Las ilusiones perdidas (Honore de Balzac)

  

Las ilusiones perdidas

Esta obra, verdadera cumbre de la Comedia Humana, fue publicada originalmente en tres tomos, aparecidos entre 1837 y 1843, bajos los títulos de «los dos poetas», «un gran hombre de provincias en París» y «los sufrimientos del inventor» .

En cada una de las tres partes, unidas por unos personajes comunes y una trama que continúa, pero separadas claramente por el ambiente y la intención de la historia, se narra un tipo distinto de corrupción, siempre con la afilada pluma de Balzac que sabía, como nadie, penetrar en los entresijos sociales de su época, y no sólo de la suya, diseccionado las motivaciones humanas.
La obra empieza con la descripción de Sechard padre, dueño de una imprenta a pesar de ser analfabeto, y de cómo mandó a su hijo a Paris con la intención de prepararlo para ser un gran impresor. La idea el padre, no obstante, no es dar un gran futuro a su hijo sino poder venderle más cara la imprenta, pues lo que quiere es tener un cliente para el traspaso que le permita a él retiurarse enriquecido al campo mientras es otro, su hijo en este caso, quien lidia con los sinsabores de una industria medio arruinada pro la que le obligará a pagar mucho más de lo que vale.
Este primer encuentro de Sechard hijo con la realidad le demuestra que no sçólo le ha sido sustraída la herencia de su madre, sino que ha acabado pagando a su padre por la imprenta más que a otro particular cualquiera.
Lleno de deudas, David comienza su actividad mercantil y Balzac nos deja bien claro que tampoco él es inocente de su destino, pues resulta ser un completo inútil como empresario, y por descuido y falta de ambición empuja lentamente al naufragio al ya deteriorado negocio que recibió. Es entonces cuando la competencia, temerosa de qur una ruina definitiva le obligue a traspasar la imprenta a mejores comerciantes que puedan hacer más daño y resultar más peligrosos, le va dando pequeños trabajos, lo bastante numerosos para que pueda malvivir, pero no tanto como para que pueda prosperar. Así, son sus competidores los que lo mantienen en pie, pero débil, y de esta estratagema habla cumplidamente Balzac en este y otros apartados del libro: la caridad como forma de evitar la competencia de otros más preparados y peligrosos, manteniendo en el hueco al indefenso que no podrá resistirse eficazmente.
David, en su pequeña ciudad de provincias, recupera la amistad con un viejo camarada, Lucien, poeta como él, y le promete toda su ayuda para ayudarlo en su irrefrenable deseo de lograr notoriedad. Lucien tiene indudablemente un gran talento, y con ayuda de su amigo, que se endeuda hasta el extremo para ayudarle consigue entrar en los círculos de la alta sociedad, más interesada en lucir cultura que en verdadera cultura alguna. Empieza aquí un enconado periplo del poeta por los salones de la que era considerada mayor notoriedad en la ciudad, una dama que quisiera convertir all poeta en amante suyo y que se arrima la poesía como pretexto hasta el desenlace que, por supuesto, no contaremos.
La descripción de la dama y sus motivaciones es realmente magistral, pasando de lo social a lo personal hasta confundir ambos extremos en una sola necesidad de notoriedad unida a la frustración erótica de un marido que ni la complace ni la estorba.
Por vicisitudes de la trama, Luicen consigue irse a París y allí emprende lo que debería ser su carrera literaria de relumbrón. Pero París es a la vez un gran sumidero y un gran pedestal, y las dificultades acorralan al joven poeta que no logra el menor eco para su obra hasta que entra en contacto con los escritores de la prensa. Allí aprende todos los trucos del soborno, la pluma mercenaria, la crítica literaria vendida al dinero, la critica teatral subsidiaria de las actrices, que pagan con favores carnales las buenas crónicas, o de los empresarios, que pagan con entradas válidas para la reventa los aplausos previamente concertados de un público falso.
En ese ambiente le surgen algunas oportunidades a Lucien, que las aprovecha, pero renunciando a sus esperanzas, su escala de valores y cualquier resto de ética y llegando a traicionar a sus amigos. Entra luego en pequeñas extorsiones y se ve burlado por comerciantes, editores y libreros,m en un camino de perpetuo descenso entre intereses políticos que pagan a los periódicos e intereses comerciales que dictan el contenido de lo que se escribe.
Por último, tras traicionar a su amigo David y a su propia familia, Lucien regresa derrotado a su ciudad onde se organiza una gran trama para despojar a David de un invento que ha desarrollado para abaratar la fabricación del papel. Entra aquí el autor en las triquiñuelas legales para despojar la ciudadano común de todo lo que tenga mediante procesos judiciales, y en una apurada y compleja trama nos explica en la tercera parte, los sufrimientos del inventor y la voracidad del sistema judicial. Tampoco contaremos el desenlace, pero baste decir que Balzac no ahorra descripciones precisas y detalladas de las peores pasiones humanas y de cómo se destruye cualquier rasgo de buena fe en el mundo comercial.
La obra, en suma, es un recorrido por la corrupción de la critica, la prensa, la literatura y el mundo de los negocios, pero con mayor incidencia en el mundo cultural que tan bien conocía el autor. Los paisajes, más psicológicos que descriptivos, muestran una especie de infierno humano de doblez, donde el éxito se obtiene a través de las relaciones sociales, la casualidad y elementos tan peregrinos como las pretensiones eróticas de quien pueda ofrecerte los contactos oportunos.
Balzac no hace concesiones ni a unos ni a otros: los que burlan a los demás son en su pluma unos canallas y los birlados unos completos imbéciles que tampoco hacen nada por ayudarse a sí mismos y sucumben una y otra vez a los mismos vicios y las mismas debilidades, consumando sólo a medias la traición a sí mismos, de modo que ni se mantienen a salvo ni obtienen rendimiento de su abdicación.
Seguramente algunos podrían considerar esta obra como parte del género de terror pero, cotejando las afirmaciones de Balzac con la realidad, hay que incluirla en el más puro realismo.
Póngase a cubierto elq ue a este libro se acerque. Tiene algo de puerta de Dante.

