a su casa sus esposas les reprueban aquella acción, pero al fin les revelan su añagaza. Finalmente se sabe que tres de los buques de Antonio han regresado sanos y salvos. El drama figura entre los más famosos y afortuna­dos de Shakespeare, sobre todo por el per­sonaje de Shylock, trazado con robustez y veracidad y que ha movido siempre a los grandes actores a representarlo. Tiene escenas que figuran entre las más dramá­ticas y brillantes que Shakespeare escribió: la escena del contrato (I, 3); aquella en que Shylock se lamenta por la fuga de su hija con su dinero (III, 1); la de la elección de los cofrecillos por parte de Basanio (III, 2); la escena ante el tribunal de justicia (IV, 1); la de la música al claro de luna (V, 1). En fin, la habilidad con que Shakespeare ha combinado moti­vos diversísimos y pintorescos y la con­clusión del drama, que celebra la victoria de la caridad sobre la rígida justicia (motivo que Shakespeare volverá a tratar en Medida por medida, v.), han ejercido su hechizo en el público teatral de todas las épocas.

Algunas incongruencias y proliji­dades del drama casi desaparecen en la fiel construcción del conjunto. Se ha lla­mado la atención acerca de la atmósfera de la obra, que tiene carácter italiano no sólo por los nombres de los personajes y alguna alusión precisa (mención del Rialto, del «tranect» o pontón que une a Venecia con la tierra firme, de la exacta distancia entre Belmonte, esto es, Montebello, y Padua), sino también por cualidades más ge­nerales que han hecho ver a un crítico (A. Quiller-Couch) los dos aspectos del Renacimiento, el mundo de los ricos mer­caderes y el refinamiento artístico de las costumbres, simbolizado por Venecia y Bel­monte. Atmósfera italiana que no tiene en modo alguno la calidad siniestra de los dramas isabelinos. Aunque el tema central (la extracción de la libra de carne) sea tan cruel y trágico, Shakespeare hábilmen­te distrae de él al espectador mediante las escenas que se desenvuelven en la villa de Porcia; de manera que, por ejemplo, después de la escena culminante del pro­ceso, que dejará una impresión fuerte y amarga, podemos deleitarnos, en la subli­me poesía de la noche lunar, con la música y el diálogo de los amantes. Entre los pa­sajes más citados del drama están el de la primera escena del acto cuarto: «La naturaleza de la clemencia consiste en no ser forzada; ella desciende dulcemente co­mo la suave lluvia del cielo en el terreno que tiene debajo» («The quality of merey is not strain’d. It droppeth as the gentle rain from heaven Upon the place benehath»); el de la escena primera del acto quinto: «El hombre que no tiene en sí mú­sica, ni es conmovido por armonía de dul­ces sonidos, es capaz de traiciones, estra­tagemas y expoliaciones» («The man that hat no music in himself, nor is not moved with concord of sweet sounds, Is fit for treasons, stratagems and spoils»). [Trad. es­pañola de Guillermo Macpherson en Obras dramáticas, tomo IV (Madrid, 1925); de Marcelino Menéndez Pelayo en Dramas de Guillermo Shakespeare, tomo I (Barcelo­na, 1881), y de Luis Astrana Marín en Obras completas (Madrid, 1930; 10.a ed., 1951)].

M. Praz

[Shakespeare] no pertenecía a una épo­ca, sino a todos los tiempos. (Ben Jonson)

Aquí están la gracia y la música para determinar los valores, la moralidad, el derecho y hasta la fe: y según este criterio y no desde el punto de vista jurídico, mo­ral o eclesiástico o «racista’», usado por ciertos observadores que están fuera del campo del arte, debe ser interpretada la figura de Shylock. (Gundolf)