DIARIO DE GOLONDRINA (Amelie Nothomb)

Es una novela que en principio parece atractiva, aunque con una mezcla de géneros que puede resulytar explosiva: lo romántico, lo policiaco y quizás el terror unidos en un libro.

Primero fue la pérdida de un gran amor. Después la anestesia, el bloqueo de las emociones para evitar el dolor. Y más tarde, el descubrimiento de que ya no había vuelta atrás: con el suicidio de los sentimientos, la muerte de los sentidos era total. Así empieza este libro intimista y descarnado en el que un hombre de identidad cambiante (antes se llama a sí mismo Urbano, después se vuelve Inocencio) descubre que la única manera de recuperar el placer es con experiencias radicalmente nuevas. El primer umbral hacia la recuperación del deseo será la música de Radiohead. El segundo, el asesinato. Contratado como asesino a sueldo, la vida vuelve a tener sentido. Nuestro héroe mata por encargo, y cada bala trae consigo un goce que Urbano consuma en su cama después de los asesinatos. Y cuando las víctimas que le son asignadas no son suficientes para calmar su ansia, la satisface en las calles, matando desconocidos elegidos al azar. Hasta que un día se enamora de la hija de un ministro… después de haberla liquidado, y transgrede el único tabú de los asesinos a sueldo: cruza las fronteras de la intimidad, con la lectura del diario de la muerta.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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EL AZAR DE LAS LECTURAS (Rafael Fauquié)

Leer es acercarnos a lo escrito por otros. Es percibir el mundo a través de los ojos y la palabra de otros. Los instantes vividos por cada escritor, se vuelcan sobre páginas abarrotadas con signos sujetos a la comprensión de la lectura. Los libros hablan y, al leerlos, también los escuchamos. Para que nuestras lecturas signifiquen y se integren a nuestra experiencia, tienen que comenzar por hacerse diálogo. Leer es dialogar: comunicación entre las razones del libro y las nuestras; encuentro de palabras y perspectivas: las del lector y las del escritor. Dialogar es, también, responder. Al leer respondo a eso que otro me dice. Mi diálogo con el libro es, sobre todo, mi respuesta a él. Hablar con los libros es hacer de ellos algo real; descubrir influencias que incorporamos al espacio de nuestras propias experiencias. Existen libros que añaden en nosotros imágenes, rostros, escenas y acciones que quizá nunca llegarán a abandonarnos del todo. Libros que nos guían, que nos señalan opciones a las que acogernos, inconscientemente, sin darnos cuenta, acaso, de que ellos están escribiendo una suerte de subrepticio guión para muchos de nuestros pasos. A través de los libros, podemos identificarnos con gestos y respuestas que nos sentimos capaces de asumir, modelos en los que podemos reconocernos.

 

Con algunos libros nos identificamos. Y conversamos con esas palabras que llegan hasta nosotros y convertimos en parte de nuestro repertorio de palabras. Como cualquier experiencia de comprensión, la lectura amplía o modifica nuestros horizontes, contribuyendo a conformar un personal mapa del universo, cartografía o diseño ético en el que orientar muchos de nuestros recorridos.

 

El aprendizaje de la lectura llega lentamente, en un largo proceso relacionado con nuestras vivencias y con el desarrollo de un gusto. A medida que el tiempo avanza sobre nosotros, vamos haciéndonos más selectivos con autores y textos. Apenas algunos autores y apenas algunos libros llegan a conformar ese pequeño círculo de lecturas que el tiempo estrechará en torno nuestro. Y nos volvemos más reacios a permitir que otros textos entren a formar parte de ese grupo de títulos imprescindibles. En su libro De lecturas y algo del mundoCONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»\_ftnref1\»>*, dice Alvaro Mutis “El encuentro con ciertos autores significa siempre una esquina decisiva, un crucero fatal que ha de cambiar la vida y marcarnos para siempre. La importancia que dichos nombres puedan tener para nosotros depende de los secretos hilos que mueven nuestro destino, nuestros terrores y nuestros sueños y que, en un momento determinado, son los mismos que mueven al autor que nos deslumbra”.

 

     Lo que leemos y lo que esperamos leer, lo que nos interesa y lo que no, lo que aprendemos y lo que decidimos ignorar se relacionan. Leer es un leer a nuestro modo, un leer entre líneas, un distinguir más allá o más acá de eso que el libro dice. En toda lectura existen espacios de libertad, superficies en blanco que nuestra imaginación, inteligencia o sensibilidad, se encargarán de completar.

