LAS LEYES FUNDAMENTALES DE LA ESTUPIDEZ HUMANA (Carlo M. Cipolla)

Introducción

La humanidad se encuentra -y sobre esto el acuerdo es unánime- en un estado lamentable.  Ahora bien, no se trata de ninguna novedad.  Si uno se atreve a mirar hacia atrás, se da cuenta de que siempre ha estado en una situación lamentable.  El pesado fardo de desdichas y miserias que los seres humanos deben soportar, ya sea como individuos o como miembros de la sociedad organizada, es básicamente el resultado del modo extremadamente inviable – y me atrevería a decir estúpido- en que fue organizada la vida desde sus comienzos.  Desde Darwin sabemos que compartimos nuestro origen con las otras especies del reino animal, y todas las especies desde el gusano al elefante tienen que soportar sus dosis cotidianas de tribulaciones, temores, frustraciones, penas y adversidades.  Los seres humanos, sin embargo, poseen el privilegio de tener que cargar con un peso añadido, una dosis extra de tribulaciones cotididanas, provocadas por un grupo de personas que pertenecen al propio género humano.  Este grupo es mucho más poderoso que la Mafia o que el complejo industrial-militar.  Se trata de un grupo no organizado, que no se rige por ninguna ley, que no tiene jefe, ni presidente, ni estatutos, pero que consigue, no obstante, actuar en perfecta sintonía, como si estuviese guiado por una mano invisible, de tal modo que las actividades de cada uno de sus miembros contribuyen poderosamente a reforzar y ampliar la eficacia de la actividad de todos los demás miembros.  Es preciso subrayar a este respecto que este ensayo no es ni producto del cinismo ni un ejercicio de derrotismo social.  Las páginas que siguen son, de hecho, el resultado de un esfuerzo constructivo por investigar, conocer y, por lo tanto, posiblemente neutralizar, una de las más poderosas y oscuras fuerzas que impiden el crecimiento del bienestar y de la felicidad humana.

– 1 – La Primera Ley Fundamental Esta Ley afirma sin ambigüedad que: SIEMPRE E INEVITABLEMENTE CADA UNO DE NOSOTROS SUBESTIMA EL NÚMERO DE INDIVIDUOS ESTÚPIDOS QUE CIRCULAN POR EL MUNDO.  A primera vista la afirmación puede parecer trivial, o más bien obvia, o poco generosa, o quizá las tres cosas a la vez.  Sin embargo, un examen más atento revela de lleno la auténtica veracidad de esta afirmación.  Considérese lo que sigue.  Por muy alta que sea la estimación cuantitativa que uno haga de la estupidez humana, siempre quedan estúpidos, de un modo repetido y recurrente, debido a que:

a) personas que uno ha considerado racionales e inteligentes en el pasado se revelan después, de repente, inequívoca e irremediablemente estúpidas;

b) día tras día, con una monotonía incesante, vemos cómo entorpecen y obstaculizan nuestra actividad individuos obstinadamente estúpidos, que aparecen de improviso e inesperadamente en los lugares y en los momentos menos oportunos.  La Primera Ley Fundamental impide la atribución de un valor numérico a la fracción de personas estúpidas respecto del total de la población: cualquier estimación numérica resultaría ser una subestimación.  Por ello en las páginas que siguen se designará la cuota de personas estúpidas en el seno de una población con el símbolo Þ.

– 2 – La Segunda Ley Fundamental Las tendencias culturales que prevalecen hoy en día en los países occidentales favorecen una visión igualitaria de la humanidad.  Se prefiere pensar en el hombre como el producto en masa de una cadena de montaje perfectamente organizada.  La genética y la sociología, sobre todo, se esfuerzan por probar, con una cantidad impresionante de datos científicos y formulaciones, que todos los hombres son iguales por naturaleza, y que si algunos son más iguales que otros, esto ha de ser atribuido a la educación y al ambiente social, y no a la Madre Naturaleza.  Se trata de una opinión extendida que personalmente no comparto.  Tengo la firme convicción, avalada por años de observación y experimentación, de que los hombres no son iguales, de que algunos son estúpidos y otros no lo son, y de que la diferencia no la determinan fuerzas o factores culturales sino los manejos biogenéticos de una inescrutable Madre Naturaleza.  Uno es estúpido del mismo modo que otro tiene el cabello rubio; uno pertenece al grupo de los estúpidos como otro pertenece a un grupo sanguíneo.  En definitiva, uno nace estúpido por designio inescrutable de la Divina Providencia.  Aunque estoy convencido de que una fracción Þ de seres humanos es estúpida, y de que lo es por designio de la Providencia, no soy un reaccionario que pretende introducir de nuevo furtivamente discriminaciones de clase o de raza.  Creo firmemente que la estupidez es una prerrogativa indiscriminada de todos y cualquier grupo humano, y que tal prerrogativa está uniformemente distribuida según una proporción constante.  Este hecho está expresado científicamente en la Segunda Ley Fundamental: LA PROBABILIDAD DE QUE UNA PERSONA DETERMINADA SEA ESTÚPIDA ES INDEPENDIENTE DE CUALQUIER OTRA CARACTERÍSTICA DE LA MISMA PERSONA.  A este propósito, la Naturaleza parece realmente haberse superado a sí misma.  Es sabido que la Naturaleza, de un modo más bien misterioso, actúa de tal manera que mantiene constante la frecuencia relativa de ciertos fenómenos naturales.  Por ejemplo, tanto si los hombres se reproducen en el polo norte como en el ecuador, si las parejas que se unen son desarrolladas o subdesarrolladas, si son negras, blancas o amarillas, la proporción varón-mujer entre los recién nacidos es constante, con un ligero predominio de los varones.  No sabemos de qué manera la Naturaleza obtiene este extraordinario resultado, pero sabemos que para obtenerlo debe operar con grandes números.  El hecho extraordinario acerca de la frecuencia de la estupidez es que la Naturaleza consigue actuar de tal modo que esta frecuencia sea siempre y dondequiera igual a la probabilidad Þ, independientemente de la dimensión del grupo, y que se dé el mismo porcentaje de personas estúpidas, tanto si se someten a examen grupos muy amplios como grupos reducidos.  Ningún otro tipo de fenómenos objeto de observación ofrece una prueba tan singular del poder de la Naturaleza.  La prueba de que la educación y el ambiente social no tienen nada que ver con la probabilidad Þ nos la han proporcionado una serie de experimentos llevados a cabo en muchas universidades del mundo.  Podemos clasificar la población de una universidad en cuatro grandes grupos: ordenanzas, empleados, estudiantes y cuerpo docente.  Cada vez que se analizó el grupo de ordenanzas se halló que una fracción Þ eran estúpidos.  Teniendo en cuenta que el valor de Þ era más elevado de lo que se esperaba (Primera Ley), se juzgó, de entrada, pagando el tributo a las modas en vigor, que era debido a la pobreza de las familias de las que generalmente proceden los ordenanzas, y también a su escasa instrucción.  Pero al analizar los grupos más elevados se encontró que el mismo porcentaje dominaba también entre los empleados y los estudiantes.  Más impresionantes todavía fueron los resultados obtenidos entre el cuerpo docente.  Tanto si se analizaba una universidad grande como una pequeña, un instituto famoso o uno desconocido, se encontró que la misma fracción Þ de profesores estaba formada por estúpidos.  Fue tal la sorpresa ante los resultados obtenidos que se resolvió extender las investigaciones a un grupo especialmente seleccionado, a una auténtica "elite", a los galardonados con el premio Nobel.  El resultado confirmó los poderes supremos de la Naturaleza: una fracción Þ de los premios Nobel estaba constituida por estúpidos.  Este resultado es difícil de aceptar y de digerir, pero existen demasiadas pruebas experimentales que confirman básicamente su validez.  La Segunda Ley Fundamental es una ley de hierro, y no admite excepciones.  El Movimiento para la Liberación de la Mujer apreciará en todo su valor la Segunda Ley, por cuanto esta ley demuestra que los individuos estúpidos son proporcionalente tan numerosos entre los hombres como entre las mujeres.  La población de los países del Tercer Mundo hallará consuelo en esta Segunda Ley, en la medida en que demuestra que los pueblos llamados "desarrollados" no son al fin y al cabo tan desarrollados.  Guste o no guste esta Segunda Ley Fundamental, en cualquier caso sus implicaciones son diabólicamente inevitables.  Tanto si uno se dedica a frecuentar los círculos elegantes como si se refugia entre los cortadores de cabezas de la Polinesia, si se encierra en un monasterio o decide pasar el resto de su vida en compañía de mujeres hermosas y lujuriosas, persiste el hecho de que deberá siempre enfrentarse al mismo porcentaje de gente estúpida, porcentaje que (de acuerdo con la Primera Ley) superará siempre las previsiones más pesimistas.

