SECRETOS Y VERDADES, DE RAMÓN J. SENDER

SECRETOS Y VERDADES DE SENDER

Ramón J. Sender (1901-1982) no publicó nunca unas “memorias”. Toda su obra “de ficción” está sembrada de autobiografía, y ahí está su serie “Crónica del alba” para demostrarlo. Al final de su vida, publicó dos libros “de no ficción” inspirados por el recuerdo: “Monte Odina” (Ediciós do Castro), centrado en la infancia, y “Álbum de radiografías secretas”, en el que escribe, fundamentalmente, de sus relaciones con escritores, artistas, políticos e intelectuales.
        Cuando “Monte Odina” y “Álbum de radiografías secretas” aparecieron, a comienzos de los años 80, la situación política en España era difícil: se escuchaba el ruido de sables, el gobierno de UCD, un partido quebrado, funcionaba bajo mínimos, ETA mataba sin descanso…El país no estaba para libros, y los de Sender, que era un exótico exiliado, pasaron directamente de las mesas de novedades a los almacenes sin que los lectores se enteraran.
        Fue en el mismo mes de su muerte, enero de 1982, cuando se publicó en Destino el “Álbum de radiografías secretas”: un libro sugerido por el editor Joseph Vergés. Sender tenía 80 años pero su prosa, iluminada por el deseo insobornable de contar la verdad, y sólo la verdad, suena rotunda.
        Se deja llevar y pasa de un asunto a otro, olvidándose a veces de lo que parecía más importante y centrándose en lo accesorio. Pero en esa deriva late más fuertemente Sender: le interesaba todo, se apasionaba por todo, no quería que nada le resultara ajeno. Y a mí me encanta, porque me reconozco en él, inmerso en un remolino que te lleva de un lado a otro.

        Una pasión por la vida que lograba sacar adelante, aunque, como le había confesado años atrás a Carmen Laforet, no le resultara fácil hacerlo: “no respiro, si me dan drogas para respirar, no duermo. Tomo cuatro tranquilizantes cada día, una tableta de cortisona, dos más para ablandar los bronquios y otras tres cosas de nombre endiablado, cada día, sin contar una cápsula pulverizadora de adrenalina que llevo en el bolsillo para una emergencia”.

 

El retrato de Simone Weil
Sin duda, el mejor retrato del libro es el de Simone Weil: y lo es porque cuando la conoció en Barcelona, la vida y la obra de Sender cambiaron. Si Simone Weil había asumido el cristianismo desde su judaísmo, se puede afirmar que Sender decidió asumir, en más de un sentido, el judaísmo desde su catolicismo. O, si se quiere ver de otra manera, el amor.
        Escribe Sender sobre Simone Weil: “Es difícil en nuestros tiempos hallar un héroe. Un verdadero héroe capaz de arriesgarlo todo sin esperanzas de recompensa. También es difícil hallar un santo. No menos raro es encontrar un hombre con genio poético o filosófico. Sin embargo, los héroes, los poetas y los santos han hecho nuestra civilización, han hecho todo lo bueno que tenemos hoy. Hallar estras tres cualidades en una sola persona sería difícil. A pesar de las dificultades, el milagro lo tenemos delante en la escritora Simone Weil, muerta en un hospital de Inglaterra en 1943. Cuando murió, tenía treinta y cuatro años. Y era soltera”.
        Y, más adelante, sigue Sender sobre Simone Weil, pero, sin duda, escribiendo también de sí mismo: “No era una pesimista. Atenta al milagro de la realidad, encontraba, por el contrario, que el más mínimo de los actos representaba un prodigio cuya comprensión requería, no solo su inteligencia, sino su humildad y su devoción. Y a través de ellos cada cual puede llegar a poseer una noción tal vez más justa de la existencia”.
        También retrata bien a otras mujeres. Su evocación de Nancy Cunard es muy hermosa, y el relato de su fracasada y secreta historia de amor es mejor que muchas de las novelas que escribió Sender. La palabra “secreto” da la clave del libro: Sender quería encontrar ese “secreto” en cada persona de la que escribía. Escribe de Picasso: “El secreto de Picasso consiste en una simplicidad no advertida antes. Es decir, que es el caso eterno del eterno inconsciente revelado a medias por la naturaleza exterior e interior y entrevisto en el lugar y en el momento en que ambas coinciden. “Yo no tengo la culpa de ver más que los demás”, decía, y tenía razón”.
        Y escribe de Céline, en uno de los mejores textos del libro, con una increíble comprensión de los otros, tan diferentes “fue víctima de su propia desatada pasión por la libertad –una libertad que no le servía sino para conducirlo al último extremo de todas las negaciones”.