 

     De muchas maneras, los libros nos escogen: se encuentran con nosotros en una especie de aventura señalada por el azar. Leemos, apenas, una ínfima parte de cuanto ha sido escrito. Una ridículamente minúscula fracción de cuanto otros escriben y escribieron llega hasta nosotros. El azar de la lectura es, de muchas maneras, el azar de los fortuitos encuentros.

 

Los libros de un autor, más que parecerse entre sí, se aproximan en sus diferencias para terminar por expresar entonaciones y ritmos semejantes. Quizá la mejor manera de entender eso que otro dice sea leyéndolo. Extraordinaria y genuina comunicación, la lectura es diálogo entre dos seres; una peculiar forma de conocer y compartir. La lectura, a diferencia de la conversación, del intercambio verbal, no se contamina con despropósitos, contradicciones o apabullamientos. Leer es un conversar tal vez más perdurable que cualquier plática. Ese ser que leemos puede hacérsenos, a través de la lectura de sus palabras, extraordinariamente cercano y confidente.

 

Leer entraña siempre la presencia del silencio. En medio de éste, escuchamos y contemplamos razones ajenas. En silencio se nos muestran esas verdades que nuestros ojos escuchan. En silencio aprendemos a escuchar las palabras que miramos y que nos miran.

 

Los autores con los que llegamos a identificarnos, suelen ser descubrimientos que comenzaron por producir en nosotros una reacción de desconcierto. Leemos, releemos y volvemos a releer esas páginas que coinciden con nosotros. Coincidir con un autor es mucho más que preferir un estilo de escritura, significa descubrir en ese autor actitudes y propósitos con los que podemos llegar a asociar la literatura misma.

 

Este es un libro abierto, un libro que podría hacerse interminable. Texto de lecturas cuya conclusión estuvo dictada, sobre todo, por la paciencia. Casi cabalísticamente, decidí redondear en veinte el número de esas lecturas. Algunos de los escritores leídos me han acompañado a lo largo de muchos años. Otros, por el contrario, son descubrimientos muy recientes y mi conocimiento de su obra se limita, apenas, al texto reseñado. Pero, de alguna manera, todos evocan para mí imágenes similares ante el hecho literario. Se relacionan entre sí a través de ciertas opciones: de vida, de escritura. Opciones en correspondencia con mis propias opciones; acercamiento a propósitos existenciales y literarios que, personalmente, comparto. Todas las lecturas fueron, así, guiándose por una especie de proyecto personal: servirme de ellas, de sus expresiones, de sus temas; hacer de éstos una referencia útil, suerte de ejemplaridad necesaria y sustentadora.

 

     Todos los escritores leídos son ensayistas, pensadores; o si no, si, como en el caso de Rilke, Vargas Llosa o Carlos Fuentes, son poetas o novelistas, entonces fueron leídos en función, principalmente, a su palabra argumentativa, memorizadora. Palabra que opina sobre la vida y la escritura, que razona a partir de ellas; vida reflejada en la escritura y escritura reflejada por la vida.

 

Destaco en mis comentarios cierta noción que doy en llamar “escritura del camino”; esto es: palabra en muy directo contacto con la existencia que la alimenta, compañera cercana a experiencias y recuerdos; expresión que, casi confidencialmente, memoriza y argumenta. En su libro Claros del bosque, dice María Zambrano: “El claro del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar; desde la linde se le mira … no hay que ir a buscarlos, ni tampoco a buscar nada de ellos. Nada determinado, prefigurado, consabido”. La escritura del camino podría entenderse como una recreación de esos “claros” que vamos descubriendo a medida que avanzamos por nuestros recorridos; también una manera de identificarlos o justificarlos.

 

El desvanecimiento de un ser que vive contrasta con la articulación de ese mismo ser que escribe. La  experiencia del hombre, vaga, contradictoria, puede reflejarse en la plena coherencia de la página escrita. La vida casi nunca es predecible, la escritura sí lo es. La vida no es siempre coherente, la escritura suele serlo, o debería serlo. La vida no da segundas oportunidades. ¿La escritura lo hace? La vida tiene, a veces, el propósito que nosotros le damos; algo que siempre sucede con la escritura, que depende por entero de nuestras decisiones. La escritura no escapa a nuestras manos. La vida suele hacerlo. Tratamos, tal vez, de vivir de la misma manera en que escribimos: trazando conscientemente ciertos signos en los que creemos encarnar o en los que nos gustaría ser reconocidos.