  

 

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El último coyote (Michael Connelly)

Durante una suspensión temporal por golpear a un superior, Harry Bosch comienza a investigar el asesinato de Marjorie Lowe, su madre, treinta y tres años atrás.

Por fin se ha publicado en castellano la que es la cuarta aventura protagonizada por Harry Bosch.

El policía se encuentra en un mal momento de su vida. Con su casa semi destruida tras un terremoto, suspendido de empleo en busca de una valoración psiquiátrica y con problemas de bebida, decide enfrentarse a lo que le atormenta.

Durante sus encuentros con la Dra. Carmen Hinojos van brotando traumas y motivaciones, poco sutiles, que relacionan el golpear a un superior con el asesinato de su madre.

Bosch mantiene que interesan todos los casos o ninguno, que resolver la muerte de una prostituta es igual de importante que la de cualquiera y se ve a sí mismo como el último coyote del título, un ser en vías de extinción.

Durante una investigación que le lleva inevitablemente al pasado, Bosch se relaciona con todo tipo de personas, desde McKittrick, uno de los policías que investigó el caso de su madre, que tiene mucho en común con él, una muestra del poli retirado que aún recuerda un caso no resuelto, “El Caso”.

También con Jasmine (Jazz) una mujer que le ayuda a cicatrizar las heridas emocionales, con un pasado atormentado, una persona fuerte, una superviviente, alguien muy parecida a él.

Otros personajes son Meredith Roman, amiga y compañera de trabajo de la fallecida, varios políticos que pudieran estar implicados en el asesinato etc.

Como es habitual en sus novelas, Connelly muestra una serie de personajes atormentados, que luchan por sobrevivir en un mundo implacable sin renunciar a sus valores.

La novela se sigue con interés, aunque hay momentos en que la larga relación de nombres que no se asocian a un personaje concreto puede ser confusa, es de lectura ligera y fácil, apostando por la nostalgia y un protagonista inspirado en los detectives clásicos de los cuarenta y cincuenta e intenta, como de costumbre, dar una sorpresa final en cuanto a la identidad del criminal.

