[Introducción]. Tratado de lógica del filósofo griego Porfirio de Tiro (232-principios del siglo IV), conocida también con el título de Las cinco voces. Concebida como introducción a las Categorías (v. Organon) de Aristóteles, acogidas por el neoplatonismo, esta obra fue, con la citada, traducida y comentada en latín por Severino Boecio, entrando así de lleno en la tradición cristiana medieval, para la cual constituyó hasta el siglo XII la única fuente de estudio de la lógica.
Como insinúa su título, Las cinco voces, se trata en ella de cinco conceptos fundamentales: género, especie, diferencia específica, propiedad y accidente. Porfirio explica: «género», por ejemplo, animal; «especie», por ejemplo, hombre; «diferencia», por ejemplo, racional; «propiedad», por ejemplo, que ríe; «accidente», por ejemplo, blanco, negro, etc. Ahora bien, «hombre», siendo una especie, se predica de Sócrates y de Platón, que no difieren en especie sino por el número; «animal», siendo género, se predica del hombre, del caballo, del buey, etc., que no difieren entre sí por el género, sino por la especie, etc. En otros tantos capítulos se trata luego de los distintos conceptos y de sus relaciones de semejanza o diferencia. Del «género» da la siguiente definición: «lo que se predica de varias especies distintas, según lo que una cosa es»; de la «especie», «lo que se predica de varias cosas distintas entre ellas por número, según lo que una cosa es». La «diferencia» es «aquello por lo que las cosas difieren entre sí». «Propiedad» se define como «aquello que sólo pertenece a una especie, y a toda la especie indisolublemente, como, por ejemplo, para el hombre el ser apto para la risa». En cambio el «accidente» se define como «lo que está presente o ausente, sin que se destruya el sujeto». En capítulos separados se trata de «aquello que las cinco voces tienen de común y de diverso».
La Isagoge de Porfirio, considerada durante la Edad Media como introducción indispensable a la comprensión de las Categorías y, por tanto, de la filosofía y la teología, y a la posesión de la felicidad eterna, debe sobre todo su gran importancia histórica a haber provocado la celebérrima cuestión acerca del valor cognoscitivo de los «universales», campo de lucha y discordia en el seno de la Escolástica (v.) desde el siglo IX hasta la primera mitad del XII. Fue Porfirio quien prendió el fuego que debía causar esta secular conflagración, declarando en su Isagoge que quería dejar por resolver el problema de si los géneros y especies, que se predican de muchos individuos, son realidades subsistentes o bien si tienen existencia sólo en la mente («an in solis nudis intellectibus posita sint»), y, en el primer caso, si son realidades corpóreas o incorpóreas, y si están separadas o situadas en las realidades sensibles («utrum separata, an in sensibus posita sint»). Para estimular la curiosidad, no podía hacer sin embargo más que añadir: «Se trata de un problema profundísimo» («altissimum est huiusmodi negotium») que requiere una especial y más profunda investigación. Contribuyó a echar leña al fuego el mismo Boecio, al enunciar nuevamente las dos soluciones que habían dado al problema Aristóteles y Platón. El primero afirmaba que los géneros y las especies «se encuentran en los objetos singulares, pero son pensados como universales»: nada es, pues, la especie sino un concepto sacado de individuos diversos en número, pero sustancialmente semejantes.
Para Platón, advertía Boecio, los universales son en cambio ideas totalmente independientes: sustancias incorpóreas distintas de los individuos, que ocupan un tercer orden entre las sustancias abstractas, después de los dioses y de los ángeles. El problema, así planteado por el comentarista de Porfirio en sus términos extremos, venía a enlazarse con el planteado ya por Platón en el Parménides (v.) ya preparar el debate interminable entre realistas, nominalistas y conceptualistas.
G. Pioli