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TÍTULO=»\_ftn1\»>* Bogotá, Planeta colombiana, 1999

 

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CAEDMON

CAEDMON

 
Caedmon debe su fama, que será perdurable, a razones ajenas al goce estético. La Gesta de Beowulf es anónima; Caedmon, en cambio, es el primer poeta anglosajón, por consiguiente inglés, cuyo nombre se ha conservado, En el Exodo y en las Suertes de los Apóstoles, la nomenclatura es cristiana, pero el sentimiento es gentil; Caedmon es el primer poeta sajón de espíritu cristiano. A estas razones hay que agregar la curiosa historia de Caedmon, tal como la refiere Beda el Venerable en el cuarto libro de su Historia Eclesiástica:
 «En el monasterio de esta abadesa (la abadesa Hild de Streoneshalh) hubo un hermano honrado por la gracia divina, porque solía hacer canciones que incitaban a la piedad y a la religión. Todo lo que aprendía de hombres versados en las sagradas escrituras lo vertía en lenguaje poético con la mayor dulzura y fervor. Muchos, en Inglaterra, lo imitaron en la composición de cantos religiosos. El ejercicio del canto no le había sido enseñado por los hombres o por medios humanos; había recibido ayuda divina y su facultad de cantar procedía directamente de Dios. Por eso no compuso jamas canciones engañosas y ociosas. Este hombre había vivido en el mundo hasta alcanzar una avanzada edad y nada había sabido de versos. Solía concurrir a fiestas donde se había dispuesto, para fomentar la alegría, que todos cantaran por turno acompañándose con el arpa, y cuantas veces el arpa se le acercaba, Caedmon se levantaba con vergüenza y se encaminaba a su casa: Una de esas veces dejó la casa del festín y fue a los establos, porque le habían encomendado esa noche el cuidado de los caballos. Durmió y en el sueño vio un hombre que le ordenó: «Caedmon, cántame alguna cosa.» Caedmon contestó y dijo: «No sé cantar y por eso he dejado el festín y he venido a acostarme.» El que le habló le dijo: «Cantarás.» Entonces dijo Caedmon: «¿Qué puedo yo cantar?» La respuesta fue: «Cántame el origen de todas las cosas.» Y Caedmon cantó versos y palabras que no había oído nunca, en este orden: «Alabemos ahora al guardián del reino celestial, el poder del Creador y el consejo de su mente, las obras del glorioso Padre; como El, Dios eterno, originó cada maravilla. Hizo primero el cielo como techo para los hijos de la tierra; luego hizo, todopoderoso, la tierra para dar un suelo a los hombres.» Al despertar guardaba en la memoria todo lo cantado en el sueño. A estas palabras agregó muchas otras, en el mismo estilo, dignas de Dios.»
 Beda refiere que la abadesa dispuso que los religiosos examinaran la nueva capacidad de Caedmon, y, una vez demostrado que el don poético le había sido conferido por Dios, le instó a entrar en la comunidad. «Cantó la creación del mundo, el origen del hombre, toda la historia de Israel, el éxodo de Egipto y la entrada en la tierra prometida, la encarnación, pasión y resurrección de Cristo, su ascensión al cielo, la llegada del Espíritu Santo y la enseñanza de los apóstoles. También cantó el terror del Juicio Final, los horrores del infierno y las bienaventuranzas del cielo.» El historiador agrega que Caedmon, años después, profetizó la hora en que iba a morir y la esperó durmiendo. Dios, o un angel de Dios, le había enseñado a cantar; nada podía temer Caedmon.
 La inspiración onírica de Caedmon ha sido puesta en duda; recordemos, sin embargo, el caso de Stevenson, que recibió, en un sueño febril, después de una hemorragia, el argumento de Jekyll y Hyde. Stevenson quería escribir un cuento sobre un hombre que fuera dos, sobre una división de la personalidad; un sueño le dio la forma que buscaba. Más extraño aún es el caso del poeta Samuel Coleridge. Este compuso en sueños el famoso poema Kubla Khan (1816), inspirado por la descripción de un palacio que hizo construir aquel emperador chino que hospedó a Marco Polo. Resultó después que el plano del palacio le había sido revelado en un sueño al emperador. Esta última noticia está registrada en una historia universal redactada en Persia a principios del siglo XIV y no vertida a idioma alguno occidental, sino después de la muerte de Coleridge.

