Jaime, Josep Pin i Soler

[Jaume], Novela del narrador y comediógrafo catalán Josep Pin i Soler (1842-1927), publicada en 1888. En realidad, constituye la segunda parte de La familia deis Garrigas (v.). Comienza con unos re­cuerdos de la infancia de Jaume, el hijo segundo del viejo Ramón Garriga, que al ser destinado al sacerdocio huyó a Francia. A continuación sigue un capítulo que enla­ja con el final de La familia deis Garrigas, que acabó con la defenestración y muerte, de Narcís.

En Jaume, el autor lo resucita — a petición de un amigo, según cuenta en el prólogo — y es recogido muy maltre­cho y curado por la propia familia Ga­rriga. Jaume, de nuevo en su tierra, fre­cuenta la alta sociedad tarraconense, y en casa de las señoras de Requesens conoce a Guadalupe Salvat, hija de un acaudalado exportador. Debido a lo difíciles que eran las relaciones entre los jóvenes de ambos sexos en la época en que transcurre la no­vela, Jaume no puede comunicarse con Gua­dalupe, de quien se ha enamorado. Pero en una excursión colectiva al «Pont del diable», tiene la fortuna de ver a solas a Guadalupe y de obtener su aquiescencia amo­rosa. Entre tanto, Narcís, ya sacerdote, mar­cha a las misiones para ejercer su aposto­lado y alejarse además de Mercé, hermana de Jaume y su antigua enamorada, que se ha casado con Quim Garcés. Mientras que Jaume se traslada a Barcelona para intentar la representación de su ópera «Cartago». Allí colabora cori Paulina, una famosa can­tante, que se enamora de él. El rumor de sus pretendidas relaciones con la artista llega hasta Bernat Arbona, maduro preten­diente de Guadalupe, y consigue que ésta rompa con Jaume. Pero al cabo de unos años, Mercé reconcilia a los dos antiguos enamorados, antes de morir ella y su hijita, a la que acaba de dar a luz.

La obra, de estilo maduro y vigoroso, a pesar de la falta de fijeza del catalán de entonces, abundante en detalles, con un léxico rico y nada lite­rario, refleja vividamente el ambiente de la sociedad de Tarragona. Los conflictos mora­les, con algún ribete trágico pero no trucu­lento, permiten que la novela no sea exclusivamente una narración de costumbres.

A. Manent