Obra histórica de Jenofonte de Atenas (4279-355? a. de C.), dividida en siete libros por los gramáticos, que narra la historia de Grecia desde el punto en que Tucídides había dejado interrumpida su obra (esto es, desde los acontecimientos inmediatamente anteriores a la victoria de Cízico y a la llamada de Alcibíades a su patria), hasta la victoria de Mantinea, comprendiendo unos cincuenta años, desde 411 a 362 a. de C. Diferencias intrínsecas y formales dividen netamente las Helénicas en tres partes, la primera de las cuales, que comprende los acontecimientos desde el año 411 al 403, año de la restauración democrática de Trasíbulo en Atenas, y llega hasta el fin del segundo libro, muestra claramente la influencia de Tucídides en el orden y relativa imparcialidad del relato y en una cierta rigidez de estilo; la segunda, compuesta después de la Anábasis (v.), y que, formando el tercer y el cuarto libros, llega hasta la paz de Antálcidas, es netamente jenofóntica en su tono anecdótico y en el carácter fragmentario de la narración; la tercera, desde el quinto libro hasta el final, probablemente no fue elaborada por el autor y es más bien una recopilación de materiales (en verdad incompleta y muy lejos de la imparcialidad: por ejemplo, falta todo cuanto pudiera redundar en menoscabo de Esparta) y no una historia verdadera y propiamente dicha.
Diversa en sus varias partes, esta obra no se presta a un juicio de conjunto; por esto mismo, quizás, ha sido tan diversamente valorada e interpretada por los críticos antiguos y modernos, los cuales siempre se han esforzado en buscar en ella una unidad ideal de que en realidad carece. Como historiador, Jenofonte revela en las Helénicas, más que en ninguna otra de sus obras, la gravedad de sus defectos: además de la parcialidad por Esparta y por Agesilao, que llega, sobre todo en la última parte, hasta hacerle falsear los hechos, no ve la concatenación lógica de los acontecimientos, y, mientras su documentación en muchas partes es insuficiente, otras veces se pierde en prolijos , relatos de episodios de poca importancia o interrumpe la narración con largas digresiones en las que expone, desde su punto de vista moral, el juicio de hombres o hechos particulares, pero nunca del conjunto de los acontecimientos. Es mejor Jenofonte como narrador, y, desde este punto de vista, sobre todo en la segunda parte, las Helénicas pueden compararse a la Anábasis por la viveza y el dramatismo con que el autor relata algunos hechos, como la detención de Terámenes en pleno consejo, el descubrimiento de la conjuración de Cinedón, el encuentro entre Farnabazo y Agesilao, o introduce casi sin darse cuenta en la narración, que debería ser tan imparcial e impersonal como fuera posible, sus consideraciones morales y religiosas, los entusiasmos que le dictan sus simpatías por la aristocracia, las consideraciones técnicas que le sugiere su experiencia militar personal. Sea como fuere, en su singular mezcla de méritos y defectos, las Helénicas constituyen un precioso documento literario y son lo mejor que la historiografía nos ha legado después del período de oro representado por Heródoto y Tucídides.
C. Schick

