Libro de Canciones, Heinrich Heine

[Buch der Lieder]. Obra merecidamente famosa, de Heinrich Heine (1797-1866). La primera edición, en la que se recogieron las poesías líricas heinianas anteriormente publicadas, ya suel­tas ya unidas a las «tragedias» y a los Cua­dros de viaje (v.), en cuatro volúmenes, se remonta al año 1827. La última edición, cuidada y corregida por el autor, se publi­có en Hamburgo, en la casa Hoffmann y Campe, en 1844.

El Libro de canciones cons­ta de cinco partes: Dolores de juventud (1817-1821), Intermezzo lírico (1822-1823), El retomo (1823-1824), Del viaje al Harz (1824) y El mar del Norte, dividido en primer y segundo ciclo (1825-1826). A estas par­tes se añade’ un apéndice de poesías varias [Nachlese]. La realidad psicológica a que están ligados los fantasmas poéticos de las canciones de Heine es leve y delicada. Mu­chos «lieder» son variaciones sobre un mis­mo tema: la lamentación por unos amores no correspondidos, el amor por su prima Amalia y el que sintió por la hermana de ésta, Teresa. Con el tiempo, el recuerdo de estas dos pasiones desdichadas se mezcla con nuevas experiencias amorosas que acentúan la queja y encienden con sensaciones reales el antiguo deseo. Así, mientras la primitiva tensión psíquica se alivia y se distiende, la inspiración poética florece bajo nuevos im­pulsos. A la energía creadora de esta fan­tasía se pliegan otros motivos de impresiones de la naturaleza, leyendas, temas de novelas, ataques polémicos, imágenes os­curas y espectrales, alusiones irónicas, vir­tuosismos literarios.

El proceso genético del arte heiniano puede explicarse brevemente así: el núcleo inspirador está siempre liga­do a una experiencia de índole psicológica, cultural, polémica y política; con todo, la emoción, la impresión o el capricho literario no se exaltan inmediatamente en lirismo, sino que se hacen, en cierto modo, historia, y luego pasan a ser canto, asumiendo el tono epicolírico propio de la poesía popu­lar. El acento «subjetivo» del estado de ánimo se modula y regula según este «tono» que funde la exigencia personal y univer­sal. Resultan de ello creaciones originalísimas: romanzas y baladas como «Baltasar» (Dolores de juventud), «Lorelei» (Retor­no), etc.; sobre todo, «las breves poesías líricas puras y transparentes como gotas de rocío» del Intermezzo lírico: «En el magní­fico mes de mayo», «De mis lágrimas sur­gen», «En el Rin, en el bello río», etc. In­imitables los «lieder» del Retomo: «Estába­mos en la cabaña de los pescadores», «Niña mía, éramos niños», «Eres como una flor», «Sobre tus nevados hombros», etc. A veces, sin embargo, especialmente en Dolores de juventud, un romanticismo todavía joven y turbio que goza de fantasías hoscas y espectrales, no logra purificarse y serenar­se en el canto. Otras veces el arte de Heine degenera en virtuosismo, a pesar de lo poético y alucinante del juego de la técni­ca, que llega a ilusionar, no ya a los demás, sino al mismo autor.

A la genuina poesía de Heine le cuadra generalmente el sistema estrófico cerrado del «lied», la romanza o la balada. Pero incluso allí donde imágenes o sensaciones circulan, por así decirlo, en la volubilidad de los versos libres, la poesía heiniana no es menos viva. La sugestión que ejerce, por ejemplo, el lirismo de los celebradísimos ritmos de la Nordsee, se debe al hecho de que en ellos se manifiesta el alma y el arte que hallan su plena expresión en la prosa de los Reisebilder. En los dos ciclos del Mar del Norte, donde una especie de sobrenaturalismo quiere dominar la experiencia romántica, traspo­niéndola en las plásticas formas del mito clásico, Heine sale del mundo cerrado de los viejos modos y logra, como generalmente se reconoce en todos los juicios críticos, efectos muy notables; los nuevos cantos tie­nen una tensión mayor y una resonancia más vasta, aunque pierdan algo del brillo perlado de los otros «lieder». A la inefable música de las romanzas y de los «lieder», donde la poesía heiniana es más original, contribuye una lengua alemana rica en las más puras melodías. Raras veces él idioma alemán ha cantado tan «melodiosamente». De esta maravillosa capacidad estilística tuvo conciencia otro virtuoso de la lengua, Nietzsche, cuando proclamó: «un día se dirá que Heine y yo hemos sido, con mu­cho, los mayores artífices de la lengua ale­mana». [Trad. en verso de J. A. Pérez Bonalde (Nueva York, 1835), de Teodoro Lló­rente (Barcelona, 1885), de José Joaquín Herrero Sánchez (Madrid, 1930) y de Luis Guarner (Madrid, 1934)].

G. Necco