– 3 –

Un intervalo técnico Los individuos se caracterizan por diferentes grados de propensión a la socialización.  Existen individuos para quienes cualquier contacto con otros individuos es una dolorosa necesidad.  Éstos se ven obligados, literalmente, a soportar a las personas.  En el otro extremo del espectro, se hallan los individuos que no pueden soportar de ningún modo vivir solos, y están dispuestos a pasar el tiempo incluso en compañía de personas que desprecian antes que estar solos.  Entre estos dos extremos, existe una gran variedad de situaciones, si bien la gran mayoría de personas se halla más próxima al tipo que no puede soportar la soledad que al tipo que no es propenso a las relaciones humanas.  Aristóteles reconoció este hecho cuando escribió que "el hombre es una animal social", y la validez de su afirmación está demostrada por el hecho de que nos movemos en grupos sociales, que existen más personas casadas que solteras, que se malgasta mucho dinero y tiempo en exasperantes y aburridas fiestas, y que la palabra soledad generalmente tiene connotaciones negativas.  Tanto si uno pertenece al tipo solitario como si pertenece al tipo mundano, en cualquier caso tiene que tratar con la gente, si bien con intensidad diferente.  De vez en cuando también los solitarios se encuentran con personas.  Además, uno se pone en relación con los seres humanos incluso evitándolos.  Lo que podría haber hecho por un individuo o por un grupo, y no lo he hecho, representa un "coste-oportunidad" (es decir, una ganancia frustrada o pérdida) para aquella persona concreta o grupo concreto.  La moraleja es que cada uno de nosotros tiene una especie de cuenta corriente con cada uno de los demás.  De cualquier acción, u omisión, cada uno de nosotros obtiene una ganancia o una pérdida, y al mismo tiempo proporciona un ganancia o una pérdida a algún otro.  La ganancia puede ser positiva, nula o negativa; una ganancia negativa equivale a una pérdida.  En las ganancias y las pérdidas deben incluirse también las recompensas y las satisfaccines psicológicas y emotivas, y los estrés psicológicos y emotivos.  Estos son bienes (o males) inmateriales y, por lo tanto, difíciles de medir con parámetros objetivos.  El análisis del tipo costes-beneficios puede ayudar a resolver el problema, aunque no completamente; pero no quiero aburrir al lector con detalles técnicos: un margen de imprecisión puede afectar a la medición, pero no afecta a la esencia del argumento.  En todo caso, un punto debe quedar claro.  Al considerar las acciones de una persona, y al valorar los beneficios o las pérdidas que esa persona obtiene, se debe tener en cuenta su sistema de valores; pero para determinar la ganancia o la pérdida de la persona o grupo de personas con quienes se relaciona es absolutamente indispensable tomar como referencia el sistema de valores de éstas últimas.  Con demasiada frecuencia se olvida esta norma de juego limpio, y muchos problemas surgen precisamente del hecho de que no se respeta este principio de conducta cívica.  Recurramos a un ejemplo trivial, protagonizado por dos individuos, a los que llamaremos Ticio y Cayo.  Ticio da un golpe a Cayo y obtiene por ello una satisfacción.  Tal vez Ticio sostenga que Cayo es feliz por haber recibido un golpe.  Pero es muy probable que Cayo no sea de la misma opinión.  Es más, puede que Cayo considere que el golpe ha sido un desagradabilísimo incidente.  Si el golpe de Cayo ha sido una ganancia o una pérdida para Cayo, es Cayo quien debe decidirlo, y no Ticio.

– 4 – La Tercera Ley Fundamental (ley de oro) Esta Ley presupone, aunque no lo enuncie explícitamente, que todos los seres humanos están incluidos en una de estas cuatro categorías fundamentales: los incautos, los inteligentes, los malvados y los estúpidos.  Si Ticio comete una acción y obtiene una pérdida, al mismo tiempo que procura un beneficio a Cayo, ha actuado como un incauto; si realiza una acción de la que obtiene un beneficio, y al mismo tiempo procura un beneficio también para Cayo, ha actuado inteligentemente; si realiza una acción de la que obtiene un beneficio causando un perjuicio a Cayo, ha actuado como un malvado.  La Tercera Ley Fundamental aclara explícitamente que: UNA PERSONA ESTÚPIDA ES AQUELLA QUE CAUSA UN DAÑO A OTRA PERSONA O GRUPO DE PERSONAS SIN OBTENER, AL MISMO TIEMPO, UN PROVECHO PARA SÍ MISMA, O INCLUSO OBTENIENDO UN PERJUICIO.  A la vista de esta Tercera Ley Fundamental, las personas racionales reaccionan instintivamente con escepticismo e incredulidad.  El caso es que las personas razonables tienen dificultades para imaginar y comprender un comportamiento irracional.  Pero dejémonos de teorías y veamos qué es lo que nos ocurre en la práctica en la vida diaria.  Todos nosotros recordamos ocasiones en que, desgraciadamente, estuvimos relacionados con un individuo que consiguió una ganancia, causándonos un perjuicio a nosotros: nos encontrábamos frente a un malvado.  También podemos recordar ocasiones en que un individuo realizó una acción, cuyo resultado fue una pérdida para él y una ganancia para nosotros: habíamos entrado en contacto con un incauto.  Igualmente nos vienen a la memoria ocasiones en que un individuo realizó una acción de la que ambas partes obtuvimos provecho: se trataba de una persona inteligente.  Tales casos ocurren continuamente.  Pero si reflexionamos bien, habrá que admitir que no representan la totalidad de los acontecimientos que caracterizan nuestra vida diaria.  Nuestra vida está salpicada de ocasiones en que sufrimos pérdidas de dinero, tiempo, energía, apetito, tranquilidad y buen humor por culpa de las dudosas acciones de alguna absurda criatura a la que, en los momentos más impensables e inconvenientes, se le ocurre causarnos daños, frustraciones y dificultades, sin que ella vaya a ganar absolutamente nada con sus acciones.  Nadie sabe, entiende o puede explicar por qué esta absurda criatura hace lo que hace.  En realidad, no existe explicación -o mejor dicho- sólo hay una explicación: la persona en cuestión es estúpida.

