Los de los Manguitos, George Courteline

[Messieurs les Ronds-de-cuir]. Novela de George Courteline (George Moineaux, 1860-1929), publicada en 1893. Más que de una novela se trata de una serie de cuadros separados, de una sucesión de figuras grotescas, que se mueven en las oficinas de los «Dones y legados», que, según parece, no tienen otra función que hacer de escenario para los burócratas-títeres : el señor Nègre, direc­tor de la oficina, hombre fino y distinguido, víctima de la ambición siempre insatisfecha de su dependiente Chavarax; el señor de La Hourmerie, animado por un gran celo, cuyos esfuerzos se dirigen casi únicamente a vigilar a su subordinado Lahrier, distin­guido, en cambio, por el director, ya que, sin ambiciones que satisfacer, y ocupado solamente por sus aventuras de amor, no le proporciona disgustos; Van der Hogen, tipo de pedante, ex discípulo de la acade­mia de idiomas orientales, incapaz de escri­bir dos líneas en francés, que da culto a todo lo que sean papeles antiguos; el con­servador del museo de Vanne-en-Bresse, que vaga por las oficinas implorando deses­peradamente que se tramite su asunto, que enriquecerá a su museo con un anteojo marino y dos candelabros de Luis XIII.

Y, grotescas y piadosas, las figuras del an­ciano Soupe, ya incapaz de cualquier tra­bajo, y del pobre Sainthome, que prefiere una condecoración a un aumento de sueldo, que levantaría a su familia de la más negra miseria. Chavarax, cuando un maniático mata a La Hourmerie, consigue, sacrificando a algunos y lisonjeando a otros, saciar su ambición. Una velada transcurrida en un ruidoso y vulgar café concluye de un modo grotesco el entierro del pobre La Hourme­rie, cuya muerte ha satisfecho tantos ape­titos; y así concluye el libro. Con Boubouroche (v.) y más que El tren de las 8,47, es ésta la mejor obra de Courteline, que revela en ella, a través de un genuino sentido de comicidad, la amargura que está en la base de su concepción. Si es cierto que en Cour­teline, como alguien dijo, revive algo de la vena cómica de Molière, falta en él la ilusión de corregir los vicios de los hom­bres, propia del escritor clásico; el moderno tiende solamente a -representar su gesto grotesco, su mueca, como absolviéndolos de su maldad, de sus debilidades, con un es­cepticismo que muy bien podría ser piedad.

F. Àmpola