Lecciones Sobre la Filosofía de la Naturaleza, Georg Wilhelm Friedrich Hegel

[Vorlesungen über die Natürphilosophie]. Obra de Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831), segunda parte de la Enciclopedia de las cien­cias filosóficas (v.) publicada en 1842. La Idea en su ser «en sí», concepto real, des­arrolla el contenido de sus momentos cate­góricos en el conocimiento finito (v. Cien­cia de la Lógica); pero el conocer como tal es un «aparecer» de la vida que la idea tiene en sí.

Para afirmarse como absoluta verdad, la idea «se resuelve a dejar salir libremente de sí el momento de su parti­cularidad». En este determinarse en lo par­ticular, la idea pone la negación dialéctica de sí como pura autonomía; se convierte en «otra cosa que ella misma». Este momento de la particularidad que se hace valer en el seno mismo de la idea, como contenido que es «otro» que la idea en su valor abso­luto, es la «naturaleza». Ésta, pues, es deducible, es sus formas generales o leyes, del proceso mismo de la idea, porque está ya en ella como su contenido. La Naturaleza es, pues, la idea en cuanto exterior a sí misma; es particularidad, pero en relación con lo Universal: éste, sin embargo, no re­suelve en sí toda la particularidad, sino que está frente a ésta como una abstracta necesidad. El modo de la particularidad considerada por sí misma, como caso acci­dental, no es deducible, pues, de la idea; por esto la Naturaleza, aun reflejando en sus formas generales o leyes la universalidad de la razón absoluta, pone en contraste con la necesidad la contingencia del hecho, el reino de la casualidad. Las determina­ciones conceptuales están abstractamente frente a la particularidad de lo accidental: la naturaleza tiene su principio esencial en esta oposición, no resuelta, d$ universal y particular, de necesario y contingente. En esto reside la justificación del pensamiento científico, que se mueve, en efecto, en esta oposición y vive de ella en su infinito progreso.

La normalidad racionalmente dedu­cible vale como necesidad ideal de la na­turaleza; la particularidad de hecho, aun siendo sólo determinación casual, revela, en su relación con la ley, la ordenación teleológica de la naturaleza: el fin de ésta con­siste en realizar su necesidad ideal; pero ese fin no puede nunca alcanzarlo comple­tamente. Los grados particulares del pro­ceso teológico son aquellos con los cuales, desde la normatividad abstracta, se llega a la particularidad empírica y finalmente a la inmanencia de lo necesario en lo acci­dental. Las ciencias particulares obtienen sus límites teóricos de los momentos parti­culares del proceso de la naturaleza que ellas estudian; el primer grado del proceso es la «mecanicidad», en que el universal es, en su necesidad, indiferente al particular y por esto la mecánica define, con proce­dimiento deductivo, las leyes abstractas. El segundo grado es la «fisicidad», en que la accidentalidad se pone por sí misma y or­denándose en relación con leyes universales, se concreta en unidad individual; y por esto, la física estudia, con método inductivo, la realización empírica de recíproca dependen­cia entre la ley y el hecho casual, sin resol­ver jamás enteramente un término en otro.

El tercer grado es la «organicidad», en que lo individual es el acto mismo de lo uni­versal, y por esto la biología se funda sobre el principio de la interioridad de lo uni­versal en lo particular, y estudia la rela­ción entre la especie y el individuo. La filo­sofía de la naturaleza define la estructura lógica de las ciencias particulares. Su pri­mera parte considera, pues, la mecánica, la cual, después de la construcción de los conceptos de espacio y tiempo, y de su síntesis, que es el movimiento, desarrolla la doctrina de la materia y de las leyes de ésta, gravedad e inercia, y termina en la teoría de la gravitación universal. La se­gunda parte es la física, en la cual se exa­minan los fenómenos particulares de la existencia material; se trata en ella de las relaciones cósmicas y del nexo meteoroló­gico de los elementos, y luego, del peso es­pecífico, de la cohesión, del magnetismo, de la cristalización, y finalmente de la elec­tricidad y de la química. La tercera parte es la orgánica o biología, en la cual la vida es estudiada como síntesis de ley universal y de acto particular; comienza con el estu­dio de la naturaleza geológica, desarrolla la contraposición entre materia bruta y vida vegetal, después entre vida vegetal y orga­nismo animal, y finalmente trata de la for­mación, asimilación y reproducción, como de las tres formas fundamentales del pro­ceso animal.

La filosofía de la naturaleza concluye con el estudio de la relación del individuo orgánico con su especie; la nece­sidad ideal y la racionalidad no han de buscarse en el individuo, sino en la especie. El individuo no es más que un punto de paso en el devenir de la idea que se mani­fiesta en él; el concepto de especie no al­canza nunca, en ningún individuo, la reali­zación completa de su forma pura. Cada individuo, en su existencia empírica se des­prende del concepto de especie, y lleva en sí el elemento de su casualidad, y por eso no responde completamente a su fin; esta «inadecuación a la idea» es su «enfermedad original». Los individuos mueren por no poder cumplir su cometido, por no poder realizar la idea que determina ideológica­mente la existencia empírica. La Filosofía de la Naturaleza en el sistema hegeliano señala el momento de paso de la Lógica (v.) a doctrina del concepto puro, a la Filosofía del espíritu (v.) en la cual es puesta la síntesis entre la universalidad del logos y la determinada particularidad de la naturaleza. [Trad. española de Eduardo Ovejero y Maury, en la Enciclopedia de las ciencias filosóficas, tomo II, Filosofía de la Naturaleza (Madrid, 1917)].

E. Codignola