Obra de Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928), publicada en 1918 y escrita durante la primera guerra europea, cuya huella se deja sentir: es un apasionado canto al mar Mediterráneo. Sus glorias desfilan a lo largo de los siglos, con su acompañamiento de leyendas clásicas y su entronque con la realidad científica e histórica. La infancia de Ulises, el protagonista humano, sirve como base para el brillante cortejo de páginas. El estilo del escritor valenciano, cautiva generalmente en las descripciones del mundo marítimo.
Seguimos las singladuras de Ulises que desde muy niño aprende a amar el mar junto a su tío paterno, el Tritón, antiguo médico de barco; pasa luego Ulises a navegar como marino mercante, desdeñando la carrera notarial de su padre y el acomodo burgués de su familia materna. La carrera de Ulises nos lleva por un mundo esplendoroso de recuerdos mitológicos y de exactitudes cientificooceánicas. Nápoles y su acuarium, Pompeya y Pestum con sus ruinas, son el cañamazo de algunos sucesos eróticos que a su vez protagoniza Freya Talberg, una espía al servicio de alemania (sin duda la transposición literaria de aquella Mata-Hari tan novelesca, fusilada por los franceses). El drama familiar de Ulises, acarreado por la nefasta influencia sensual de Freya, y que culmina con la muerte de Esteban, el hijo único de Ulises — víctima del primer torpedeamiento en aguas mediterráneas de un buque aliado por parte de un submarino germano, abastecido gracias a la cooperación de Ulises—, termina con la propia muerte del capitán en condiciones semejantes a las de su hijo… Las situaciones humanas son menos interesantes y menos bellas que la elegía entonada al mar Mediterráneo, Mare Nostrum, por su deslumbradora e inmortal hermosura.
C. Conde