        Y así, hace públicos los “secretos” de Robert Graves, de Albert Camus, de Durruti…”Álbum…” es uno de los mejores libros de Ramón J. Sender: escribe de la libertad, de la felicidad, de la independencia de criterio y de la vida con una intensidad muy infrecuente. Es estupendo que pueda volver a leerse, cuando la democracia en España no tiembla: es ya la más larga de su historia, y desgraciadamente Sender no la pudo disfrutar.

 

FÉLIX ROMEO. Suplemento "Artes y Letras". 12 de junio de 2008. Heraldo de Aragón.

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AVISOS DE DERROTA, de OSCAR SIPÁN

Oscar Sipán es un fabulador nato, un hombre nacido para crear ficciones, una persona acostumbrada a ver la realidad con ojos de escritor, a deformarla, a divisarla desde perspectivas inusuales.
Hace un tiempo tuvo un gravísimo accidente de tráfico que le hizo replantearse su vida. Podría haber muerto y no hubiese hecho nada de lo que en verdad deseaba haber realizado. A partir de ese momento decidió apostarlo todo por lo que en verdad le llenaba: la literatura. Se dio un margen de un año para lograrlo. Hace ocho años de ello y, hasta ahora, está viviendo su sueño.
Oscar Sipán es un escritor clásico, hecho a sí mismo a base de lecturas, capaz de sacarle punta a cualquier tema porque tiene la facultad de ver más allá de lo que realmente hay en una realidad. De esa realidad, su realidad, obtiene el material de sus cuentos.
Avisos de derrota, su nuevo libro de cuentos surge de lo que el denomina tsunami sentimental, una ola gigante que arrasó su vida de nuevo hace dos años. Por eso el desamor presente en la mayoría de los relatos. Por eso los cuentos de Oscar Sipán contienen gotas de la esencia de su alma. Un alma buena, inquieta, que continuamente se cuestiona el mundo que le rodea. Los relatos son, de alguna manera, un exorcismo.
Contiene cuentos dotados de realismo mágico, como Il mondo mio, La jaula de Faraday, El sonido de matar y el sonido de morir o Memento mori. Son cuentos que nos muestran la realidad paralela, en la que introduce al lector con naturalidad, de modo fácil. Con lo complicado que es hacer parecer fácil lo difícil.
Tiene cuentos esféricos, con final cerrado y que golpean la mente del lector; y cuentos abiertos que dan que pensar. Trasciende una documentación propia de las personas curiosas, que le lleva a descubrir la chispa de inicio del relato, la semilla que lo contiene en su totalidad, que se revela en su cabeza.
La jaula de Faraday es una ficción preciosa que parte de alterar en un momento determinado la realidad de un suceso verídico. Nelson Marra gana un premio literario con el relato El guardaespaldas, cuyo personaje es un torturador de la policía política en un país latinoamericano. Juan Carlos Onetti es miembro del jurado que lo premia. La situación política del momento es complicada y la dictadura uruguaya se refuerza con el miedo. El 9 de febrero de 1974 Nelson Marra es detenido por haber escrito el relato. No será liberado hasta 4 años después, torturado, marcado para siempre por un cuento. Una vez en libertad, se exilia, primero en Suecia y luego en Madrid. Onetti es capturado en la misma fecha, por ser jurado de un premio literario que otorga el premio a Marra, y es liberado el 14 de mayo de 1974. Se exilia en España. Sipán altera la realidad y utilizando a Onetti como personaje, no premia el cuento de Marra. A partir de esos hechos surge la ficción. Es un homenaje a Marra y a Onetti, y me atrevería a decir que es un homenaje a la libertad de expresión y al poder de la literatura, a esa facultad que tiene la ficción de hacer ver la realidad, porque sin la ficción la realidad no existiría, como el yin no existe sin el yang, como no se comprende la bondad si no se opone a la maldad.
Otro relato en el que Sipán parte de hechos reales y circunstancias vividas es El dios de las camareras, con el que abre el libro. Aquí aprovecha un viaje en la búsqueda de los restos que queden en Moraira del escritor Chester Himes para narrar un desamor. Pero es más que eso. Sipán se muestra otra vez metaliterario, habla de lo que le gusta (la literatura) y de lo que le llama la atención en este mundo de lo narrativo, y todo eso lo adereza con una gota de su alma, porque esa historia de desamor es muy posible que sea la suya o se le parezca.
El sonido de matar y el sonido de morir es uno de mis relatos preferidos. Utiliza el flash back, alterando los tiempos reales de la narración y muestra un Sipán mágico que se repite en otros muchos de estos cuentos. En Cuarenta días de niebla, utiliza la misma técnica y cierra el relato de modo magistral.
Estamos, pues, ante un libro muy recomendable, con un autor asentado en una poética del cuento firme pero que no desdeña experimentar con distintas técnicas para lograr el objetivo de asombrar al lector. Un libro de cuentos que rinde homenaje a la literatura, a la magia de la ficción, y que se sedimenta en un desamor vívido que impregna casi todos los relatos.

