Sobre el mismo tema el italiano Mario Rapisardi (1844-1912) compuso el poema Lucífero, publicado en 1877. Perdida toda fe en una religión reformada y en una política de transición, se nos aparece como el incrédulo perfecto que venera en Lucifer (v.) el símbolo de la fecunda rebelión y del progreso. El concepto, que Carducci había esbozado, rápidamente en su A Satanás (v.), se repite desordenadamente en quince cantos de casi diez mil versos; versos libres y octavas, tercetos y metros líricos, fluidos en su mayoría y no exentos de sonoridades montianas.
Lucifer asciende a la tierra a encarnarse, para traer «salud al hombre y muerte a Dios». En vano trata de disuadirlo de la ardua empresa Prometeo (v.), que le expone sus pasadas luchas con Dios y la historia de la humanidad; los tiempos están maduros; un gran ejército de rebeldes, desde Arrio hasta Lutero, desde Cromwell hasta Robespierre, una larga serie de descubrimientos, desde la imprenta hasta el vapor, han preparado ya al mundo a su triunfo. Y el nuevo Mesías avanza sobre la tierra, donde le espera antes que nada el bautismo del amor y del dolor; Hebe, su preferida, muere mientras, en medio de las ruinas de- la Acrópolis, la estrecha voluptuosamente entre sus brazos. De Grecia pasa a Francia, pero se aleja, turbado por los campos ensangrentados de Sédan y de la capital, donde se desencadena una horrible tragedia de monstruos y fantasmas. Aparece en América, preocupado por el problema de la esclavitud, y por fin en Italia, exaltando su historia hasta la guerra de la independencia y la perforación del Mont Cénis.
En Florencia se introduce en una reunión de literatos italianos, retratados con los tonos de una violenta caricatura, y en Roma, al fin libre, ve morir a Pío IX. De allí sube al cielo y, tras haberse reunido en Venus con Hebe, adquiere fuerzas de las voces de los maestros y de los mártires de la humanidad y penetra en el reino de Dios, sin dejarse corromper por promesas ni halagos. San Pedro huye; San Luis se desmaya de voluptuosidad con las caricias de Santa Teresa enloquecida, mientras el arcángel Miguel olvida, entre los brazos de Santa Cecilia, el destino inminente. El Espíritu Santo, bajo la forma de paloma, ya ha muerto, y el Padre, traspasado por el rayo de lo verdadero, se disuelve en la nada, mientras Jesucristo, amorosamente acogido por Sócrates, entra en las filas de los héroes de la humanidad.
El poema, conocido porque alguno de sus versos dio origen a la violenta polémica de Carducci con su autor, es un ejemplo característico de intolerancia literaria. Rapisardi, sinceramente convencido del positivismo y naturalismo predicados con acentos casi sacerdotales por Ardigó y por Bovio, abandonándose sin freno a su turbia e irreverente vena, no supo encontrar ni siquiera uno de aquellos acentos persuasivos que no faltarán, en cambio, en sus posteriores Poesías religiosas (v.).
E. C. Valla