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LA GESTA DE BEOWULF

  
Compuesta en el siglo VIII de nuestra era, la Gesta de Beowulf es el monumento épico más antiguo de las literaturas germánicas. Fue descubierto en 1705 y registrado en un catálogo de manuscritos anglosajones como epopeya de las guerras entre daneses y suecos. Esta definición errónea se debe a las dificultades del lenguaje poético; a principios del siglo XVIII había en Inglaterra eruditos capaces de comprender la prosa anglosajona, pero no de descifrar un poema, escrito en el lenguaje artificial que ya hemos considerado. 
 Atraído por la mención del catálogo, un erudito danés, Thorkelín, fue a Inglaterra en 1786 para copiar el manuscrito. Veintiún años consagró a estudiarlo, a transcribirlo y a prepararlo, con una traducción latina, para la imprenta. En 1807, la escuadra inglesa atacó a Copenhague, incendió la casa de Thorkelín y destruyó el piadoso fruto de tantos años y de tantos afanes. Encarnada en hombres violentos, en hombres más afines a Beowulf que al editor de Beowulf, la pasión patriótica que había llevado a aquél a Inglaterra se volvía contra él y aniquilaba su trabajo. Thorkelín se sobrepuso a esa desventura y publicó en 1815 la edición príncipe de Beowulf. Esta edición, ahora, casi no tiene otro valor que el de una curiosidad literaria.
 Otro danés, el pastor Grundtvig, publicó en 1820 una nueva versión del poema. No había entonces diccionarios de anglosajón, no había gramáticas; Grundtvig lo aprendió a la luz de obras en prosa y del mismo Beowulf. Corrigió el texto publicado por Thorkelín y sugirió enmiendas que fueron confirmadas, después, por el manuscrito original que no llegó a ver, y que provocaron, naturalmente, la ira del viejo editor. Posteriormente, han aparecido muchas versiones alemanas e inglesas; de éstas, son dignas de mención las de Clark Hall y Earle en prosa y la de William Morris en verso.
 Excluidos algunos episodios secundarios, la Gesta de Beowulf consta de dos partes, que pueden resumirse como sigue:
 Beowulf, príncipe del linaje de los geatas, nación del sur de Suecia que algunos han identificado con los jutos y otros con los godos, llega con su gente a la corte de Hrothgar, que reina en Dinamarca. Hace doce años -doce inviernos, dice el poema- que un demonio de las ciénagas, Grendel, de forma gigantesca y humana, penetra durante las noches oscuras en la sala del rey para matar y devorar a los guerreros. Grendel es de la raza de Caín. Por obra de un encantamiento, es invulnerable a las armas. Beowulf, que en su puño tiene la fuerza de treinta hombres, promete darle muerte y lo espera, desarmado y desnudo, en la oscuridad. Los guerreros duermen; Grendel hace pedazos a uno de ellos, lo devora, huesos y todo, y bebe a grandes tragos la sangre, pero cuando quiere atacar a Beowulf, éste le agarra el brazo y no se lo suelta. Luchan, Beowulf le arranca el brazo, Grendel huye gritando a su ciénaga. Huye para morir; la enorme mano, el brazo y el hombro quedan como trofeo. Esa noche se festeja la victoria, pero la madre de Grendel -«loba del mar, mujer del mar, loba del fondo del mar»- penetra en la sala, mata a un amigo de Hrothgar y se lleva el brazo del hijo. Beowulf sigue por desfiladeros y páramos el rastro de la sangre; al fin llega a la ciénaga. En el agua estancada hay sangre caliente y serpientes y la cabeza del guerrero. Beowulf, armado, se arroja a la ciénaga y nada buena parte del día antes de tocar fondo. En una cámara submarina, sin agua y con una luz inexplicable, Beowulf combate con la bruja, la decapita con una espada monumental que pende del muro y luego decapita el cuerpo de Grendel. La sangre de Grendel quema la hoja de la espada; Beowulf resurge, al fin, de la ciénaga con la empuñadura y con la cabeza. Cuatro hombres llevan la pesada cabeza a la sala real. Así concluye la primera parte del poema.
 La segunda ocurre cincuenta años después. Beowulf es rey de los geatas; en su historia entra un dragón que merodea en las noches oscuras. Hace tres siglos que el dragón es guardián de un tesoro; un esclavo fugitivo se esconde en su caverna y se lleva un jarro de oro. El dragón se despierta, nota el robo y resuelve matar al ladrón; a ratos, baja a la caverna y la revisa bien. (Curiosa invención del poeta atribuir al azorado dragón esa inseguridad tan humana.) El dragón empieza a desolar el reino. El viejo rey va a su caverna. Ambos duramente combaten. Beowulf mata al dragón y muere envenenado por una mordedura del monstruo. Lo encierran; doce guerreros cabalgan alrededor del túmulo «y deploran su muerte, lloran al rey, repiten su elegía y celebran su nombre».
 Estos versos del Beowulf han sido comparados con el último verso de la Ilíada:
 
