Máximas Capitales, Epicuro

Obra de Epicuro (342-270 a. de C.), en la cual el filósofo griego compendia en breves máximas los puntos principales de su sis­tema. Nos ha sido transmitida por Diógenes Laercio, que la situó como coronación de su biografía de Epicuro. Las cinco prime­ras máximas señalan los remedios que hay que tener presentes para vivir felices: la ausencia del dolor en el Ser bienaventura­do e indestructible, la inanidad de la muer­te insensible, en cuanto disolución, la au­sencia del dolor como límite supremo del placer, la breve duración del dolor físico y la necesidad de una vida sabia y justa. Una segunda serie de aforismos (6-21) desarro­lla las normas prescritas para asegurarse la «ataraxia» o imperturbabilidad. Es pre­ciso abstenerse del poder y los honores, de buscar los placeres, que traen más turba­ciones que alegrías; de la riqueza, cadena interminable de apetitos. El hombre pru­dente hallará el verdadero placer en una vida moderada y tranquila, lejos de toda turbación, procurando únicamente la au­sencia del dolor, allende el cual no existen sino variaciones (cualitativas) del placer, limitadas y no necesarias.

En las máximas siguientes (22-24) se estudian los criterios de la verdad y el juicio moral («aponía» y «ataraxia») al juzgar el bien moral. El au­tor clasifica después los deseos en dos ca­tegorías: necesarios, que tienen como ob­jeto la «aponía», y no necesarios, que pue­den ser suprimidos sin que se provoque dolor. Entre los primeros está el deseo de la amistad, sumo bien, inmutable consagración de la imperturbabilidad del sabio frente al dolor y la muerte. Sigue una se­rie de máximas de carácter jurídico (31-38), en las cuales se expone el derecho natural, símbolo de la utilidad recíproca de no cau­sar daño ni recibirlo, y el concepto políti­co de lo justo y lo injusto. La justicia no es una entidad metafísica por sí misma, sino sólo un concepto relativo a las relaciones recíprocas, sustrayéndose a las cuales cesa la tranquilidad y la seguridad espiritual. El derecho específico cambia según la diver­sidad de lugares y circunstancias; de donde las normas legislativas pueden ser diversas, en los distintos lugares, pero mantienen su validez en cuanto conservan un carácter de utilidad. Las Máximas capitales fueron el libro áureo de los epicúreos: Luciano lo llama «el más bello de los libros», y por él sabemos que Alejandro de Abonotico lo hizo quemar en la plaza pública.

Tuvo gran influencia en la Antigüedad clásica, espe­cialmente sobre las obras de Lucrecio, Sé­neca, Epicteto y Marco Aurelio, quien in­cluso fundó en Atenas una cátedra de fi­losofía epicúrea. A la vez que en estas Máximas se advierte todo cuanto la ética ascética de Epicuro — que persigue sólo la ausencia del dolor — difiere de la cirenaica de los placeres momentáneos, se reconoce por otra parte en qué medida este fin de la «felicidad personal» mortifica toda su concepción de la vida, haciendo de la vir­tud una «medicina preventiva» contra los dolores, y del egoísmo en todos los aspec­tos, -la norma fundamental del sabio.

G. Pioli