[La filosofía italiana nelle sue relazioni con la filosofía europea]. Obra de Bertrando Spaventa (1817-1883), publicada en 1862 con el título Prolusione e introduzione delle lezioni di filosofía, y en 1926, por E. Gentile, con su nuevo título. Spaventa se propone «determinar las relaciones entre la nacionalidad y la filosofía para conocer qué significados y, por lo tanto, qué límites debe tener la exigencia de que nuestra filosofía haya de ser nacional». La filosofía es la última y más clara expresión de la vida de un pueblo. La investigación en torno al carácter y el desarrollo del pensamiento especulativo de un pueblo debe, pues, ilustrar la peculiaridad de su carácter y el modo en que su vida ha encontrado explicación en una filosofía. Si volvemos la mirada al desarrollo de la filosofía, notaremos cómo el genio de cada nación ha contribuido a él en diversa medida. «Así el Ser abstracto pertenece a los hindúes, el inteligible a los griegos, el Suprainteligible a los alejandrinos, el Actus purus a los escolásticos, que eran de todas las naciones, el Pensamiento abstracto y la Materia a los franceses, la Substancia a Spinoza que nació en Holanda, la Percepción a los ingleses, y finalmente la concepción del pensamiento como actividad que se pone a sí misma y a su propio contenido y llega a afirmarse como Espíritu absoluto, pertenece al movimiento especulativo de Kant a Hegel.
La filosofía italiana no se halla en una dirección particular; el genio nacional italiano se revela precisamente en la universalidad, en la unidad armónica en que se resumen todos los aspectos del espíritu europeo. Italia se anticipa, en el Renacimiento, a todas las direcciones del pensamiento moderno; Vico, al descubrir la nueva ciencia «exigiendo una metafísica que procede sobre las ideas humanas» es el verdadero precursor de la filosofía alemana de Kant a Hegel. El carácter de la filosofía italiana destaca en la crítica de la posición escolástica que hizo el Renacimiento; Bruno y Campanella cierran la época del Renacimiento en Italia, y ya desde entonces se hace evidente la comunidad de dirección entre la especulación italiana y la europea, de las cuales la primera es como el preludio que señala sintéticamente los motivos que la segunda acogerá y conducirá a pleno desarrollo. Bruno se convertirá en Spinoza; Campanella, en Descartes y, en cuanto telesiano, en Locke. La mónada de Bruno, transfigurada en el «esse cognoscere» de Campanella, se convierte en la mónada de Leibniz. La unidad del espíritu de Vico, la unidad como proceso y desenvolvimiento es, en si pensamiento de Kant, la unidad que es conocer, mediación entre el pensar y el sentir; unidad sintética originaria. El problema del conocimiento es el problema de los filósofos italianos Galluppi y Rosmini. Gioberti desarrolla y completa a Rosmini, como Fichte, Schelling y Hegel completan a Kant. «Cuando él dice ‘conciencia de sí’, es Fichte; cuando dice ‘idea o razón’, es Schelling. Cuando dice ‘idea o razón consciente de sí misma’, como principio absoluto. universal, es Hegel.
De este modo el pensamiento en Gioberti ha ascendido al mismo nivel que el pensamiento alemán de Hegel». El proceso del pensamiento alemán es libre, consciente de sí, crítico; el del pensamiento italiano es fragmentario e impedido por preocupaciones extrínsecas dogmáticas. Para que Italia recupere su digno puesto en la vida de las naciones, y aporte al desarrollo del pensamiento humano la contribución adecuada a su genio, será menester que reconozca todo lo vivo y vital que hay en su tradición, y acoja, para desarrollarlos, los más fecundos resultados de la filosofía europea.
E. Codignola

