[la que invalida los ejércitos]. Comedia de Aristófanes (450- 385 a. de C.), el cual recoge uno de los temas predilectos a la sazón: la necesidad de la paz, y lo desarrolla con la invención cómica de una conjuración femenina. Fue representada en el año 411 a. de C.
Una matrona ateniense, la sagaz y enérgica Lisistrata, viendo lo poco que cabe esperar del buen juicio de los hombres y comprobando que todo marcha hacia la ruina (cuando la comedia fue estrenada estaba reciente el trágico fin de la empresa de Sicilia), tiene la convicción de que si se quieren remediar las desgracias que pesan sobre Grecia corresponde a las mujeres tomar la iniciativa y obligar a los contendientes a firmar la paz. Con tal fin reúne en una conjura a sus colegas de la ciudad en guerra y, sin dificultad, las convence para que adopten una actitud pasiva, negando a los maridos todo trato conyugal; ocupa la Acrópolis y cierra bajo llave el tesoro del Estado. Se desarrollan entonces una serie de episodios sazonados con una picante y maliciosa comicidad, en la que el poeta, sin dejarse dominar por rencores partidistas, asesta valientemente duros golpes contra amigos o enemigos, doquiera descubra debilidades y Vicios. El coro se divide en dos secciones, una de viejos hostiles y otra de ancianos que apoyan la conjura, alcanzando con sus intervenciones un extraordinario movimiento.
La risa suscitada con sus disputas, la debilidad de las mujeres incapaces de resistir la privación del goce conyugal y la ineptitud del magistrado que se dispone a hacer fracasar el complot hallan un contrapeso bien calculado en la íntima justicia de los discursos con que Lisístrata domina la situación. La cima de la amenidad se alcanza cuando Mirrina, una de las acogidas en la Acrópolis, finge disponerse a complacer a su marido cuando éste corre a suplicarla, y ella, con suma gracia, le deja plantado; todas ellas escenas licenciosas, como es frecuente en Aristófanes, pero sin ninguna concesión lasciva. Por fin sucede que tanto en Atenas como en Esparta, la concupiscencia erótica impide atender a otros negocios, y cuando los espartanos envían una embajada para llegar a un acuerdo y se entablan negociaciones de paz bajo la presidencia de la graciosa Lisistrata, los contendientes se hallan de acuerdo sobre las cuestiones más espinosas, con una rapidez y facilidad de concesiones que la diplomacia griega nunca conoció en la realidad.
Adviértese en toda esta historia, en la que se sustenta una sincera aspiración hacia la concordia y la paz, la sonrisa irónica del poeta ante las utopías políticas tan abundantes en el mundo griego cuando la nación, minada por sus incurables discordias, se lanzaba a mayores aventuras. [Trad. española de Federico Baráibar y Zumárraga, en Comedias de Aristófanes, tomo- II (Madrid, 1880) edición varias veces reimpresa, la última en Madrid, 1942].
A. Brambilla