– 5 – Distribución de la frecuencia La mayor parte de las personas no actúa de un modo coherente.  En determinadas circunstancias una persona actúa inteligentemente, y en otras esta misma persona puede comportarse como una incauta.  La única excepción importante a la regla la representan las personas estúpidas que, normalmente, muestran la máxima tendencia a una total coherencia en cualquier campo de actuación.  Una persona inteligente puede alguna vez comportarse como una incauta, como puede también alguna vez adoptar una actitud malvada.  Pero, puesto que la persona en cuestión es fundamentalmente inteligente, la mayor parte de sus acciones tendrán la característica de la inteligencia.  El hecho de que sea posible analizar a los individuos en vez de sus acciones, permite hacer algunas digresiones sobre la frecuencia de los malvados y de los estúpidos.  El malvado perfecto es aquel que con sus acciones causa a otro pérdidas equivalentes a sus ganancias.  El tipo de malvado más ordinario es el ladrón.  Una persona que roba 10.000 pesetas, sin causar daños posteriores, es un malvado perfecto: tú pierdes 10.000 pesetas, él gana 10.000 pesetas.  Sin embargo, los malvados perfectos son relativamente pocos.  Los malvados que obtienen para sí ganancias mayores que las pérdidas que ocasionan a los demás son deshonestos y con un grado elevado de inteligencia, pero, desgraciadamente, no son muy numerosos.  La mayor parte de los malvados son individuos cuyas acciones les proporcionan beneficios inferiores a la pérdidas ocasionadas a los demás.  Si alguien hace que te caigas y te rompas una pierna para quitarte 10.000 pesetas, o te causa daños en el automóvil por un valor de 50.000 pesetas para robarte una radio insignificante, por la que no va a obtener más de 3.000, si alguien te dispara y te mata con el único objetivo de pasar una noche en Montecarlo en compañía de tu mujer, podemos estar seguros de que no se trata de un malvado "perfecto".  Aun utilizando sus parámetros para medir sus ganancias (pero usando los nuestros para medir nuestras pérdidas), este individuo se situará muy cerca del límite de la estupidez pura.  La distribución de la frecuencia de personas estúpidas es completamente diferente de la distribución de los malvados, de los inteligentes y de los incautos.  La razón de esto es que la gran mayoría de personas estúpidas son fundamental y firmemente estúpidas; en otras palabras, insisten con perseverancia en causar daños o pérdidas a otras personas sin obtener ninguna ganancia para sí, sea esto positivo o negativo.  Pero aún hay más.  Existen personas que, con sus inverosímiles acciones, no sólo causan daños a otras personas, sino también a sí mismas.  Estas personas pertenecen al género de los superestúpidos.
– 6 – Estupidez y poder Como ocurre con todas las criaturas humanas, también los estúpidos influyen sobre otras personas con intensidad muy diferente.  Algunos estúpidos causan normalmente sólo perjuicios limitados, pero hay otros que llegan a ocasionar daños terribles, no ya a uno o dos individuos, sino a comunidades o sociedades enteras.  La capacidad de hacer daño que tiene una persona estúpida depende de dos factores principales.  Algunos individuos heredan dosis considerables del gen de la estupidez, y gracias a tal herencia pertenecen, desde su nacimiento, a la elite de su grupo.  El segundo factor que determina el potencial de una persona estúpida procede de la posición de poder o de autoridad que ocupa en la sociedad.  Entre los burócratas, militares, políticos y jefes de Estado se encuentra el más exquisito porcentaje Þ de individuos fundamentalmente estúpidos, cuya capacidad de hacer daño al prójimo ha sido (o es) peligrosamente potenciada por la posición de poder que han ocupado (u ocupan).  ¡Ah!, y no nos olvidemos de los prelados.  La pregunta que a menudo se plantean las personas razonables es cómo es posible que estas personas estúpidas lleguen a alcanzar posiciones de poder o de autoridad.  Las clases y las castas (tanto laicas como eclesiásticas) fueron las instituciones sociales que permitieron un flujo constante de personas estúpidas a puestos de poder en la mayoría de las sociedades preindustriales.  En el mundo industrial moderno, las clases y las castas van perdiendo cada vez más su importancia.  Pero el lugar de las clases y las castas lo ocupan hoy los partidos políticos, la burocracia y la democracia.  En el seno de un sistema democrático, las elecciones generales son un instrumento de gran eficacia para asegurar el mantenimiento estable de la fracción Þ entre los poderosos.  Hay que recordar que, según la Segunda Ley, la fracción Þ de personas que votan son estúpidas, y las elecciones les brindan una magnífica ocasión de perjudicar a todos los demás, sin obtener ningún beneficio a cambio de su acción.  Estas personas cumplen su objetivo, contribuyendo al mantenimiento del nivel Þ de estúpidos entre las personas que están en el poder.

– 7 – El poder de la estupidez No resulta difícil comprender de qué manera el poder político, económico o burocrático aumenta el potencial nocivo de una persona estúpida.  Pero nos queda aún por explicar y entender qué es lo que básicamente vuelve peligrosa a una persona estúpida; en otras palabras, en qué consiste el poder de la estupidez.  Esencialmente los estúpidos son peligrosos y funestos porque a las personas razonables les resulta difícil imaginar y entender un comportamiento estúpido.  Una persona inteligente puede entender la lógica de un malvado.  Las acciones de un malvado siguen un modelo de racionalidad: racionalidad perversa, si se quiere, pero al fin y al cabo racionalidad.  El malvado quiere añadir un "más" a su cuenta.  Puesto que no es suficientemente inteligente como para imaginar métodos con que obtener un "más" para sí, procurando también al mismo tiempo un "más" para los demás, deberá obtener su "más" causando un "menos" a su prójimo.  Desde luego, esto no es justo, pero es racional, y si uno es racional puede preverlo.  En definitiva, se pueden prever las acciones de un malvado, sus sucias maniobras y sus deplorables aspiraciones, y muchas veces se pueden preparar las oportunas defensas.  Con una persona estúpida todo esto es absolutamente imposible.  Tal como está implícito en la Tercera Ley Fundamental, una criatura estúpida os perseguirá sin razón, sin un plan preciso, en los momentos y lugares más improbables y más impensables.  No existe modo alguno racional de prever si, cuándo, cómo y por qué, una criatura estúpida llevará a cabo su ataque.  Frente a un individuo estúpido, uno está completamente desarmado.  Puesto que las acciones de una persona estúpida no se ajustan a las reglas de la racionalidad, de ello se deriva que:

a) generalmente el ataque nos coge por sorpresa;

b) incluso cuando se tiene conocimiento del ataque, no es posible organizar una defensa racional, porque el ataque, en sí mismo, carece de cualquier tipo de estructura racional.  El hecho de que la actividad y los movimientos de una criatura estúpida sean absolutamente erráticos e irracionales, no sólo hace problemática la defensa, sino que hace extremadamente difícil cualquier contraataque -como intentar disparar sobre un objeto capaz de los más improbables e inimaginables movimientos-.  Esto es lo que pensaba Schiller al afirmar que "contra la estupidez los mismos dioses luchan en vano".  Hay que tener en cuenta también otra circunstancia.  La persona inteligente sabe que es inteligente.  El malvado es consciente de que es un malvado.  El incauto está penosamente imbuido del sentido de su propia candidez.  Al contrario que todas estas personas, el estúpido no sabe que es estúpido.  Esto contribuye poderosamente a dar mayor fuerza, incidencia y eficacia a su acción devastadora.  El estúpido no está inhibido por el sentimiento de autoconsciencia.  Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida y el trabajo, hacerte perder dinero, tiempo, buen humor, apetito, productividad, y todo esto sin malicia, sin remordimientos y sin razón.  Estúpidamente.

– 8 – La Cuarta Ley Fundamental No hay que asombrarse de que las personas incautas generalmente no reconozcan la peligrosidad de las personas estúpidas.  El hecho no representa sino una manifestación más de su falta de previsión.  Pero lo que resulta verdaderamente sorprendente es que tampoco las personas inteligentes ni las malvadas consiguen muchas veces reconocer el poder devastador y destructor de la estupidez.  Es extremadamente difícil explicar por qué sucede esto.  Se puede tan sólo formular la hipótesis de que a menudo tanto los inteligentes como los malvados, cuando son abordados por individuos estúpidos, cometen el error de abandonarse a sentimientos de autocomplacencia y desprecio, en vez de segregar inmediatamente cantidades mayores de adrenalina y preparar la defensa.  Generalmente, se tiende incluso a creer que una persona estúpida sólo se hace daño a sí misma, pero esto significa que se está confundiendo la estupidez con la candidez.  A veces hasta se puede caer en la tentación de asociarse con un individuo estúpido con el objeto de utilizarlo en provecho propio.  Tal maniobra no puede tener más que efectos desastrosos porque:

a) está basada en la total incomprensión de la naturaleza esencial de la estupidez y

b) da a la persona estúpida oportunidad de desarrollar posteriormente sus capacidades.  Uno puede hacerse la ilusión de que está manipulando a una persona estúpida y, hasta cierto punto, puede que incluso lo consiga.  Pero debido al comportamiento errático del estúpido, no se pueden prever todas sus acciones y reacciones, y muy pronto uno se verá arruinado y destruido por sus imprevisibles actos.  Todo esto aparece claramente sintetizado en la Cuarta Ley Fundamental, que afirma que: LAS PERSONAS NO ESTÚPIDAS SUBESTIMAN SIEMPRE EL POTENCIAL NOCIVO DE LAS PERSONAS ESTÚPIDAS.  LOS NO ESTÚPIDOS OLVIDAN CONSTANTEMENTE QUE EN CUALQUIER MOMENTO Y LUGAR, Y EN CUALQUIER CIRCUNSTANCIA, TRATAR Y/O ASOCIARSE CON INDIVIDUOS ESTÚPIDOS SE MANIFIESTA INFALIBLEMENTE COMO UN COSTOSÍSIMO ERROR.  Es lo que pensaba Gracián cuando recomienda: "evita relacionarte con necios".  A lo largo de los siglos, en la vida pública y privada, innumerables personas no han tenido en cuenta la Cuarta Ley Fundamental y esto ha ocasionado pérdidas incalculables a la humanidad.

