Meditaciones Poéticas, Alphonse de Lamartine

[Méditations poétiques]. Primera recopilación poética de Alphonse de Lamartine (1790-1869), publi­cada en 1820 y saludada a su aparición con unánimes alabanzas. En el centro de estas poesías, las más famosas de las cuales son «L’isolement», «Le vallon», «Le lac», «L’automne», está la imagen de una mujer ama­da por el poeta, evocada con el nombre de Elvira, aunque no siempre puede recono­cerse en ella la figura de Mme. Charles, que falleció, tuberculosa, al año de su pri­mer encuentro con Lamartine. Partiendo de la añoranza de la mujer idolatrada y perdida demasiado pronto, el poeta se in­clina a considerar la fugacidad de los bie­nes terrenales, la impresión de soledad que nuestro corazón siente en el mundo después de la desaparición del ser querido y que sólo puede vencerse con la fe en un des­tino ultraterreno, interrumpida de tarde en tarde en el escritor por actitudes desespe­radas de carácter byroniano.

La obra res­pondía al estado de ánimo, casi general, de la generación, que, apenas salida de la sangrienta epopeya napoleónica, encontra­ba en la poesía de las Meditaciones el eco y el reflejo de sus aspiraciones a una vida íntimamente tranquila, recogida. Pero al mismo tiempo el libro acariciaba también aquel vago sentimentalismo, aquella forma de «romanticismo práctico», para decirlo con Croce, que es la degeneración y la ne­gación más completa del sentimiento sa­namente entendido, tanto en el campo afec­tivo como en el artístico. Enlazándose con los poetas elegiacos del siglo XVIII, reco­giendo ciertas actitudes típicas de Parny, el escritor se limita, por una tendencia de su espíritu, más oratorio que lírico, a va­gas generalidades, de modo que su arte lle­ga a carecer de toda concreción sólida y, sobre todo, de intimidad e intensidad. Le­yendo muchas de estas poesías, se tiene la sensación de que el centro de las mismas es, más que un cálido sentimiento inspi­rador, un frío esquema lógico brillante­mente versificado. Poeta típicamente ro­mántico en lo que el romanticismo tiene de impreciso, de exhibicionista, de morbo­so, de oratorio, Lamartine está en los an­típodas de un Vigny, tan verdadero y ce­ñido; del mejor Hugo de visiones fulguran­tes y poderosas; de un Musset desolada- mente espontáneo e inmediato.. Lo mejor en las Meditaciones es la línea melódica que de ellas arranca, pero que a menudo se resuelve en mera musicalidad fonética más que en armonía interna.

Quizá Lamartine advertía su defecto, pues a menudo trataba de separarse de su personalidad, tan super­ficialmente orgullosa algunas veces, como en el poema breve La mort de Socrate (1823), sobria y luminosa representación precristiana del griego y con el Dernier chant du pèlerinage d’Harold (1825), más tarde con Jocelyn (v.) y la Caída de un ángel. A las Meditaciones siguieron, en 1823, las Nuevas meditaciones poéticas [Nouve­lles méditations poétiques \, bastante menos afortunadas que las primeras. Ciertamente ninguna de las nuevas poesías, compren­dida «Le crucifix», la más famosa de la recopilación, es comparable a poesías como «Le lac», «L’isolement», «Le vallon», «L’au­tomne», envueltas por aquel hálito lírico que constituye su fascinación, de modo que puede decirse en conjunto que el segundo volumen tiene todos los defectos del pri­mero, sin ninguno de sus méritos. Se afirma aquí, más que en la primera recopilación, el henchido orgullo del poeta que en «La solitude» es incluso caricaturesco («Vous que le regard même aborde avec effroi / Et qui n’avez souffert que les aigles et moi», dice, dirigiéndose a las cimas neva­das de las montañas) y de las que son ex­presiones típicas la oda «Bonaparte» y la poesía «À M. De Musset, en réponse a ses vers». En la primera, en la que es evidente el plagio del Cinco de mayo (v.) de Manzoni, Lamartine, al contrario del poeta ita­liano, no olvida introducir oratoriamente a su persona a cada paso.

Y en la respuesta a De Musset, que con infantil candor po­nía al desnudo ante el poeta las llagas vivas de su corazón, adopta un aire de su­ficiencia y un sentido de superior compa­sión al darle normas precisas de vida. Pero hay que reconocer que en esta recopila­ción resuenan de tarde en tarde, quizá más que en la primera, acentos sencillos verda­deramente dignos de mención. En «Conso­lation» hay, por ejemplo, un sentido de in­timidad recogida y una aspiración tierna y cuidada a las dulzuras de la vida familiar expresados con una sencillez de medios que sorprende. Y la poesía «À un curé de villa­ge» tiene un perfume agreste muy lejano del acento irritante y falsamente idílico de muchas partes de las Meditaciones. Y si «Sultan, le cheval arabe» es una poesía lle­na de movimiento y de vida, carente de las languideces muelles tan características del arte del poeta, ocupa un lugar aparte en la recopilación «L’esprit de Dieu», donde Lamartine, abandonando por un momento su falsa actitud apolínea de poeta inspira­do, acepta con humildad de espíritu, como Jacob la lucha con el Ángel, descrita con rápidos toques vigorosos, la misión del poe­ta, inconsciente y dócil instrumento de una voluntad superior. F. Ampola

Lamartine es un gran poeta, el más na­tural de los poetas, «el más poeta» si la poesía es esencialmente sentimiento. (Lanson)

Lamartine es la encarnación de cierta poesía contra la cual se ha levantado toda la voluntad poética de nuestros contem­poráneos. Trato de decir que la pureza de la poesía de Lamartine es lo contrario de la poesía pura tal como se entiende hoy en día. (Fernandez)