En este sentido, para quien ha leído muchas novelas del género, ya hay poco que sorprenda, como apenas lo hace saber quién mató a Marjorie ni la resolución que se le da al personaje para permitir que Bosch no deba tomar una decisión.

Aunque no está a la altura de las mejores novelas de Bosch (para mí las dos primeras) tampoco es de las peores, y sirve para completar las aventuras protagonizadas por el personaje.

Las novelas de Harry Bosch:

– El Eco negro, 1992 (Premio Edgar)
– Hielo negro, 1993
– La rubia de hormigón, 1994
– El último coyote, 1995
– Pasaje al Paraíso, 1997
– El vuelo del Angel, 1999
– Más oscuro que la noche, 2001
– Ciudad de Huesos, 2002
– Luz perdida, 2005

http://reginairae.blogcindario.com/2006/03/00265-el-ultimo-coyote-de-michael-connelly.html

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La nave de un millón de años (Poul Anderson)

Poul Anderson

La obra que nos ocupa constituye una novela de ciencia ficción poco convencional. En la inmensa mayoría de los casos, la ciencia ficción, por pura lógica, se ubica en el futuro. Sin embargo, “La nave de un millón de años” no sólo no se circunscribe al futuro, sino que en su mayor parte consiste en un largo recorrido por la historia de la humanidad, siguiendo las visicitudes de un reducido grupo de personajes. Dichos personajes, además, generalmente se mantienen ajenos al devenir histórico, es más, procuran ocultarse. No en vano, la peculiaridad que une a estos personajes, y que da sentido al conjunto de la obra, es su inmortalidad. A diferencia del ser humano normal, el cual, con la posible excepción de David Beckham, acaba indefectiblemente muriendo tras un período de tiempo relativamente corto, estos personajes, producto de una extraña anomalía cuyos orígenes no se explican nunca claramente en la novela (pero parecen obedecer a una insospechada evolución de la especie, en plan “X-Men”), nunca mueren por enfermedades, ni tampoco envejecen, y cuentan, además, con una capacidad de recuperación sorprendente ante las heridas, así que sólo las condiciones más extremas (el hambre, la sed, la falta de oxígeno, una ensalada de tiros, un avión lleno de moros piraos, etc.) pueden acabar con ellos.

La idea es buena, y además, bien llevada. Puede que algunos de Ustedes recuerden, entre horribles pesadillas, una de las películas / sagas más infames con que nos martirizó el cine de los 80: “Los inmortales”. Ya saben: diálogos, totalmente gratuitos, de tipos duros; absoluta ausencia de rigor histórico; efectos especiales ridículos; vestuario inverosímil con una abundancia de cuero mayor que en “La Ostra Azul”; años 80, vaya. Pero, por fortuna, “La nave de un millón de años” no cae en esos errores. El rigor histórico, hasta donde puedo enjuiciarlo, es bastante aceptable. Tan sólo he detectado un error de importancia referente a la fecha de destrucción de la biblioteca de Alejandría, que es íntegramente imputada a los árabes, cuando es bien sabido que siglos antes ya los cristianos se habían hecho cargo de la mayor parte del trabajo. Naturalmente, es obvio que los estrechos límites de mis conocimientos no me permiten enjuiciar gran número de datos que puedan resultar inexactos, pero esto puede compensarse fácilmente con el infinito volumen de mi pedantería, recordando, si es preciso agrandarlo aún más, la mítica frase del Comendador de los Creyentes respecto de lo innecesario de preservar los exiguos fondos de la Biblioteca: “si está en el Corán es superfluo, y si no lo está es pecaminoso”, así que quemadlo todo, vaya.