– 9 – El macroanálisis y la Quinta Ley Fundamental Las consideraciones finales precedentes nos conducen a un análisis de tipo "macro", según el cual, en vez de bienestar individual, se toma en consideración el bienestar de la sociedad, definido, en este contexto, como la suma algebraica de las condiciones de bienestar individual.  Es esencial para efectuar este análisis una completa comprensión de la Quinta Ley Fundamental.  No obstante, es preciso añadir que de las cinco leyes fundamentales la Quinta es, desde luego, la más conocida y su corolario se cita con mucha frecuencia.  Esta ley afirma que: LA PERSONA ESTÚPIDA ES EL TIPO DE PERSONA MÁS PELIGROSA QUE EXISTE.  El corolario de la ley dice así: EL ESTÚPIDO ES MÁS PELIGROSO QUE EL MALVADO.  La formulación de la ley y de su corolario es aún del tipo "micro".  Sin embargo, tal como hemos anunciado, la ley y su corolario tienen profundas implicaciones de naturaleza "macro".  El punto esencial que hay que tener en cuenta es éste: el resultado de la acción de un malvado perfecto representa pura y simplemente una transferencia de riqueza y/o de bienestar.  El malvado perfecto, con su acción, habrá añadido un "más" a su cuenta, "más" que equivaldrá exactamente al "menos" que ha ocasionado a otra persona.  La sociedad en su conjunto no ha salido ni beneficiada ni perjudicada.  Si todos los miembros de una sociedad fuesen malvados perfectos, la sociedad quedaría en una situación estancada, pero no se producirían grandes desastres.  Todo quedaría reducido a transferencias masivas de riqueza y bienestar en favor de aquellos que actúan malvadamente.  Si todos los miembros de una sociedad actuaran malvadamente por turnos regulares, no solamente la sociedad entera, sino incluso cada uno de los individuos, se hallaría en un estado de perfecta estabilidad.  Pero cuando los estúpidos entran en acción, las cosas cambian completamente.  Las personas estúpidas ocasionan pérdidas a otras personas sin obtener ningún beneficio para ellas mismas.  Por consiguiente, la sociedad entera se empobrece.  Los incautos dotados de rasgos de inteligencia superiores a la media, así como los malvados con rasgos de inteligencia y, sobre todo, los inteligentes contribuyen todos, aunque en grado diverso, a aumentar el bienestar de la sociedad.  Por otra parte, los malvados y los incautos con rasgos de estupidez no hacen sino añadir pérdidas a las ya causadas por las personas estúpidas, aumentando de este modo el nefasto poder destructivo de estas últimas.  Todo esto nos sugiere algunas reflexiones sobre los resultados que se dan en las sociedades.  Según la Segunda Ley Fundamental, la fracción de gente estúpida es una constante Þ, que no se ve influida por el tiempo, espacio, raza, clase o cualquier otra variante histórica o sociocultural.  Sería un grave error creer que el número de los estúpidos es más elevado en una sociedad en decadencia que en una sociedad en ascenso.  Ambas se ven aquejadas por el mismo porcentaje de estúpidos.  La diferencia entre ambas sociedades reside en el hecho de que en la sociedad en declive:

a) los miembros estúpidos de la sociedad se vuelven más activos por la actuación permisiva de los otros miembros;

b) se produce un cambio en la composición de la población de los no estúpidos, con un aumento relativo de las poblaciones de incautos y malvados con rasgos de estupidez.  Esta hipótesis teórica se ve abundantemente confirmada por un exhaustivo análisis de casos históricos.  En efecto, el análisis histórico nos permite reformular las conclusiones teóricas de un modo más concreto y con detalles más realistas.  Tanto si consideramos la época clásica como la medieval, la moderna o contemporánea, nos impresiona el hecho de que todo país en ascenso tiene su inevitable porcentaje Þ de personas estúpidas.  Sin embargo, un país en ascenso tiene también un porcentaje insólitamente alto de individuos inteligentes que procuran tener controlada a la fracción Þ, y que, al mismo tiempo, producen para ellos mismos y para los otros miembros de la comunidad ganancias suficientes como para que el progreso sea un hecho.  En un país en decadencia, el porcentaje de individuos estúpidos sigue siendo igual a Þ; sin embargo, en el resto de la población se observa, sobre todo entre los individuos que están en el poder, una alarmante proliferación de malvados con un elevado porcentaje de estupidez y, entre los que no están en el poder, un igualmente alarmante crecimiento del número de los incautos.  Tal cambio en la composición de la población de los no estúpidos refuerza, inevitablemente, el poder destructivo de la fracción Þ de los estúpidos, y conduce al país a la ruina.

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El Bibliocausto nazi

Fernando Báez Universidad de Los Andes (Venezuela)

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Cada libro quemado ilumina el mundo

R. W.Emerson

I

Todos han oído hablar del Holocausto Judío, nombre dado a la aniquilación sistemática de millones de judíos a manos de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.  Pero es oportuno señalar que este genocidio tuvo su equivalente.  También hubo un Bibliocausto, donde millares de libros fueron destruidos por el mismo régimen.  Entender cómo se gestó puede permitirnos comprender que Heinrich Heine tenía razón cuando escribió proféticamente: […] donde los libros son quemados, al final también son quemados los hombres […] La destrucción de libros de 1933 fue, a mi juicio, apenas un prólogo a la matanza que vendría después.  Las hogueras de libros fueron las que inspiraron los hornos crematorios.  Y esto merece una reflexión detenida, porque se trata de un acontecimiento que ha marcado para siempre la vida de millones de hombres y que va seguir siendo uno de los hitos más siniestros de la historia.

El comienzo de esta barbarie tiene fecha: el 30 de enero de 1933, cuando el presidente de la llamada República de Weimar, en alemania, Paul Ludwig Hans Anton Von Beneckendorff Und Von Hindenburg (1847-1934), designó a Adolfo Hitler como canciller.  Trataba de reconocer la inestable mayoría de este iracundo político; viejo y cortés, Hindenburg ignoró lo que sobrevino casi de inmediato: un período político y militar que sería conocido posteriormente como El Tercer Reich (´reich´ es ´imperio´).  Hitler, que había sido cabo en el ejército, que había querido ser un pintor de fama mundial y fracasó, que había intentado dar un golpe de Estado en 1923, utilizó una estrategia de intimidación contra los judíos, los sindicatos y el resto de los partidos políticos.  No era, como puede pensarse ligeramente, un loco, sino la voz más visible de una idiosincracia germana totalitaria.

El 4 de febrero, la Ley para la Protección del Pueblo Alemán restringió la libertad de prensa y definió los nuevos esquemas de confiscación de cualquier material que fuera considerado peligroso.  Al día siguiente, las sedes de los partidos comunistas fueron atacadas salvajemente y sus bibliotecas destruidas.  El 27, el Parlamento Alemán, el famoso Reichstag, fue incendiado, junto con todos sus archivos.  El 28, la reforma de la Ley para la Protección del Pueblo Alemán y el Estado, legitimó medidas excepcionales en todo el país.  La libertad de reunión, la libertad de prensa y la de opinión, quedaron restringidas.  En unas elecciones controladas, el Partido de Hitler, conocido como Partido Nazi, obtuvo la mayoría del nuevo Parlamento y se decretó oficialmente el nacimiento del Tercer Reich.

alemania, obviamente, estaba transformando sus instituciones después de la terrible derrota sufrida durante la I Guerra Mundial.  Hitler, que no era alemán, fue considerado como el un estadista idóneo para rescatar la autoestima colectiva, y sus purgas contra la oposición lo convirtieron en un líder temido.  Su eficacia, no obstante, estaba sustentada en varios hombres.  Uno de ellos era Hermann Göring; el otro era Joseph Goebbels.  Ambos eran fanáticos, pero el segundo fue quien convenció a Hitler de la necesidad de extremar las medidas que ya venían ejecutando, y logró ser designado al frente de un nuevo órgano del Estado que vendría a ser conocido como Reichsministerium für Volksaufklärung und Propaganda (Ministerio del Reich para la Ilustración de Pueblo y para la Propaganda).

