Colección de escritos varios de Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (177G-1822): divagaciones, fantasías, consideraciones preferentemente satíricas, todas ellas de argumento musical, publicadas en un volumen en 1814 después de haber sido publicadas parte en el «Allgemeine musikalische Zeitung». Johannes Kreisler era el pseudónimo bajo el cual Hoffmann había empezado a publicar en aquel diario sus recensiones musicales (v. Escritos musicales). Pero poco a poco el «Kapellmeister» Kreisler — extraña figura de músico insociable, desaliñado en el vestir, extravagante en sus actos, inspirado, siempre absorto escuchando su música interior y atento a las mil voces musicales de la naturaleza—fu é adquiriendo en su imaginación una personalidad cada vez más marcada, que fué enriqueciéndose con datos autobiográficos y, sobre todo, en ideales.
Johannes Kreisler es en conjunto para Hoffmann, a pesar de considerarlo con irónica y burlesca piedad, el músico perfecto, enemigo de todo vacío virtuosismo y de toda pedantería académica. El breve volumen contiene doce escritos divididos en dos series más un intermedio («El perfecto maquinista») de argumento no estrictamente musical, pero que trata en una forma irónica la tarea del director y escenógrafo teatrales, El primer escrito «Desventuras musicales del Kapellmeister Johannes Kreisler» describe burlescamente las desventuras de un músico obligado a asistir y a participar en una reunión musical de la alta sociedad: es la actitud típicamente romántica del artista que se coloca en una posición de neta hostilidad con respecto al burgués «filisteo». En los dos escritos que inician la segunda serie Hoffmann se cuidará de precisar que una cosa es la simplicidad inculta do la espontaneidad popular y otra el insoportable mal gusto de las clases más elevadas. Verdaderos ensayos de crítica musical son el segundo, «Sombra adorada», y el cuarto, «La música instrumental de Beethoven» (v. Escritos musicales), de la primera serie; el sexto de la segunda, «A propósito de un juicio de Sacchini sobre el llamado efecto musical».
Esto último contiene notables observaciones sobre la ópera italiana, en la cual — contrariamente a la opinión común — la música tiene solamente una parte secundaria subordinada a la escena, puesto que se mantiene siempre sencilla y elemental, pobre en modulaciones armónicas, para no distraer la atención del espectáculo. Hoffmann demuestra convincentemente— con el ejemplo de Mozart que en realidad la técnica musical no es nunca obstáculo para la contemplación escénica cuando la técnica pasa por el ‘crisol de la inspiración. Hay también «Pensamientos varios», entre ellos uno particularmente notable que expone el sueño romántico de la sinestesia, la fusión y correspondencia de los sentidos y de las artes, «combinación entre colores y perfumes». Los escritos restantes — exceptuando una fantasía sobre el «Club poeticomusical de Kreisler» y una carta de despedida a un discípulo imaginario — son una sátira de las costumbres musicales de la época, y su ironía es el resultado de un reiterado procedimiento literario: lo que para Hoffmann constituye el ideal musical, es descrito desde el punto de vista y con el escandalizado lenguaje de un juicioso burgués o de un profesor pedante.
De esta manera se obtienen algunas de las apasionadas definiciones de la conocida concepción romántica de la música, «sánscrito misterioso de la naturaleza expresado en sonidos, que colma de nostalgia el corazón del hombre; tan sólo en ella se comprende el elevado canto de los árboles, de las flores, de los animales, de las plantas, de las aguas» («Pensamientos sobre el alto valor de la música»). Y en el último escrito; «No es una imagen vacía, no es una alegoría, cuando el músico dice que colores, perfumes, luces, se le presentan como sonidos y que capta dentro de sus enlaces un misterioso concierto… La música queda siempre como la voz genérica de la naturaleza que nos habla con sones maravillosos y misteriosos…». La música, en resumen, es para los románticos como la clave mágica para entender la voz secreta de la naturaleza, y por lo tanto, para internarse, más allá de los sentidos y del intelecto, hacia lo infinito y lo divino. Concepción que toma forma especialmente en la música de Schumann, tan influenciado por la literatura de Hoffmann (v. por ejemplo, Escenas del bosque, Kreisleriana, Davidsbündler).
M. Mila

