Jean Santeuil, Marcel Proust

Novela de Marcel Proust (1871-1922) no publicada hasta 1952. Anotemos, para aclarar la historia de esta obra, que, desdé 1896, Marcel Proust había anunciado en sus cartas a sus más íntimos su intención de escribir una gran novela, «una obra de grandes aspiraciones», a la que él prestaba la mayor importancia. Pero has­ta 1950, poco más o menos, no fue descu­bierto el manuscrito de Jean Santeuil por Bernard de Fallois, que preparaba una tesis sobre el autor de En busca del tiempo per­dido (v.) y andaba a la sazón investigan­do entre los papeles y notas dispersas de Marcel Proust. Esta novela de más de mil páginas, no es, como se creyó durante mu­cho tiempo, un primer bosquejo de A la recherque du temps perdu, si bien es cierto que ya en ella se encuentran los temas principales de la obra capital de Proust. Es, ciertamente, como ha dicho André Maurois en su prefacio, «un libro completamente dis­tinto no sólo porque está inacabado, sino también porque faltan todavía el tema-clave de la obra maestra (que será la metamorfosis de un niño nervioso y débil en un artista), la continuidad de los personajes esenciales, la decisión de escribir el libro en primera persona y el valor de sumergirse en el sulfúreo abismo de Sodoma».

Jean Santeuil comienza con el encuentro de dos muchachos con un conocido novelista, quien, antes de morir, les confía el manuscrito de una novela que ellos quieren publicar y cuyo héroe es Jean Santeuil. Joven adoles­cente demasiado sensible (muy próximo al pequeño Marcel de Du coté de chez Swann), Jean despierta al mundo del amor en pri­mer lugar por la pasión que siente hacia su madre y luego por la que le inspira una chiquilla, Marie Kossicheff (en quien se re­conoce ya a Gilberte Swann). Luego Jean Santeuil crece, olvida a Marie y se enamora apasionadamente de su profesor de filoso­fía; entretanto es introducido en el mundo por su camarada Henri de Réveillon. Parti­cipará entonces en las discusiones suscita­das por el «affaire Dreyfus», pero sus amo­res siguen ocupando el lugar más impor­tante de su vida. Al final del libro Jean Sartteuil encuentra de nuevo el calor de los padres, cuya vejez y muerte inspiran a Marcel Proust las más profundas y emocionadas páginas, en las que se adivinan esbozadas las grandes meditaciones del Temps retrouvé sobre la obra del Tiempo y la Muerte. Evidentemente, este somero análisis no per­mite distinguir el paralelo existente entre ambas novelas, entre la obra de juventud y la obra maestra de la madurez. Será para ello preciso evocar el beso rehusado de las primeras páginas, los amores infantiles, las semejanzas, algo más que esbozadas, exis­tentes entre el mundo de Réveillon y aquel otro de los Guermantes, cierto acorde de violín que llegará a ser la célebre «peque­ña frase de Vinteuil», la incorporación del tema de la relatividad del amor y de la degradación de los sentimientos, aquel de la «correspondencia» recuerdo-sensación, etc… Será preciso insistir también en la impor­tancia que juegan ya en la sensibilidad del escritor la obsesión por la pureza y la con­ciencia de su carácter inaccesible.

Recor­demos esta frase de una carta dirigida a Robert de Montesquiu: «…E incluso en mis deseos más carnales hubiera podido reco­nocer como primer motor una idea, una idea por la que hubiera sacrificado mi vida y en cuyo centro estaba la idea de perfección». Y estas líneas posteriores: «Puede ser que la nada sea la verdad, y todo nuestro sueño inexistente… Entonces pereceremos — pero tenemos en rehenes estas cautivas divinas que seguirán nuestra suerte, y la muerte con ellas tiene algo de menos amargo, de menos falto de gloria, quizá de menos probable…» Jean Santeuil, primer boceto de la «obra» de Marcel Proust, acusa ya su permanente búsqueda de la esencia de las cosas, y su confianza en la misión del artista, que es la de expresar y retener aquella esencia.