«Dezir» narrativo, en octavas de arte mayor, de don Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana (1398- 1458). Una noche, el poeta, «asy como niño que sacan de cuna, / non sé fatalmente o si por fortuna, / me vi todo solo al pie de un collado / pelvático, espesso, lexano a poblado, / agreste, desierto, e… espantable…». En aquella «espessura», el poeta sólo consigue ver «una senda muy poco usitada», por la que encamina sus pasos. «E aquélla siguiendo, sin más demoranga, / vi fieras difformes e animalias brutas / salir de unas cuevas, cavernas e grutas, / façiendo señales de gran tribuíanla», las cuales llevan «sus cabecas al suelo encimadas, / gimiendo… tristes…».
Pero el poeta prosigue su camino, «do yo vi çentauros, esphingos, arpiñas; / e vi más las formas de fembras marinas, / nucientes a Ulixes con canto amoroso». Todos se lamentan. El poeta, sumergido en un mundo de tinieblas, sigue su camino, no dando «passo sin grand compañía», y llega a la cumbre del monte, en la que resplandece una gran luminaria. «Fendiendo la lumbre, yo fuy discerniendo / unas ricas andas e lecho guarnido, / de filo d’Arabia labrado e texido, / e nueve donçellas en torno plañendo». Las nueve doncellas — es decir, las nueve musas —, con los cabellos sueltos, se lamentan por la muerte de Enrique de Villena, que comparan con las grandes figuras de las letras clásicas, desde Homero a Petrarca. El poeta llora, también, la muerte del «mayor de los sabios del tiempo presiente». Pero, «después del Aurora, el sueño passado / dexóme, llevando consigo esta gente, / e vime en el lecho tan encontinente, / como al pie del monte por mí recontado». Las alusiones del «dezir» a la «gesta Magnea» — la Farsalia — ya Dante indican la doble vertiente de la composición, elaborada en un estilo amplio y grandilocuente, de «fermosa cobertura». J. Molas

