Poema de Gabriele D’Annunzio (1863-1938), publicado en 1903 en el primer libro de los Laudes del cielo, del mar, de la tierra y de los héroes (v.), dedicado a Maia (v.). Se compone de 8.400 versos desiguales, en estrofas libres de 21 versos cada una.
En sus dos terceras partes narra un viaje ideal y material a Grecia, empezando con el encuentro con aquel que, entre los héroes antiguos, es para D’Annunzio el prototipo del superhombre: Ulises. El viaje se concluye con un canto de dominación y de exterminio, que brota de los campos de las antiguas batallas. Aquí empieza la última parte del poema, ya que aquel canto de dominadores recuerda al poeta, por afinidad y por contraste, el canto no menos feroz, pero anti heroico y embrutecedor, que levanta de las «ciudades terribles» de la vida moderna; y para sustraerse a él lleva a cabo un segundo viaje ideal entre los héroes pintados por Miguel Ángel en la capilla Sixtina. Obra pletórica, desigual y disforme, y a pesar de ello capital dentro del opus total de D’Annunzio, ya que lo que realmente sorprende en ella es la exaltación desenfrenada de los aspectos más antipoéticos de aquella poesía. En primer lugar, la ambición del poema, en el que se cumple la tentativa de forjar un tipo «extra legem», de poema-novela (intento presente también en las novelas, en las que el naturalismo del plan se equilibra con el lirismo de la inspiración).
Pero en las novelas el esfuerzo constructivo como tal era tanto más válido cuanto más se apoyaba en lo que al mismo tiempo negaba, la psicología, el esquema narrativo y naturalista; en mayor grado en El placer (v.), en El triunfo de la Muerte (v.) y en El fuego (v.), y, en grado menor, en Vírgenes de las Rocas (v.). Aquí, en cambio, esta ayuda es rechazada: nada se resuelve en psicología y todo es símbolo; nada en narración y todo en canto. De lo que resultan dos defectos iguales y contrarios: el confuso aspecto del poema, donde todo dibujo se pierde bajo la episódica eflorescencia de divagaciones líricas, y además la desagradable permanencia del dibujo-base como una especie de falsilla realista, ante la que la tarea del poeta reside en anularla con la misma metodicidad amplificativa, metafórica y laudatoria que agrió el lirismo de El fuego. Es curioso comparar con la primera parte del poema los libritos de apuntes del viaje real que sirvió de base al viaje ideal a Grecia, o las imágenes de Miguel Ángel que dan lugar a las explosiones líricas de la segunda parte; ese método, que no anula sino que subraya la duplicidad de la falsilla descriptiva y de la amplificación lírica, se toca con la mano. Y lo mismo que en El fuego, también aquí la voluntad amplificadora y laudatoria se funde con el tema sobrehumano; el cual, aun siendo consustancial con las páginas de poesía más logradas, continúa siendo, en igual grado, enfático, antipoético, resolviéndose, en sus momentos menos logrados, como en la Gloria (v.), en una vacua afirmación de poder con la que contrasta la voluptuosa embriaguez que hay en el fondo.
Así, pues, son más considerables aquellos pasajes en que el tema sobrehumano no es el tema del dominio infinito, sino del infinito deseo; son características las estrofas iniciales en que el tema del libro se anuncia como una alabanza de la «Diversidad, sirena del mundo», voluptuoso elogio de todos los aspectos de la vida, que culmina en una alabanza de los específicos aspectos de la voluptuosidad del amor, en la aparición nocturna de Afrodita que se entrega al poeta. Pero para ver cuál es el tema más importante desde el punto de vista poético, obsérvese que, apenas recogida de Ulises la muda incitación a conseguir nada menos que el Universo, súbitamente el sentimiento del poeta se resuelve en nostalgia, en el recuerdo de la madre y de las hermanas, lo cual a simple vista parece contradecir el tema explícito del poema, pero no lo hace, antes lo realiza, aquello por lo que se convierte en poesía, precisamente la nostalgia, el idilio, este aflojamiento de la voluntad en voluptuosidad. Así el más justamente famoso oasis lírico del poema, la evocación de Fiesole (versos 3424-3591), pretende realzar la grande y varonil belleza de los lugares heroicos de cuya lejanía el poeta se lamenta, pero en realidad surge como episódica liberación de la tarea, poéticamente ingrata, de ensalzarlos; y la otra hermosísima representación de la Felicidad (versos 7813-7896) nace en el poeta sin que la busque, de una manera improvisada, terminada la ardua y sobrehumana tarea de todo el libro.
Más ceñidos al tema sobrehumano pueden parecer otros temas, como el «Canto amebeo de la guerra», el canto de las «Ciudades terribles» (w. 4377-5838); pero también en éstos se pone de relieve en el fondo, a través del tema sobrehumano, la tétrica y feroz voluptuosidad, antigua musa de D’Annunzio desde el San Panta- león (v.).
E. De Michelis
Las figuras de mi poesía enseñan la necesidad del heroísmo. Ha brotado de mi fragua el único poema de vida total — verdadera y propia «Representación de Alma y Cuerpo» — que ha aparecido en Italia después de la Comedia. Este poema se llama Laus Vitae. (D’Annunzio)

