[Das Peitschchen]. Es la mejor lograda de las Leyendas del tiempo (v.) del escritor alemán Rudolf G. Binding (1867-1938). En el marco de las fiestas de Navidad, en la ingenuidad de la mirada de aquellos tres niños para los que parece ser contado el cuento, el escritor ha conseguido crear un equilibrio que no alcanzó en las otras leyendas. Sobre todo se acercó a aquel ritmo narrativo, a aquel tono, a la vez ingenuo y persuasivo, que tanta vida confiere a los cuentos. El escritor nos conduce a Flandes, a la plaza de una ciudad, una mañana de Navidad; todo el mundo se está preparando para celebrarla, comprando dulces, regalos y especialmente juguetes.
Tres niños, hijos de una vendedora callejera, están eligiendo precisamente su regalo, que su madre les permitirá tomar si no lo vende durante el día; y se ponen de acuerdo para pedir para cada uno de ellos uno de aquellos pequeños látigos que se pueden envolver alrededor de un trompo, para hacerle dar vueltas. Pero he aquí que el Niño Jesús, acompañado de la Virgen, pasa por allí apenas despunta el día y coge en seguida un látigo; luego echa a andar hacia el templo, junto a su madre, montado sobre su burrito. Los tres niños se quedan pasmados y ansiosamente aguardan; desdichadamente para ellos, aquel día su madre hace buenos negocios y vende casi toda su mercancía: los látigos desaparecen en un momento junto con los trompos, y al caer la noche es vendido el último, bajo la lacrimosa mirada de los niños, que tendrán qué contentarse con tres trompos. Pero cuando están a punto de echar a llorar, el portal de la iglesia se abre y el Niño Jesús vuelve con su madre para entregarles, sonriendo, el látigo que había tomado por la mañana. En efecto, de no haberlo guardado para ellos, nunca lo habrían tenido.
Y la conclusión sabe aún más a cuento de hadas: es la alusión a un modismo de Flandes, cuando unas personas están o se han puesto de acuerdo acerca de algo: «¡ Esos tienen un látigo entre todos!». Resulta de ello un cuadrito dibujado con gran felicidad y con matices delicados, sensibles incluso en el estilo, y raros en un espíritu tan íntimamente severo.
R. Paoli