Ya saben, hacer fácil lo difícil.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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Nápoles 1944 (Norman Lewis)

Con el desembarco de los aliados en Salerno, el 8 de septiembre de 1943 daba comienzo la encarnizada carrera que recorrió toda la península italiana a un ritmo desesperantemente lento y que pretendía amenazar a alemania desde el sur, distrayendo fuerzas para el proyectado ataque al año siguiente a través del Canal de la Mancha.

Al día siguiente, Norman Lewis, oficial del Servicio de Inteligencia británico, adscrito a la Comandancia del Quinto Ejército Americano, pisaba tierra italiana. La misión de su unidad era garantizar la seguridad en la zona de Nápoles, realizar informes sobre sospechosos, prevenir sabotajes, tejer una red de contactos que permitiera obtener información relevante para el curso de la guerra, etc.

Norman Lewis recoge esta experiencia en este libro en forma de diario (Nápoles 1944. Un oficial del Servicio de Inteligencia en el laberinto italiano), que abarca desde septiembre de 1943 hasta octubre de 1944, en el que vuelca todos los recursos que le han dado fama en el campo de la literatura viajera con obras como Viajes por Indonesia o Voces del viejo mar.

Entrando en materia, el contenido del libro resulta descorazonador. Se suele tener la idea de que, según avanzaban las tropas aliadas, los pueblos liberados recuperaban la paz, el orden y la justicia; cesaba de alguna manera el hambre extrema y se restablecían las estructuras del poder (policía, sanidad, educación, …). Lo que pone de manifiesto Norman Lewis es precisamente la situación contraria. El desorden aflora tras la liberación, las mujeres (incluso niñas y niños) deben prostituirse con el fin de lograr un mínimo sustento, el contrabando de material robado del ejército alcanza unos niveles de desvergüenza difícilmente tolerable y las tropas de ocupación apenas hacen otra cosa que mirar para otro lado, aduciendo que se trata de cuestiones internas que deben resolverse por las nuevas autoridades italianas, o tratar de sacar provecho y rentabilizar esta situación.

Norman Lewis comprende demasiado pronto que la mayoría de las denuncias que recibe no responden a motivos fundados, sino más bien a venganzas personales, antiguas rivalidades familiares o incluso a desplantes matrimoniales. Todos parecen querer engañar a los incautos soldados para arrimarles a sus intereses, para lograr sus favores, de manera que el joven oficial adoptará una posición de gran escepticismo, tanto ante las denuncias e informaciones que recibe, como ante la actitud de sus superiores que parecen mostrar empeño sólo en detener a pequeños rateros y estraperlistas dejando en libertad a quienes mueven los hilos.

