Juliano el Apóstata, el emperador filósofo que, renegando del Cristianismo, soñó con restaurar el dorado mundo pagano, ha ejercido una fuerte sugestión sobre la fantasía de poetas y escritores que en los tiempos de retorno al paganismo han interpretado de varias maneras su figura.
Una de las mejores obras inspiradas en este tema es el drama en dos partes y diez actos de Henrik Ibsen (1828-1906) César y Galileo [Kejser og Galiloeer], estrenado en 1873. Ibsen hace de Juliano un desafortunado rebelde que, debatiéndose entre el cristianismo y el paganismo, sueña en restaurar el «tercer reino» que le anunció Máximo de Éfeso. El vaticinio de Máximo se ofrece a Juliano como una síntesis de las fuerzas opuestas que luchan en el interior de los hombres. Sin embargo el «emperador de papel» no sabe instaurar la nueva época ya que, en vez de actuar sobre la vida, le echa «encima la soga de sus propias abstracciones» y por fin se declara vencido por el Galileo, que ha despertado en el hombre antiguo el hombre nuevo y ha transformado la fe en sangre de vida. [Trad. española de Pedro Pellicena Camacho con el título Emperador y Galileo en Teatro completo, tomo VII, (Madrid, 1918)].