A lo que íbamos: la novela está bastante bien resuelta, aunque uno se queda con ganas de más al tratarse de un arco temporal tan ambicioso (desde la época de la diáspora griega, hacia los siglos VIII-VI a.c., hasta un futuro indeterminado), que nos es relatado, además, de un modo fragmentario por diversos personajes que abarcan espacios geográficos muy variados (por desgracia, los inmortales no se limitan a aparecer en la cuenca mediterránea, como debería ser). Por otra parte, resulta por momentos irritante la absoluta falta de relevancia que se confiere a España y lo español (posiblemente porque en España la presencia de inmortales nunca habría sido motivo de sorpresa para sus conciudadanos: recuerden a Manolete y a Fernando Hierro), combinada por el vuelco que da el ritmo de los acontecimientos tan pronto como América es descubierta por los europeos, e incluso antes (uno de los inmortales es un ridículo chamán indio): a partir más o menos del XVIII casi toda la narración se desarrolla en la Tierra de la Libertad, primando a inmortales absurdos (el citado chamán o una ex esclava negra) sobre otros mucho más interesantes (en particular, un inmortal romano que ha sobrevivido sin problemas más de 2.000 años limitándose a formar parte de las sucesivas Administraciones romana, bizantina y otomana en calidad de chupatintas, pero que sólo aparece al final de la novela).

En realidad, el principal problema de esta novela estriba en que surge de la conjunción de dos novelas complementarias: la primera relata la historia de los inmortales desde “los albores de la Humanidad” (la invención de la tauromaquia) hasta la actualidad; la segunda, mucho más breve, nos ubica en un futuro más o menos remoto surgido precisamente a partir del momento en que los inmortales revelan su naturaleza, lo cual permite en pocos decenios extender los beneficios de la inmortalidad a todo el mundo. El efecto de dicho maná, lejos de resultar beneficioso, provoca que los inmortales de nuevo cuño caigan en la molicie y el hedonismo de una civilización perfectamente dirigida por supercomputadoras y totalmente volcada al placer, lo cual, a su vez, convierte a los inmortales “de toda la vida”, los protagonistas de la primera novela, en la carne de cañón ideal, en tanto individuos desubicados en este mundo, para acometer la exploración espacial a velocidades que respetan el límite de la velocidad de la luz (total, dado que son inmortales, qué más les da pegarse veinte años en una nave espacial). La idea es original pero, nuevamente, está resuelta de manera un tanto precipitada (da la sensación de que el autor está hasta los huevos de sus personajes y busca deshacerse de ellos metiéndolos en otro planeta cuanto antes), con la aparición de otras formas de vida inteligente incluida. Pero contando con estas carencias, sigue siendo una novela recomendable (si bien a lo largo de casi todo el relato la carga de ficción es mucho mayor que la de “ciencia” propiamente dicha, que sólo aparece al final), sobre todo dado su ridículo precio (5 €).

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1280 ALMAS (Jim Thomson)

El título se puede justificar de dos maneras: o lejanamente por la trama, o por el deseo del autor de  salir en losprimeros lugares de cualquier lista allafabética. Lo segundo, ciertamente, le funciona.

Esta es una de esas novelas de antihéroe, en las que el comisario, policía o investigador dan un poco de asco. O pena. o las dos cosas.

Nick Corey, sheriff de Potts County, es quien lleva todo el peso de la acción: un auténtico degenerado, algo salido, vago y comilón, mentiroso y cínico, aparentemente medio tarado, pero lo suficientemente listo sin embargo para manipular a las personas de su entorno, de tal forma que siempre lograr salir indemne de sus crímenes, los suyos y los provocados por situaciones planeadas por él. De este modo, con más intuición que inteligencia, logra solventar así con eficacia los pequeños problemas provocados por su peculiar manera de cumplir de su trabajo, por la inminencia de las elecciones locales o por “sus líos de cama”.

Al final casi deseas que le den por saco al sheriff en vez de a los delincuentes y puede que esa fuese la intencióin incial del escritor.

No sé…

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FELICES COMO ASESINOS (Gordon Burn)

A lo largo de los últimos años, el Reino Unido ha proporcionado al mundo dos tipos de noticias que han dado cuenta del progreso y avances de la sociedad británica. Por un lado, los escándalos de su monarquía. Incendios, exenciones fiscales, separaciones, adulterios, supuestas intrigas asesinas, en definitiva, días de ginebra y rosas. Y, por otra parte, la aparición de asesinos en serie que baten récords mundiales tanto en número de víctimas como en despistes elementales a la policía y la justicia. Con una Casa Real tan ejemplar, y con un sistema tan eficaz, luego se quejan de las travesurillas de los chiquillos futbolistas del Leicester. Qué quieren, si sólo imitan lo que ven.