Goebbels sabía lo que hacía, y Hitler le dio carta blanca.  Tenía una fe absoluta en su amigo, y tenía muy buenas razones para creer ciegamente en sus aciertos.  Goebbels, quien no había ingresado al Ejército por ser patituerto, se había doctorado como Filólogo, en 1922, en la Universidad de Heidelberg, donde fue profesor Friedrich Hegel en el siglo XIX.  Era un lector apasionado de los clásicos griegos y, en cuanto a pensamiento político, prefería el estudio de los textos marxistas y de todo lo escrito que existiera contra la burguesía.  Admiraba a Friedrich Nietzsche, recitaba poemas de memoria, y, por lo que se sabe, escribía textos dramáticos y ensayos.  Cuando se unió a Hitler, reconoció su verdadera vocación, como lo dijo muchas veces, y ya con el cargo de Ministro, en 1933, reunió un equipo de trabajo para redactar la Ley Relativa al Gobierno del Estado, que fue sancionada el 7 de abril de ese año.  Indudablemente, ahora tenía un control absoluto sobre la educación y fomentó un cambio total en las escuelas y universidades.  El 8 de abril, fue enviado un memorandun a las Organizaciones Estudiantiles Nazis, donde se proponía la destrucción de todos aquellos libros peligrosos que estuvieran en las bibliotecas de alemania.  De cualquier forma, ya el mes anterior, exactamente el día 26 de marzo, fueron quemados libros en Schillerplatz, en un lugar desconocido y tranquilo llamado Kaiserslautern.  El primero de abril, Wuppertal sufrió saqueos y quemas de libros en Brausenwerth y en Rathausvorplatz.

Algo terrible se gestó entonces.  Una especie de fervor inusitado que estaba limitado por la presión internacional europea, despertó entre los estudiantes e intelectuales alemanes.  Un odio manejado por osadas ráfagas de propaganda se extendió en las aulas, y el resultado no se hizo esperar.  El 11 de abril, en Düsseldorf, fueron destruidos libros de contenido comunista y judío.  Algunos de los más importantes filósofos alemanes, sin ser obligados a ello, como Martin Heidegger1, adhirieron las ideas de Goebbels.  En abril, Heidegger fue designado Rector de la Universidad de Friburgo y el 1 de mayo, se hizo miembro del NSDAP.2

II

El 2 de mayo, en Leipzig en Gewerkschaftshaus, se destruyeron textos, pero fue realmente el 5 de mayo de 1933 cuando empezó todo.  Los estudiantes de la Universidad de Colonia fueron a la biblioteca, y en medio de lágrimas y risas, recogieron todos los libros de autores judíos o de procedencia judía.  Horas más tarde, los quemaron.  Estaba bastante claro que esa era la vía elegida para mandar un mensaje al mundo entero.  Y los actos que siguieron así lo probaron.

Los estudiantes estaban frenéticos.  El día 6, del mismo mes, la juventud del Partido Nazi y miembros de otras organizaciones, sacaron media tonelada de libros y folletos del Instituto de Investigación Sexual de Berlín.  Goebbels, indetenible, preparaba reuniones todas las noches porque se había decidido iniciar un gran acto de desagravio a la cultura alemana.  Como fecha tentativa, se propuso el 10 de mayo.  El 8 de mayo hubo algunos desórdenes en Friburgo, y destrucciones de libros.

El 10 de mayo fue un día agitado desde muy temprano.  La Asociación de Estudiantes Alemanes se agolpó en la biblioteca de la Universidad Wilhelm Von Humboldt y comenzaron a recoger todos los libros prohibidos por el régimen.  Había una euforia inesperada.  Finalmente, los libros, junto con los que se habían obtenido en otros centros, como el Instituto de Investigaciones Sexuales o en las bibliotecas de judíos capturados, fueron transportados a Opernplatz.  En total, el número de libros sobrepasaba los 25.000. Muy pronto se concentró una multitud alrededor de los estudiantes.  Éstos comenzaron a cantar un himno que causó gran impresión entre los espectadores.  La primera consigna fue fulminante:

Contra la clase materialista y utilitaria.  Por una comunidad de Pueblo y una forma ideal de vida.  Marx, Kautsky.3

La hoguera ya estaba encendida.  Tal vez nadie podía creer lo que pasaba, pero no dejó de sorprender a cualquier observador que una de las capitales más cultas del mundo, donde se encontraban algunas de las más importantes universidades europeas, era el centro de una de las quemas de libros más impresionante de la época.  Joseph Goebbels, quien dirigía todas las acciones, levantó la voz y después de saludar a todos con un estruendoso Heil, explicó los motivos de la quema:

La época extremista del intelectualismo judío ha llegado a su fin y la revolución de alemania ha abierto las puertas nuevamente para un modo de vida que permita llegar a la verdadera esencia del ser alemán.  Esta revolución no comienza desde arriba, sino desde abajo, y va en ascenso.  Y es, por esa razón, en el mejor sentido de la palabra, la expresión genuina de la voluntad del Pueblo […]

Durante los pasados catorce años Uds., estudiantes, sufrieron en silencio vergonzoso la humillación de la República de Noviembre, y sus bibliotecas fueron inundadas con la basura y la corrupción del asfalto literario de los judíos.  Mientras las ciencias de la cultura estaban aisladas de la vida real, la juventud alemana ha reestablecido ahora nuevas condiciones en nuestro sistema legal y ha devuelto la normalidad a nuestra vida […]

Las revoluciones que son genuinas no se paran en nada.  Ninguna área debe permanecer intocable […]

Por tanto, Uds.  están haciendo lo correcto cuando Uds., a esta hora de medianoche, entregan a las llamas el espíritu diabólico del pasado[…]

El anterior pasado perece en las llamas; los nuevos tiempos renacen de esas llamas que se queman en nuestros corazones […]4

Los cantos prosiguieron y al final de cada estrofa se arrojaban algunos libros cuyos autores se mencionaban:

Contra la decadencia misma y la decadencia moral.  Por la disciplina, por la decencia en la familia y en la propiedad.

Heinrich Mann, Ernst Glaeser, E. Kaestner

Contra el pensamiento sin principios y la política desleal.  Por la dedicación al Pueblo y al Estado.

F. W. Foerster.

Contra el desmenuzamiento del alma y el exceso de énfasis en los instintos sexuales.  Por la nobleza del alma humana.

Escuela de Freud.

Contra la distorsión de nuestra historia y la disminución de las grandes figuras históricas.  Por el respeto a nuestro pasado.

Emil Ludwig, Werner Hegemann.

Contra los periodistas judíos demócratas, enemigos del Pueblo.  Por una cooperación responsable para reconstruir la nación.

Theodor Wolff, Georg Bernhard.

Contra la deslealtad literaria perpetrada contra los soldados de la Guerra Mundial.  Por la educación de la nación en el espíritu del poder militar.

E. M. Remarque

Contra la arrogancia que arruina el idioma alemán.  Por la conservación de la más preciosa pertenencia del Pueblo.

Alfred Kerr

Contra la impudicia y la presunción.  Por el respeto y la reverencia debida a la eterna mentalidad alemana.

Tucholsky, Ossietzky5

La operación, cuyas características se habían mantenido hasta ese instante en secreto, se reveló pronto en su verdadera dimensión porque el mismo 10 de mayo, hubo una quema de libros en numerosas ciudades alemanas.  La lista de quemas incluyó varias ciudades y fue casi simultánea para causar pánico: Bonn, Braunschweig, Bremen, Breslau, Dortmund, Dresden, Frankfurt/Main, Göttingen, Greifswald, Hannover, Hannoversch-Münden, Kiel, Königsberg, Marburg, München, Münster, Nürenberg, Rostock y Worms.  Finalmente hay que mencionar Würzburg, en cuya Residenzplatz se incineraron cientos de escritos.

