[Lettre du voyant]. Célebre carta del poeta Arthur Rimbaud (1854-1891), que dirigió el 15 de mayo de 1871 a su amigo Demeny, en la cual ex pone su concepción de la poesía y su intención de hacerse «vidente» (de donde proviene el título dado a esta carta por los comentadores) y fue publicada por Paterne Berrichon en la «N.R.F.», en octubre de 1912. Se la considera con justicia la más’ importante de las cartas de Rimbaud que se han conservado. En efecto, traspasa el marco de la obra de Rimbaud y señala una especie de revolución en el campo de la poesía, el punto de partida de, las aspiraciones poéticas modernas, una nueva concepción de la creación artística. Se puede pensar también que ella señala un principio y resume a la vez, de hecho explícitamente, una larga labor de liberación y de lucidez, comenzada a principios del siglo XVIII y proseguida por los románticos y neorrománticos. De manera más particular, anuncia y aclara el Barco ebrio (v.) compuesto en septiembre de 1871, poco antes de la partida de Rimbaud a París, las Iluminaciones (v.), Una temporada en el infierno (v.) y muchas otras de sus poesías. De vuelta a Charleville tras una tercera fuga, Rimbaud dirigió el 13 de mayo de 1871 a su viejo profesor Izambard una carta que anunciaba ya los términos y los temas desarrollados en la que el 15 del mismo mes enviaría a Demeny.
En esta última, tras haber sometido a la opinión de su amigo uno de sus últimos poemas — «Canto de guerra parisiense» [«Chant de guerre parisién»] —, Rimbaud anuncia: «He aquí la prosa sobre el acontecer de la poesía». Toda poesía antigua, dice, parte de la poesía griega. De Grecia al movimiento romántico, ése es el reino de los literatos- y versificadores, «pereza y gloria de innumerables generaciones idiotas», y condena, excepción hecha de Racine, un juego «que ha durado dos mil años». En cuanto a los románticos, subraya lo que sus obras tienen de involuntario e imperfecto. Para él, «Yo es otro. Si el cobre despierta clarín, no es culpa suya. Esto es para mí evidente: asisto a la eclosión de mi pensamiento: lo veo, lo escucho… El primer estudio del hombre que quiere ser poeta es el de su propio conocimiento, entero; busca su alma, la inspecciona, la toca, la aprehende. ¡Y puesto que la conoce debe cultivarla! Parece sencillo… Pero se trata de hacerse el alma monstruosa… El Poeta se hace ‘vidente’ por una prolongada, inmensa y razonada ‘alteración de todos los sentidos’». El poeta tiende así a lo desconocido y arriesga su razón en esta conquista; al menos tendrá sus visiones: «¡Que perezca en su intento!… ¡Vendrán otros horribles trabajadores que comenzarán su labor en el horizonte en que él se hundió!». En este pasaje, después de haber intercalado otro poema — «Mis pequeñas enamoradas» [«Mes petites amoureuses»] —Rimbaud reemprende su concepción prometeica del poeta ladrón del fuego, resuelto a arrancar de allá abajo las invenciones inauditas, con formas o sin ellas.
Se trata de encontrar un lenguaje, una especie de lenguaje universal cuyo advenimiento él anuncia: «Esta lengua será del alma para el alma, resumiendo todos los perfumes, sonidos, colores del pensamiento, desgarrándolo y arrastrándolo consigo». De hecho, se descubre aquí la intención de Rimbaud de sobrepasar la contradicción idealismo-realidad, para alcanzar su fuente común y restituir la materialidad viviente, conciliar los impulsos dionisíacos y la lucidez crítica, reencontrar el conocimiento y la libertad naturales, la fuente original de la creación. «Siempre llenos de ‘Número’ y ‘Armonía’, estos poemas estarán hechos para permanecer… La Poesía no rimará nunca más la acción; ‘existirá antes que ella’». La poesía llega a ser así pensamiento en acto, voluntad de conocimiento, una conquista, con todo lo que ella exige, luchas, peligros, valor, esfuerzo científico y organización: el Poeta, sólo hombre, se sacrifica al porvenir del conocimiento. A la manera de Cristo, héroe individual, el Poeta rescata conscientemente la ignorancia del mundo de su tiempo, aceptando su vocación, con todo lo que ello implica de extraordinario, de «monstruoso», de negación de las leyes comunes. Esta actitud atormentó todavía algunos años a Rimbaud. Tras haber expresado una idea que volverá a tratar bajo otras formas en Una temporada en el infierno [Une saison en enfer]: la libertad de la mujer («Cuando ella viva por ella y para ella… ella será también poeta»), vuelve al presente, definiendo el intento de la poesía contemporánea, búsqueda de nuevas ideas y de formas nuevas.
Con sorprendente perspicacia y penetrante y aguda inteligencia crítica, en algunas líneas, clasifica los poetas de su tiempo, reconociendo a Víctor Hugo una autenticidad de visionario en sus últimos poemas, denunciando implacablemente a Musset, en quien ve la antítesis de la poesía del futuro; es a Baudelaire a quien consagra como «visionario», rey de los poetas, «un verdadero Dios», no sin algunas reservas sobre las formas de su arte («Las invenciones de lo desconocido reclaman formas nuevas»). Enumera a continuación irónicamente una serie de poetas «parnasianos», que el futuro deberá condenar efectivamente a la insignificancia o al olvido: sólo hay dos visionarios a su juicio en esta nueva escuela: Albert Mérat y Paul Vérlaine, a quien conocería, algunos meses más tarde en París. «Así — dice finalmente a Demeny—, trabajo para transformarme en ‘visionario’». Y la carta concluye tras el último poema: «Encogimientos» [«Accroupissements»], ridiculizando a los falsos pensadores. Con esta carta, que revela la sorprendente lucidez de este poeta a los diecisiete- años, Rimbaud se adelanta a su época no sólo en el dominio estético, sino también en el del pensamiento, intentando devolver a la poesía su unidad y realidad de acto esencial, de conocimiento inmediato, a través de la experiencia de las formas y de las sensaciones.
A la vista de algunas de estas páginas, cargadas de significación, las demás cartas de Rimbaud, dirigidas en su mayor parte a su familia, no encierran ningún interés, o lo tienen puramente biográfico: el más acusado carácter de esta abundante correspondencia es, después de 1875, de un tono totalmente diferente, esencialmente neutro, y se ha abandonado .toda cuestión de interés literario; no puede, sin embargo, separarse de la obra, breve pero fulgurante, del poeta, en la que constituye en cierto modo el anverso y contrapunto, en la medida en que el comportamiento del hombre se hallaba ya implícito en el del adolescente.