Porque lo de los asesinos en serie británicos no es ninguna tontería. No contentos con haber aportado a la historia nombres de profesionales como Jack el Destripador (un auténtico pionero de la moderna historia criminal) la rivalidad y envidia británicas hacia Estados Unidos siempre ha sido notoria. Poco podían resistir en la Gran Bretaña el récord de Ted Bundy, el norteamericano que se cargó a unas cien mujeres en los años 70. Y así tenemos al Doctor Muerte, Harold Shipman, el médico que, a base de pinchazos de morfina, liquidó, según cálculos aproximados, a unos trescientos pacientes. Esto sí que es premier league, y lo demás son tonterías.

Pero antes de que el Doctor Muerte fuese inmortalizado por la prensa, otros simpáticos británicos, en este caso un afable y trabajador matrimonio que residía en Gloucester, marcaron la tendencia de la moda de los 90. Fred y Rose West asesinaron, a lo largo de más de veinte años, a una serie de mujeres a las que luego enterraban en su jardín y en el sótano de su casa. Cuando en 1994 los investigadores se dieron cuenta de que allí había más huesos enterrados que en Atapuerca, la prensa etiquetó el suceso como “la casa de los horrores”, nombre que pasaría a la posteridad.

La historia del descubrimiento es casi tan macabra como la de los sucesos mismos. Como consecuencia de una denuncia por abusos y malos tratos presentadas por una de las hijas de los West, la policía empieza a investigar la desaparición de Heather West, otra de las hijas de la pareja, producida siete años atrás. Más bien movidos por una corazonada, la policía consigue una orden judicial para proceder a excavar en el jardín familiar. Y encuentran el cadáver de Heather, pero con una particularidad: que tenía tres fémures. La búsqueda de nuevos cadáveres concluyó con el hallazgo de ocho esqueletos más, todos incompletos, puesto que les faltaban huesos de los pies y de las manos y las rótulas, unos trofeos que nunca fueron encontrados. Tras la detención del matrimonio, Fred se suicidaría al cabo de los meses en la cárcel.

La personalidad de Fred y Rose West es, como no podía ser de otro modo, enfermiza. A la vez que compleja. Se descubrió que en la casa que poseían había, aparte de huesos, un centenar de cintas de vídeo de porno casero, así como una colección completísima de instantáneas de genitales. Fred y Rose alquilaban habitaciones de su casa a cualquiera, y Fred le suministraba continuamente a Rose hombres negros para que mantuvieran relaciones sexuales con ella: según su marido, Rose necesitaba estar en contacto con hombres dotados, mientras él espiaba, fotografiaba y filmaba los encuentros. En estas prácticas sexuales incluían también a sus hijos, a los que iniciaban en la infancia con tocamientos y violaciones. Fred obligaba a sus hijas a mantener relaciones sexuales con él, e incluso llegaba a afirmar que el primer hijo que tuvieran debería ser fecundado por él mismo. Con el tiempo, obligaban a sus hijos a participar en orgías comunes con los visitantes de la casa.

Por lo demás, Fred era considerado un buen trabajador. Se dedicaba a realizar chapuzas y, dada su paciencia y dedicación, se le tenía como uno de los mejores de la zona. Estaba obsesionado con las herramientas, y su casa estaba siempre en obras: remodelaba constantemente su estructura con la inclusión de nuevas habitaciones, con reformas y con nuevos revestimientos en el sótano, lo que servía, además, para esconder mejor los cadáveres. Algo que, por otra parte, no parecía necesario: a pesar de algunas denuncias por violaciones y de su conducta extravagante (Rose se paseaba por el barrio sin ropa interior y se sentaba en los bares mostrando en todo momento, en plan Marta Chávarri, sus interioridades), los West actuaron libremente durante más de dos décadas. Un recuerdo tan vergonzoso que motivó el enterramiento de cualquier vestigio, tras la demolición de la casa: “Tras un largo periodo de consultas, se adoptó la decisión de convertir el lugar en una zona peatonal o atajo que conectara la calle con St Michael’s Square y el bullicioso centro de Gloucester. Se estudiaron y rechazaron otras alternativas: una placa conmemorativa en el solar, un jardín en recuerdo suyo. Nadie quería conservar semejantes recuerdos, un recordatorio permanente”, según cuenta Gordon Burn en “Felices como asesinos”, la recreación novelada de aquellos crímenes.