Y, como si se tratara de una avalancha, Goebbels insistió en continuar con estas quemas de libros prohibidos.  No hubo un rincón en el que los estudiantes y los miembros de las juventudes hitlerianas no destruyeran obras.  El 12 de mayo, fueron eliminados libros en Erlangen Schloßplatz, en la Universitätsplatz de Halle-Wittenberg.  Al parecer, el 15 de mayo, algunos miembros apilaron textos en Kaiser-Friedrich-Ufer, en Hamburgo, y a las once de la noche, después de un discurso ante una escasa multitud, los quemaron.  La apatía preocupó a los integrantes de los incipientes servicios de inteligencia del partido y se decidió repetir el acto.  El 17, la Universitätsplatz, de Heidelberg se conmovió cuando hasta los niños participaron en las quemas de libros.  El 17 de junio, la Jubiläumsplatz, en Heidelberg, volvió a ser utilizada para las quemas.  Hubo otras destrucciones adicionales el 17 de mayo: en la Universidad de Colonia, en la ciudad de Karlsruhe.

El 19 de mayo, Hitler estaba totalmente emocionado.  Y Goebbels, seguro de los efectos de este éxito, pidió a los jóvenes que no se detuvieran.  El mismo 19, el horror se mantuvo en el Museo Fridericanum, en Kassel, y en la Meßplatz, de Mannheim.  El 21 de junio, tres regiones quemaron libros.  Por una parte, estaba Darmstadt, en cuya Mercksplatz se llevaron a cabo los hechos; por otra, estaba Essen y la mítica ciudad de Weimar.  Varios años más tarde, específicamente el 30 de abril de 1938, la Residenzplatz, de la famosa Salzburgo, fue utilizada por estudiantes y militares para una destrucción masiva de ejemplares condenados.

El impacto que produjeron las quemas de mayo 1933 fue enorme.  Sigmund Freud, cuyos libros fueron seleccionados para ser destruidos, dijo irónicamente a un periodista que, a pesar de lo que pudiera comentarse, semejante hoguera era un avance en la historia humana:

En la Edad Media ellos me habrían quemado.  Ahora se contentan con quemar mis libros[…]

Lo que olvidó Freud en su broma es que hubiera sido quemado si hubiera permanecido en alemania.

Varios grupos intelectuales marcharon en Nueva York contra estas medidas6.  La revista Newsweek no vaciló en hablar de un “holocausto de libros”7 y la revista Time utilizó por primera vez el término de “bibliocausto”8.  Los japoneses, impresionados, condenaron los ataques contra los libros.  El repudio, en suma, fue total.

No obstante, según W. Jütte9, el rechazo no evitó que los libros de más de 5.500 autores fueran aniquilados.  Los principales textos de los más destacados representantes de inicios del siglo XX alemán recibieron vetos continuos y ardieron sin piedad.

Entre otros muchos, los autores que fueron censurados, vetados o eliminados, conforman una larga lista que puede muy bien reducirse como sigue.  No es completa, pero intenta una aproximación bastante exhaustiva:

Nathan Asch Schalom Asch (1880 – 1957) Henri Barbusse (1873 – 1935) Richard Beer-Hofmann (1866 – 1945) Georg Bernhard Günther Birkenfeld Bertolt Brecht (1898 – 1956) Hermann Broch (1886-1951) Max Brod (1884 – 1968) Martin Buber (1878-1965) Robert Carr Hermann Cohen (1842-1918) Otto Dix (1891-1969) Alfred Döblin (1878 – 1957) Kasimir Edschmid (1890 – 1966) Ilja Ehrenburg (1891 – 1967) Albert Ehrenstein (1886 – 1950) Albert Einstein (1879-1955) Lion Feuchtwanger (1884 – 1958) Georg Fink Friedrich W. Foerster (1869-1966) Bruno Frank (1887-1945) Sigmund Freud (1856 – 1939) Rudolf Geist Fjodor Gladkow Ernst Glaeser (1902 – 1963) Iwan Goll (1891 – 1950) Oskar Maria Graf (1894-1967) George Grosz (1893-1959) Karl Grünberg Jaroslav Hasek (1883 – 1923) Walter Hasenclever (1890 – 1940) Werner Hegemann Heinrich Heine (1797-1856) Ernst Hemingway (1899-1961) Georg Hermann (1871-1943) Arthur Holitscher (1869 – 1941) Albert Hotopp Heinrich Eduard Jacob Franz Kafka (1883-1924) Georg Kaiser (1878-1945) Josef Kallinikow Gina Kaus (1894-?)  Rudolf Kayser (1889-1964) Alfred Kerr (1867 – 1948) Egon Erwin Kisch (1885 – 1948) Kurt Kläber Alexandra Kollantay Karl Kraus (1874-1936) Michael A.  Kusmin (1875 – 1936) Peter Lampel (1894 – 1965) Else Lasker-Schuler (1869-1945) Vladimir Ilich Lenin (1870-1924) Wladimir Lidin Sinclair Lewis (1885-1951) Mechtilde Lichnowsky (1879-1958) Heinz Liepmann Jack London (1876 – 1916) Emil Ludwig Heinrich Mann (1871 – 1950) Klaus Mann (1906 – 1949) Thomas Mann (1875-1955) Karl Marx (1818 – 1883) Erich Mendelsohn (1887-1953) Robert Musil (1880-1942) Robert Neumann (1897 – 1975) Alfred Neumann (1895-1952) Iwan Olbracht (1882 – 1952) Carl von Ossietzky (1889 – 1938) Ernst Ottwald Leo Perutz (1882-1957) Kurt Pinthus (1886 – 1975) Alfred Polgar (1873-1955) Plivier (1892 – 1955) Marcel Proust (1871-1922) Hans Reimann (1889-1969) Erich Maria Remarque (1898 – 1970) Ludwig Renn (1889 – 1979) Joachim Ringelnatz (1883-1934) Iwan A.  Rodionow Joseph Roth (1894-1939) Ludwig Rubiner (1881 – 1920) Rahel Sanzara Alfred Schirokauer Schlump Arthur Schnitzler (1862 – 1931) Karl Schroeder Anna Seghers (1900 – 1983) Upton Sinclair (1878 – 1968) Hans Sochaczewer Michael Sostschenko Fjodor Ssologub Adrienne Thomas Ernst Toller (1893 – 1939) Bernard Traven (1890-?)  Kurt Tucholsky (1890 – 1935) Werner Türk Fritz von Unruh (1885-1970) Karel Vanek Jakob Wassermann (1873 – 1934) Arnim T.  Wegner (1886 – 1978)

H. G.  Wells (1866-1946) Franz Werfel (1890 – 1945) Ernst Emil Wiechert (1887-1950) Theodor Wolff (1868 – 1943) Karl Wolfskehl (1869-1948) Émile Zola (1840-1902) Stefan Zweig (1881 – 1942) Arnold Zweig (1887 – 1968)

Fuentes: Encyclopaedia Britannica; Enciclopedia Espasa-Calpe; Dr. Birgitt Ebbert.

Hitler no olvidó nunca a Goebbels y le perdonó todo, hasta sus reiterados deslices con prostitutas.  El día de su suicidio, en 1945, lo nombró Canciller del Reich.  Y Goebbels, aceptó este honor, pero por unas horas.  Casi como si se tratara de una simetría perversa, el 1 de mayo, el mes de la gran quema de libros, acabó con todos sus hijos, mató a su esposa, y luego, no sin esbozar una sonrisa de triunfo y alzar la mano celebrando al Führer, se dio muerte.10

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Las primeras destrucciones de libros en China

 

Tschao Tscheng, en el año 246 a.C., a la edad de 13 años, se convirtió en el líder de una región llamada Ts´in, uno de los tantos feudos en los que estaba dividida la China Antigua. Durante varios siglos, Ts´in fue un centro militar y cultural, donde predominaba un prurito por la conquista de todos los demás territorios. La llegada del muchacho, entusiasmó a los enemigos, pero es obvio que fue subestimado. Narigudo, de ojos grandes, voz recia y hábitos de guerra temibles, hijo de la concubina de un comerciante adinerado, Tscheng no pudo ejercer el mando hasta el año 238 a.C, pero apenas supo que era efectivamente rey, mató al amante de su madre y mandó al exilio al tutor regente. De inmediato, comenzó una campaña contra el resto de los feudos que dominaban entonces y, uno por uno, los sometió. Intentaron asesinarlo, pero como siempre sucede en estos casos, sólo lograron aumentar su coraje. Ya para el 215 a.C., era dueño de un verdadero Imperio, y en un arranque de emoción ordenó colocar una inscripción donde decía: Ha reunido todo el mundo por primera vez.

