Memorias Para Servir a la Historia de mi Vida, Giuseppe Gorani

[Mémoires pour ser­vir a l’histoire de ma vie]. Obra del conde milanés Giuseppe Gorani (1740-1819), re­dactada en francés en Ginebra, en 1806- 1807, y comenzada a conocer fragmenta­riamente, en 1874, y después en un volu­men de páginas escogidas, en 1844. Es un importantísimo documento de la vida eu­ropea del siglo XVIII. Algunas de sus pági­nas hicieron valorar mal al personaje como un «aventurero italiano» de aquel siglo, en un mundo más propio para otros autores de memorias despreocupadas como Jacques Casanova y Filippo Mazzei. Pero la publi­cación, que Alessandro Casali cuida con la oportuna ilustración histórica del manus­crito en la Biblioteca de la Sociedad His­tórica Lombarda, indica el pleno valor de esta obra en sus cuatro partes; las tres primeras hasta ahora publicadas, en 1936- 1942 (esto es, «Memorie de giovinezza e di guerra: 1740-1763», «Corti e paesi: 1764- 1766» y «Dal dispotismo illustrato alla Rivoluzione: 1767-1791»), colocan estas Me­morias entre los más significativos docu­mentos de la sociedad del siglo XVIII, y particularmente de la vida europea de la guerra de los Siete Años hasta el epílogo de la Revolución francesa.

Los años de juventud muestran a lo vivo una familia lombarda que ha crecido entre las fastuosidades de la nobleza y las ocupaciones fo­renses, la cual se ve pronto turbada por la detención del padre del autor, a consecuen­cia de ciertas calumnias y de su interdic­ción. El joven Gorani es puesto en el colegio bajo la disciplina de algunos religiosos, pero poco después cumple el servicio mili­tar y, como alférez de un regimiento im­perial austríaco, después de una primera residencia en Viena, conoce los campos de batalla de Bohemia y de Laponia. Prisio­nero en Prusia, halla en la nación domina­da por la singular figura de Federico II nuevo aliciente para su curiosidad por las experiencias humanas; la cultura diecioches­ca de aquel ambiente y las exigencias de una fraternidad universal, también por me­dio de la iniciación masónica, permiten a Gorani manifestar su carácter inquieto e indagar la realidad en todos sus aspectos, desde el amor a la política. Su perma­nencia después en cortes y países como España, Córcega, Turquía, Francia y Por­tugal, contribuye a la valoración de un siglo que se iba transformando en una renovación substancialmente necesaria, pe­ro llena de peligros para el futuro. El pe­ríodo que va del 1767 al 1791 ve a Gorani cada vez más ansioso observador de la so­ciedad contemporánea: viaja de Lisboa a Milán, a las cortes de Munich, de Stuttgart y a la palatina de Mannheim, y después a Viena; va también a Londres, después de residir en Holanda.

En París considera las diversas desigualdades en que está fun­dado el antiguo régimen y, a pesar de ciertas reacciones personales de repugnan­cia, y de las luchas de cortesanos, percibe la crisis del absolutismo ilustrado. Varias visitas a Milán, una de ellas por la muer­te de su padre, y otras al lago Mayor, no consiguen darle tranquilidad, antes au­mentan su cansancio y su tedio. Quiere observarlo todo en la vida, desde la socie­dad a las nuevas leyes de la economía po­lítica; halla buena hospitalidad en Suiza, y visita a Bonnet y Voltaire, pero particu­larmente en París comprende que el mundo, después de la independencia de las colonias norteamericanas y el fermento del Enciclopedismo, tiende hacia una profunda re­volución. Pronto conoce, entre discusiones y esperanzas de renovación, a Lafayette y Mirabeau, se pone en contacto con círculos girondinos y jacobinos, hasta que el Acta Constitucional de 1791, acogida por el rey Luis XVI, le impulsa a seguir la Revolu­ción; tanto más cuanto que, autor ya co­nocido de obras políticas, no se sentía dig­namente apreciado por sus connacionales, y particularmente había sido perseguido por el emperador de Austria, Leopoldo II, hasta el punto de secuestrarle las rentas y expulsarle de la nobleza y de las aca­demias culturales.

Pero jamás hubiera su­puesto, entre tanto fervor, que Francia, de la cual fue nombrado ciudadano el 26 de agosto de 1792, hubiese de «caer en manos de una infame horda de bandidos que no cesan de atormentarla y amenazar al mundo con una subversión total»; por ello hubiera preferido cualquier otra calamidad a servir a la Revolución. La última parte de la obra, todavía inédita en su totalidad, como también por la monografía de Monnier, presenta nuevas vicisitudes del no­ble lombardo, terminando con las perse­cuciones y el destierro voluntario (1793- 1811; por adiciones al manuscrito inicial); hasta su oscura muerte, acaecida en Gine­bra. Su estilo, bastante ágil, aunque no privado de italianismos y lombardismos, in­dica el natural vigor de un agudo crítico de la sociedad de su tiempo: lo cual, me­jor que en los extractos de estas Memorias, hasta ahora se había demostrado por sus escritos políticos.

C. Cordié