 Celebraron así los funerales de Héctor, domador de caballos.
 
 A juzgar por el Beowulf, las ceremonias funerarias de los germanos coincidían con las de los hunos. Gibbon, en su Historia de la Declinación y Caída del Imperio Romano, describe de este modo las exequias de Atila: «Alrededor del cuerpo de su rey, cabalgaron los escuadrones; cantando una canción funeraria en memoria del héroe: glorioso en el decurso de su vida, invencible en su muerte, padre de su pueblo, azote de sus enemigos y terror del orbe.»
 Otro rito funerario figura en el Beowulf; el cadáver de un rey de Dinamarca es confiado a una nave que luego entregan al «poder del océano». Agrega el texto: «Nadie, ni quienes hablan en las asambleas, ni los héroes bajo los cielos, puede declarar con verdad quién recibió esa carga.»
 El germanista inglés W. P. Ker cuenta en la obra Epic and Romance, que Aristóteles redujo a pocas líneas los veinticuatro libros de la Odisea y observa que basta reducir a esa escala la Gesta de Beowulf para que sean evidentes sus vicios de estructura. Ker propone este resumen irónico: «Un hombre en busca de trabajo llega a casa de un rey a quien molestan las arpías y, tras de ejecutar la purificación de esa casa, vuelve con honor a su hogar. Años después, el hombre llega a rey en su tierra y mata un dragón, pero muere por obra de su veneno. Su pueblo lo llora y le da sepultura.»
 Ker observa que ninguna simplificación puede eliminar la dualidad fundamental de la historia de Beowulf. Agrega que la pelea con el dragón es un mero apéndice, y recuerda el desdeñoso juicio de Aristóteles sobre las Heracleideas, cuyos autores suponían que siendo uno el héroe, Heracles, también era una la fábula de sus doce trabajos. Escribe Ker: «Matar dragones y otros monstruos es la ocupación habitual de los héroes de los cuentos de asistencia, viejas, y es difícil dar individualidad o dignidad ética a esas trivialidades. Esto ha sido logrado, sin embargo, en la Gesta de Beowulf.»
 El hecho es que la participación de un dragón en la epopeya de Beowulf parece disminuirla a nuestros ojos. Creemos en el león como realidad y como símbolo; creemos en el minotauro como símbolo, ya que no como realidad; pero el dragón es el menos afortunado de los animales fabulosos. Nos parece pueril, contamina de puerilidad las historias en que figura. Conviene no olvidar, sin embargo, que se trata de un prejuicio moderno, quizá provocado por el exceso de dragones que hay en los cuentos de hadas. Empero, en la Revelación de San Juan, se habla dos veces del «dragón, la vieja serpiente que es el Diablo y es Satanás». Análogamente, San Agustín escribe que el Diablo «es león y dragón; león por el ímpetu, dragón por la insidia». Jung observa que en el dragón están la serpiente y el pájaro, la tierra y el aire.
 Ker ha negado la unidad de la Gesta de Beowulf; para intuirla bastaría considerar al dragón, a Grendel y a la madre de Grendel símbolos o formas del mal. La historia de Beowulf sería en tal caso la de un hombre que cree haber sido vencedor en una batalla y que, después de muchos años, tiene que librarla otra vez y no es vencedor. Sería la fábula de un hombre a quien alcanza finalmente el destino y de una batalla que vuelve. Grendel, hijo remoto de Caín, sería de algún modo el dragón, «el horror manchado, la peste de la penumbra». Esa sería la unidad negada por Ker. No digo que tal es el argumento de Beowulf; digo que tal es el argumento que entrevió el poeta de Beowulf o hacia el cual escribió.
 Hay pocos argumentos posibles; uno de ellos es el del hombre que da con su destino; Beowulf sería una forma rudimentaria de ese argumento eterno.
 Por lo demás, la sangrienta fábula de Beowulf es menos importante que el contexto en que ésta se produce; advertimos, como en las epopeyas homéricas, que las hazañas de la espada y la aniquilación de los monstruos interesaban menos al poeta que la hospitalidad; la lealtad, la cortesía y los lentos discursos retóricos. El influjo de la Eneida es notorio en la famosa descripción de la ciénaga de Grendel; se conjetura que el anónimo autor era un clérigo del reino de Nortumbria, a quien estimularon parejamente la lectura latina y las tradiciones escandinavas. Como cristiano, no podía nombrar las divinidades paganas, pero tampoco habla del Redentor o de los santos. Logra así, acaso sin proponérselo, el efecto de un mundo antiguo, tau antiguo que es anterior a las mitologías y teologías.
 Unos tres mil doscientos versos integran el poema, que ha llegado casi integro a nuestro tiempo. Los personajes son geatas, daneses y frisios y la acción, según hemos dicho, transcurre en el continente. Ello es índice de que los diversos pueblos germánicos tenían plena conciencia de su unidad. La gente latina era designada por ellos con una palabra hostil, que en Inglaterra sirvió para los galenses (welsch) y en alemania para los italianos y los franceses (welsch).
 El sentimiento del paisaje, tardío en otras literaturas europeas, verbigracia en la española, hace una aparición precoz en el Beowulf.
 Se ha dicho que es inadmisible comparar el Beowulf con la Ilíada, ya que ésta es un poema famoso, leído, conservado y venerado por las generaciones, y de aquél nos ha llegado una sola copia, obra de la casualidad. Quienes asi razonan, alegan que el Beowulf es quizá una de tantas epopeyas anglosajonas. George Saintsbury no rechaza la posibilidad de que hayan existido tales epopeyas, pero observa que éstas ahora tienen la desventaja de no existir.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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LOS bosqueS PERDIDOS (Miguel Ángel Villar Pinto)