No vaciló en matar, sobornar y destruir a todos sus opositores, y eso tuvo su efecto: se convirtió en un monarca rico. Además de rico, ansioso, y ególatra y jamás benevolente. Un día convocó a sus ministros y tomó la decisión de adoptar un título universal que declarara su majestad. Se proclamó entonces huang-ti (Augusto Soberano), y, seguro de su inmortalidad, anticipó a este nombre el de Shi (Primero) y así fue nada menos que Schi Huang-ti. Siguiendo una tradición, consideró oportuno que su dinastía se basara en tres principios: en el número 6, en el agua, y en el color negro.1

Su reinado fue preciso y uniforme. Asesorado por su leal ministro Li Sse, uno de los discípulos más inteligentes de Sün Tse, partidario de las tesis de la Escuela de los Legistas2, impuso la doctrina de la ley y acabó con la bondad como criterio de juicio. Las medidas, las pesas, el tamaño de los caminos, las vestimentas, las conversaciones, las opiniones, los modos de lucha, e incluso el idioma, fueron unificados. El ejército fue centralizado, y numerosas actividades económicas fueron sometidas a controles que implicaban, casi siempre, la conversión de los comerciantes en agricultores. Creó 36 distritos con administradores celosamente vigilados. Misterioso, Schi Huang-Ti nunca se dejaba ver por nadie, y era imposible saber si se encontraba en uno u otro de sus 260 palacios. En el fondo, no sólo quería impresionar sino restar posibilidades a sus enemigos naturales, que los tenía, y no en poca medida. Viajaba, sin avisar, a lugares remotos, en busca del elíxir de la inmortalidad. Con fines militares, y con esta misma visión unitaria, hizo en el 214 a.C. que el General Men T´ieng, junto con 300.000 soldados, enlazara las antiguas murallas que estaban en la frontera, para así consolidar una sola Gran Muralla, que vino a llamarse Wa-li Ch´ang-Ch´eng. En la construcción de ese bastión militar, murieron miles de miles de hombres, aunque no resultó terminada, pues fue reparada en el siglo IV d.C. y complementada en los siglos XV y XVI. También ordenó construir una Tumba monumental, muy cerca de Hienyang, en la que trabajaron 700.000 hombres durante 36 años.

El año 213 a.C., fecha en la cual un grupo de hombres intentaba reunir todos los libros existentes en la ciudad de Alejandría, en Egipto, Schi Huang-Ti, ordenó quemar todos los libros cuya temática no fuese la agricultura, la medicina o la profecía, es decir, casi todos los libros del mundo. Entusiasmado por sus acciones, creó una biblioteca imperial dedicada a vindicar los escritos de los Legalistas, defensores de su régimen, y ordenó confiscar el resto de los textos chinos. De hogar en hogar, los funcionarios tomaron entonces los libros y los llevaron a una pira, donde los hicieron arder para sorpresa y alegría de quienes no los habían leído. El peor delito era ocultar un libro y la pena consistía en ser enviado a trabajar en la construcción de la Gran Muralla. Ssema Ts’ien (h. 145-85 a.C), el gran cronista de China, reseña el acontecimiento:

[…] Las historias oficiales, con excepción de las Memorias de Ts’in, deben ser todas quemadas. excepto las personas que ostentan el cargo de letrados en el vasto saber, aquellos que en el imperio osen esconder el Schi King y el Schu King o los discursos de las Cien Escuelas deberán ir a las autoridades locales, civiles y militares para que aquéllos los quemen. Aquéllos que osen dialogar entre sí acerca del Schi King y del Schu King serán aniquilados y sus cadáveres expuestos en la plaza pública. Los que se sirvan de la Antigüedad para denigrar los tiempos presentes serán ejecutados junto con sus parientes […] Treinta días después de que el edicto sea promulgado aquéllos que no hayan quemado sus libros serán marcados y enviados a trabajos forzados […]3

Centenares de letrados, reacios a aceptar la medida, murieron a manos de los verdugos y sus familias sufrieron humillaciones inefables. Se sabe que esta medida, además, acabó con cientos de escritos que estaban almacenados en huesos, en conchas de tortuga y tablillas de madera.

Shi Huang-ti, que se consideraba inmortal, veneraba el Tao-Te-king de Lao-Tse y la doctrina del taoísmo; odiaba, en cambio, los escritos de K’ong fu-tse o Confucio y, por supuesto, los hizo quemar. Algunos años más tarde, cuando los sirvientes limpiaban la Biblioteca Central, se descubrió una copia oculta de los escritos de Confucio. No es imposible que un bibliotecario se burlara de este modo de toda la autoridad constituida. El año 206 a.C., sin embargo, ocurrió un hecho ajeno a los planes del Emperador: la guerra civil no respetó la condición venerable de la biblioteca y fue arrasada. Sólo en el año 191 a.C., durante la dinastía Han, pudo restituirse la memoria de China, pues numerosos eruditos habían conservado obras enteras de memoria y, salvo por algunos deslices que aturden aún a los sinólogos norteamericanos, pudieron componer nuevamente la literatura de su tiempo.
Notas:

[1] Derk Bodde, China´First Unifier, 1938.

[2] La Escuela legalista, precursora de algunos de los puntos de vista de Maquiavelo, estuvo representada por Shen-Tao, Shen Pu-hai y Shang Yang. Las tesis de estos tres entusiastas del absolutismo fueron sintetizadas por Han Fei-tse. Cfr. W.K. Liao (The complete Works of Han Fei Tsu, a Classic of Chinese Legalism, 1939)

[3] Historia de la China Antigua (1974, p. 298) de A.
© Fernando Báez 2002
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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PEDRO PÁRAMO (Juan Rulfo)

Juan Preciado promete a su madre en el lecho de muerte ir a Comala a reclamar a su padre, Pedro Páramo, "lo que es suyo". Dolores Preciado, su madre, le da una visión idílica del pueblo mexicano que lo ilusiona. Camino a Comala se encuentra con Abundio, un personaje que resulta ser crucial para la obra, aunque al lector no le parezca así. Éste le dice que también es hijo de Pedro Páramo, pero que el cacique ya ha muerto, lo cual desconcierta al protagonista. Así pues, al llegar a Comala se encuentra con un pueblo desolado, abandonado, semejante a un infierno y cuya atmósfera está llena de muerte. Es preciso para ello saber que la novela pertenece al realismo mágico, tendencia literaria latinoamericana que presenta lo paranormal (como en este caso las apariciones de almas en pena) como algo cotidiano y la cual tiende a abandonar por lo tanto los criterios racionales. Así por ejemplo, Juan Preciado se va encontrando con diversos personajes que en realidad son almas en pena, como lentamente comprenderá. Pero hay muchos más elementos que cargan de "muerte" el ambiente. Así pues, se oyen los murmullos de los muertos, hay muchos escenarios en penumbra o aparecen símbolos como los de un caballo despavorido.

Finalmente, cuando Juan Preciado se percata de lo que está ocurriendo se muere desesperado. Es entonces cuando el lector se percata de que todo lo narrado hasta el momento formaba parte de una conversación desde la tumba con otra alma en pena, Dorotea, que se encargaba de llevar mujeres a Miguel Páramo (hijo de Pedro Páramo).

Pero lo peculiar de esta historia es la mezcla de historias, pues paralelamente a esto nos es narrada la historia de Pedro Páramo en lo que se llama Plano B (siendo Plano A la historia de su hijo). Reside en ello la mayor dificultad de la novela, pues los fragmentos del segundo plano están en un completo desorden cronológico (por ello Juan Rulfo dijo que el lector era coautor de la obra, al deber reconstruir la historia).

Es ahí donde conocemos lo ocurrido durante toda su vida y las consecuencia que tuvo para Comala. Toda su vida fue Pedro Páramo un cacique rodeado de muerte. Por ejemplo nos es descrito el episodio del asesinato de su padre cuando estaba en una boda. Ante la imposibilidad de saber quién fue el asesino, Pedro Páramo (nótese la simbología del nombre: Pedro=petrus=piedra, connota dureza y brutalidad; Páramo=páramo=tierra infertil, connota su carácter ágrio), decide ir matando a todos los asistentes para asegurarse de que el asesino pague. Lo mismo hace para expandir su poder y dominar íntegramente el pueblo, causando no pocas muertes y sufrimiento que llevan al deterioro del mismo (así pues, el trabajo de Pedro Páramo es el que ha provocado la degradación material del pueblo y que supone el paso intermedio entre la Comala idílica de Dolores Preciado y la que se encuentra su hijo).