Leyendo la obra, el referente siempre presente es el de “A sangre fría”, porque Burn (un escritor y periodista británico nacido en 1948) sigue el camino emprendido por Capote, el de partir de un seguimiento escrupuloso de una serie de hechos para configurar una obra a medio camino entre el reportaje y la novela, lo que en su momento se dio en llamar “novela de no ficción”. No obstante, el tratamiento compositivo, e incluso moral, es distinto al de Capote. Si en “A sangre fría” Capote venía a ofrecer, aunque fuera de manera implícita, una posibilidad de solución al problema (la supresión de la pena de muerte, en una lectura que seguiría Richard Brooks en su adaptación al cine de la obra), Burn no puede ni siquiera imaginar una salida digna: lo único que se puede hacer es disimular y mirar hacia otro lado, como si nada hubiera ocurrido. Mientras la historia de Capote sigue un desarrollo lineal, Burn ha compuesto su material de una manera interrumpida y cortante, como si una historia sobre cuerpos desmembrados y mutilados no se pudiera contar de otra manera. La mente tortuosa de los West, así como la estructura laberíntica de la casa en la que vivían, se plasma en lo que ha sido, desde su publicación, uno de los aspectos más aplaudidos de la novela: su composición.

Por otro lado, si “A sangre fría” nos hablaba de un crimen cometido en una zona rural de Estados Unidos, “Felices como asesinos” centra su terror en el ambiente urbano en que se desarrolla la historia. Sólo en este ambiente, consecuencia de una industrialización acelerada y desmesurada, en un barrio obrero, en un clima despersonalizado, es como se consigue la ocultación de las más brutales aberraciones: “La libertad que confieren los disfraces. La libertad que las ciudades otorgan. En la ciudad lo prohibido –lo más temido y deseado- se hace posible. Y Fred y Rose, nacidos ambos en casas con vistas al campo abierto que se prolongaban hasta el horizonte –lugares luminosos proyectándose ante la luz-, se habían sentido atraídos por separado por las oscuras anfractuosidades de la vida urbana. Complacencia, perversión, anonimato y desorden en lugar de la vida previsible y el apacible cambio de las estaciones”. El terror de lo cotidiano, una fórmula que, tanto en la ficción como en la realidad, ha dado tan buenos resultados.

Porque no sólo se trata de que cualquiera pase desapercibido en una ciudad, sino que el disfraz de lo normal contribuye a esta ocultación: “A juzgar por los estándares de Cromwell Street en los años setenta, que albergaba el inventario completo de la anarquía urbana, se diría que la gente que vivía en el número 25 era una familia modelo. Un padre con un trabajo regular y entregado a la mejora de su hogar; una madre joven y trabajadora que, a pesar de todo, se las apañaba para resultar atractiva y presentable; un bebé y tres niñas pequeñas que eran educadas, tranquilas y se criaban bien. Ella le despedía con un beso a la puerta cuando salía a trabajar por la noche, y siempre tenía el desayuno esperándole en la mesa por la mañana. Y Fred no tardó en poner una placa en el exterior de la casa que era poco menos que un emblema de su estatus y una declaración de su respetabilidad”.

Ingredientes, lo cotidiano y lo normal, que no por recurrentes resultan menos eficaces cuando se emplean bien. Porque, con ser un buen material de partida y con estar el libro documentado hasta la última línea, es la escritura de Gordon Burn la que nos sumerge en una historia alucinante donde nada tiene explicación racional, y donde todo resulta confuso y atropellado, desde los crímenes a las apabullantes y desordenadas preguntas de los interrogatorios a los que finalmente resultan sometidos los culpables. Después de publicada la novela, la realidad sigue (con casos como el del Doctor Muerte) suministrando materiales a la ficción. En una época en que se confunden ambos ámbitos, en que una guerra es televisada como espectáculo, no es de extrañar que la literatura realice una reflexión al respecto. Es, además, recomendable.

Manuel de la Fuente en www.lapaginadefinitiva.com

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