En tiempos muy lejanos hubo un leñador que se convirtió en rey, también un emperador que tras unificar las fronteras buscó el sentido de la vida, además de un hombre que no podía impedir decir lo que pensaba y otro que atravesó con su pico una montaña, y todo ello sin olvidar a Tonelcillo, un niño que se convirtió en el primer mercader de la historia, a Elisa, el terror de los bosques, y a Dindán, el duende que por las noches lleva los sueños a todas las partes del mundo…
Éste sería un resumen de algunos de los once cuentos presentes en esta colección, la segunda del autor tras Leyendas de Arabia. 

«Ambientados en una Edad Media fantástica, por su propia concepción permiten a los más jóvenes vivir intensas aventuras en ambientes unas veces misteriosos, otros divertidos, mágicos o exóticos, pero también el adulto reconocerá ciertos mensajes acerca de cuestiones fundamentales de la vida, y es que el autor sabe aprovechar el verdadero potencial que tiene el género del cuento. No en vano, ha sido finalista del XII Concurso de Cuentos Repsol y VI Concurso de Relatos Acumán.»
Reseña Editorial

«Una interesante colección de propuestas fabulísticas con las que entretenerse y de las que obtener provechosos aprendizajes, merced a la capacidad que el autor demuestra para introducirse en temas universales y extraer de ellos nuevas perlas narrativas.»
Consejería de Educación de Murcia

«Unha colección de contos para todas as idades.»
De luns a venres

«Se trata de una colección de cuentos que sigue a otras creaciones literarias como Leyendas de Arabia.»
El Ideal Gallego

«Está ambientada en una Edad Media fantástica.»
La Voz de Galicia

«Son numerosos los detalles y las lecturas que se encuentran en ellos.»
Ourense Dixital
«El bosque se convierte en el lazo de unión entre los cuentos de la colección, pero también interviene como un elemento activo.»
Santiago Siete

Web oficial de Miguel Ángel Villar Pinto
bosquesperdidos.html\» target=»\_self\»>Fragmentos de cuentos
Entrevista en SFC Radio

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