Sin embargo y a pesar de todo su poder, siempre se le ha escapado el amor de Susana San Juan, que de hecho acaba enloqueciendo y huyendo con su padre ante el acoso del cacique. Éste manda buscarla por toda la zona y es encontrada tras treinta años. Su brutalidad le lleva a ordenar el asesinato del padre para que ella dependa definitivamente de él. Pero poco después ella muere y con ella todas las ilusiones de él, que acaba deprimido el resto de sus días.

La conducta brutal ha sembrado el odio entre los habitantes de Comala, y Abundio, uno de los muchos hijos rechazados y no reconocidos por él, acaba matándole. Es él quien aparece al principio y al final de la novela, motivo por el cual esta tiene estructura circular (característica del realismo mágico).

En la obra hay otros personajes que la complementan. Cabe destacar en este sentido al Padre Rentería (Connotación: Rentería: Renta:Dinero que se paga). A pesar de sus remordimientos, se vende al poder fallando en su labor social. Mientras que no absuelve a las almas de los pobres (motivo por el cual y según la creencia azteca mezclada con la cristiana) estas permanecen en la tierra sin encontrar la paz, permite todo tipo de actos a Pedro Páramo y su hijo Miguel, (que también muere, y al que concede perdón a pesar de saber que violaba a jóvenes del pueblo, sin importarle su corta edad), como asesinatos, violaciones o extorsiones. Críticos señalan que contribuyó a la degradación moral del pueblo al fracasar a la hora de dar ánimos y ganas de seguir adelante a sus habitantes.

 Importancia Literaria y Cultural

"Pedro Páramo" es considerada una obra sumamente importante dentro de la literatura mexicana puesto que maneja un lenguaje en realidad abstracto y coloquial, pero el mensaje que nos transmite es sumamente profundo; si una persona con pocos conocimientos en literatura comienza a leer el libro, lo desechará porque le parecerá un texto áspero, brusco y prácticamente sin sentido, hay que estar muy conscientes de que la obra en sí es un retrato de la sociedad mexicana, a pesar de que contenga hechos que no son posibles en nuestra realidad, y esa es la principal característica del realismo mágico: a pesar de presentar hechos fantásticos logra darnos un retrato bastante fiel de su mensaje, es decir, que a pesar de que en esta novela Rulfo se vale de voces de muertos, o de espíritus en lugar de personajes vivos, el retrato que nos hace de la sociedad mexicana es bastante más exacto que el que nos muestran obras más "razonables", como puede serlo "El Zarco" de Ignacio Manuel Altamirano. La sociedad de Rulfo es una sociedad muerta, una sociedad que no puede vivir con sus muertos, que vive cobijada por una religión corrupta que no busca más que sacar provecho de cualquiera que se le atraviese, una sociedad solitaria y decadente. "Pedro Páramo" es considerado por muchos, el retrato más exacto del pueblo mexicano. AL final se trata de una cuidad de muertos que buscan el descanso eterno

 Críticas

Aunque se ha repetido incansablemente que la novela de Rulfo sufrió la incomprensión de los críticos, pocas semanas después de su publicación tuvo una reseña anónima muy favorable en el diario El Universal (17 de abril de 1955), de la ciudad de México, en la que se afirmaba que la novela era en realidad un relato. Otro de los rumores usuales es el que afirma que no fue sino hasta 1958, a partir de la traducción al alemán (de Mariana Frenk-Westheim), y tras la buena acogida en ese país cuando en México empezaron a interesarse por la novela. Pero, en realidad, Pedro Páramo obtuvo una respuesta crítica muy amplia y diversa durante todo 1955, incluida una reseña de Carlos Fuentes que apareció en la revista L\’Esprit des Lettres, de Rhone, Francia (noviembre-diciembre de 1955).

El siguiente es un fragmento de la reseña anónima de El Universal.

Pedro Páramo es la primera novela de Juan Rulfo. Como novela, al menos, ha sido clasificado, aunque en realidad es un largo relato, un largo y armonioso relato. Rulfo, sin dejar de ser el mismo de los cuentos, de los relatos breves de El Llano en llamas, es ahora otro en Pedro Páramo. El asunto de la obra, mexicano desde muy adentro, desde lo más profundo del ser se acendra en el dominio del idioma. Esto caracterizó desde un principio a Juan Rulfo. Sabe dar el acento de mexicanidad sin acudir al corriente recurso de las deformaciones fonéticas y ortográficas que la gente humilde de México emplea. No es tampoco una sintaxis especial, no es nada que tenga que ver con la gramática. Lo que hay en Rulfo es un poderoso aliento poético: sabe arrancar a sus personajes, siempre muy mexicanos, escondidos matices y escondidos acentos. Los ve desde muy adentro y, por verlos así, encuentra en ellos notas de emoción y belleza. En Rulfo lo de menos es el asunto, lo importante es cómo se trata ese asunto, cómo se va hundiendo en él lentamente, cómo va asiendo los elementos de que se sirve y exponiéndolos de dentro afuera, rodeándolos a menudo de un vaho de misterio y magia. Ahí la emoción se acendra por la virtud del procedimiento y ya la urdimbre, la trama, pasa a segundo término. En Pedro Páramo nunca deja de estar presente el drama; pero el drama no es presentado escueta, simplemente, sino exaltado, trasladado a una dimensión de belleza y de fuerza que hiere o acaricia incesantemente a la sensibilidad del lector. ¿En qué consiste esto? Los recursos de que se vale Juan Rulfo no están a la vista; pero el efecto que se consigue es el que ha sido señalado. Tal vez alguien prefiera las proyecciones de crítica social que tiene Pedro Páramo; pero detenerse en ellas sería apartarse del juicio literario. Hay que abandonarlas, por eso, a pesar de su importancia y su sagacidad. Y hay que señalar la belleza, la originalidad, la eficacia literaria de este Pedro Páramo.

Fuente: Anónimo, "Los libros recientes", El Universal, 17 de abril de 1955, Primera Sección, p. 26. Se trata de una reseña de varios títulos. El resto de las obras comentadas eran: La sombra del Techincuagüe, de Ramón Rubín, Mazamitla, de Ricardo Garibay, El pueblo de Olivera Unda, y Semblanzas mexicanas (artistas y escritores del México actual), de Alfredo Cardona Peña.

A menudo se otorga un valor de verdad demasiado estricto a las declaraciones hechas por Rulfo sin tener en cuenta las circunstancias en que se produjeron. Muchas de las entrevistas con el escritor son monótonas, llenas de lugares comunes y repetitivas. El siguiente fragmento procede de una colaboración de Rulfo para la agencia EFE:

"No tengo nada que reprocharles a mis críticos. Era difícil aceptar una novela que se presentaba con apariencia realista, como la historia de un cacique, y en verdad es el relato de un pueblo: una aldea muerta en donde todos están muertos, incluso el narrador, y sus calles y campos son recorridos únicamente por las ánimas y los ecos capaces de fluir sin límites en el tiempo y en el espacio."

Fuente: Juan Rulfo, "Cumple 30 años Pedro Páramo", Excélsior, 16 de marzo de 1985, p. 14A.

Esta toma de distancia de Rulfo ante la respuesta crítica dispensada a su novela muestra también una de las características más subestimadas de Pedro Páramo: la forma en que se construye el personaje del cacique, que no tiene voz propia y cuya configuración depende de la voz narrativa o de los testimonios de aquellos que lo rodearon. Hay un gesto irónico en el hecho de que el cacique, el responsable de la destrucción de Comala, el detentador del poder local, dependa de instancias como el narrador o los otros personajes para aparecer ante el lector.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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Itamar Even-Zohar TEORÍA DEL POLISISTEMA

Este texto puede encontrarse en http://www.tau.ac.il/~itamarez/works/papers/trabajos/ps-th_s.htm

Se reproduce aquí para hacerlo más accesible a los lectores españoles y por su tremendo interés.

No dejéis de visitar la web del autor para conocer otros trabajos suyos. Vale la pena.

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REFERENCIA Y AUTOR: «Itamar Even-Zohar TEORÍA DEL POLISISTEMA»

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