Cuando entre los Siglos XVIII y XIX empezó a hacerse sentir, primero en Inglaterra y en alemania, y más tarde en Francia y en Italia, el vasto movimiento del Romanticismo, y se leyeron los Cantos Populares (v.) que Tierder coleccionó y tradujo siguiendo el ejemplo de las Reliquias de la antigua poesía inglesa (v.), de Percy, nació también en la remota Finlandia una especie de epopeya nacional, a la que fue dada, por uno de los primeros recolectores de cantos del pueblo, el nombre de Kalevala (tierra o patria de Kaleva, un héroe o cabeza de estirpe de antiguas tribus nórdicas). El mérito pertenece al médico Elias Lönnrot (1802-1882), hijo de un pobre sastre de la aldea de Paikkari, a orillas del lago de Valkjarvi. Apasionado por la poesía popular, había publicado en 1827 su primer escrito, De Väinäinöme priscorum Fennorum numine. Más tarde, recorriendo a pie grandes zonas semidesiertas y remotas aldeas, haciéndose dictar por ancianos «laulajat» (cantores o rapsodas) cantos populares de magia y de amor, historias y leyendas en verso, transmitidos oralmente, se le ocurrió, siguiendo el ejemplo de aquellos rapsodas, reunir algunos de los cantos en pequeños ciclos alrededor de un mismo personaje y argumento, y estos ciclos en grupos mayores o pequeñas epopeyas y, por fin, en una única epopeya, que fue precisamente el Kalevala.
En esta primera redacción, publicada el 28 de febrero de 1835 (día que más tarde se celebró en toda la nación como «Kalevalapana» es decir, día del Kalevala), el poema, dividido en 32 cantos, tenía 12.000 versos (octosílabos trocaicos con aliteraciones y paralelismos, el metro nacional de los fineses y de sus afines estonianos y mordvinos). Prosiguieron las investigaciones, con ayuda de otros cultivadores de estos estudios, hasta que en 1S49 fue publicado el segundo o. como alguien dijo, el «nuevo Kalevala» («nusi Kalevala»), dividido en 50 cantos o «runi», con un total aproximado de 22.795 versos. Así Finlandia tuvo, gracias a la genial idea de Lönnrot. todo el tesoro de su poesía tradicional; y en una forma única en el mundo, en forma de un poema «completamente compuesto por cantos populares». Algunos literatos llamaron a Lönnrot el Homero finés, aunque sin razón, como demostró el italiano Comparetti en su magistral libro sobre el Kalevala (1891): un poema épico no puede ser una obra colectiva, reunida por el pueblo: la unidad solamente puede dársela un poeta único y genial; y la unidad es lo que esencialmente falta al Kalevala, que es un ingenioso conjunto de cantos, zurcidos por un excelente conocedor y coleccionador de cantos, como era precisamente Lönnrot, que ha agrupado en una unidad poética, aunque no orgánica, los cantos alrededor de dos o más personajes de la mitología finesa: Väinäinömen(v.), el mago-cantor; Ilmarinen (v.), el herrero-artífice; Lemminkäinen (v.), el enamorado, aventurero, el Don Juan de los fineses; Kullervo (v.), el del trágico destino; sin haber entre estos personajes míticos ningún vínculo ni verdadera dependencia.
Alrededor de estos personajes se desarrolla la narración de las relaciones, ora amistosas ora hostiles, entre Kalevala, su patria, y Pohjola, el país del Norte. Los tres primeros héroes cortejan a una bellísima muchacha de Pohjola. que será de aquel que pueda forjar el fabuloso talismán Sampo. Lo logrará Ilmarinen, el héroe de la acción en contraposición a Väinäinömen, héroe del canto y del pensamiento. Más tarde, muerta la mujer de Ilmarinen, los héroes kalevalianos quieren reconquistar el Sampo, pero sólo consiguen hacerse con unos pocos fragmentos. En un episodio famoso domina la figura de Kullervo, desgraciado desde su nacimiento, seductor, sin saberlo, de su propia hermana, y rebosante, hasta la muerte, de odio y venganza. Aquí y allá aflora algún que otro elemento cristiano; así la doncella Marjatta del canto final se acerca, en su tipo, a la Virgen María. Con toda su discontinuidad, el Kalevala sigue siendo siempre una obra de fresca y original poesía que aun en su estado fragmentario encierra un tesoro de imágenes y de nobles sentimientos y afectos que hacen vibrar las cuerdas del más puro amor maternal, fraternal o filial, y la dulzura del arte, especialmente de la música, que encuentra en el famoso «runo del arpa» (kantele) su más exquisita expresión, [Trad. española de M.ª Dolores Arroyo (Barcelona, 1953)].
P. E. Pavolini