Lewis tiene asignadas labores de vigilancia en algunos pueblos próximos a Nápoles integrantes de la llamada Zona di Camorra. Es sorprendente comprobar cómo esta mafia ha conseguido incluso que muchos de los soldados americanos destinados a esta campaña sean de origen italiano y que alguno de sus cabecillas haya regresado a la región para reorganizar unos negocios que alcanzan incluso al Gobierno Militar Aliado. La omertà, la complicidad encubierta (en muchos casos forzada por el temor) son el caldo de cultivo idóneo para alentar esta situación.

Este paisaje brutal se acompaña de fiebres tifoideas, brotes de malaria e innumerables enfermedades venéreas a las que una destrozada infraestructura sanitaria no puede oponerse. Hay hospitales en los que el único personal sanitario es una enfermera que, al llegar la noche, regresa a dormir a su casa quedando abandonados los heridos y enfermos hasta que, a la mañana siguiente, se hace el recuento de los que han sobrevivido a la noche. En este contexto, los amuletos, procesiones y anuncios de milagros conforman un retorno a la Edad Media: enfermedad, superstición, hambre y abuso de poder son los ingredientes principales de aquellos días.

Ante la falta de sólidas instituciones que provean de alimentos, ropas y medicamentos a la población civil, ésta debe organizarse (atrapada entre las fuerzas de ocupación y la Camorra) para sobrevivir como pueda. Se cortan y roban cables de cobre, se desguazancoches aparcados en calles céntricas a plena luz del día, se confeccionan abrigos con mantas militares robadas o trajes civiles con uniformes militares despiezados y teñidos en colores oscuros ante la indignación de los mandos militares aliados incapaces de ordenar la vida de estos italianos demasiado acostumbrados a que luchar por su supervivencia tras el gobierno fascista y la ocupación alemana.

En ese contexto de precaria estabilidad se mueven a sus anchas quienes pretenden tomar posiciones de cara al futuro. Por eso, no es de extrañar que parte de la tarea de Lewis, como oficial de inteligencia, sea precisamente la de examinar e informar de la multitud de partidos políticos que se van creando al amparo de la nueva situación política. Vemos a individuos del régimen fascista que pretenden reconvertir su ideología para camuflarla bajo un ropaje democrático. Pero también hay quienes, en el fragor de la contienda y la inevitabilidad de un nuevo momento histórico, recuperan del pasado una organización social más propia del Imperio romano, propugnando el abandono de la civilización, recuperar la túnica y la toga, la vida rural todo ello previa secesión del norte industrial.

Pero no sólo los italianos tratan de salir adelante. Los soldados americanos se benefician de su situación económica para birlar las chicas a los napolitanos empobrecidos, cuando para comprar sus favores. Esta situación llega a ocasionar una pequeña "rebelión" de los jóvenes italianos contra los soldados de ocupación. En ocasiones, estas relaciones se tornan más serias y Lewis se verá obligado a realizar numerosos informes sobre la conveniencia o no de dichos matrimonios. Descubre así cómo la necesidad empuja a las mujeres a los brazos de hombres a los que no aman, pero también ve cómo soldados que sólo se comunican con sus "prometidas" por signos, buscan desesperadamente un modo de olvidar la guerra.

Y es que el ejército no es esa máquina que actúa implacablemente, ajena a los sentimientos. Algunos soldados americanos desertan y se unen con sus armas a grupos de bandoleros italianos que caen sobre pueblos indefensos para saquear a sus pobres habitantes. El "fuego amigo" causa casi tantas bajas como el enemigo alemán y la Justicia Militar es aleatoria y dependiente del humor de un juez que desconoce las costumbres locales.

Sin embargo, el genio de Lewis permite que asome entre sus páginas el pintoresco color de las calles napolitanas, la sabiduría de sus gentes y sus costumbres. Entre sus informadores se cuenta un importante número de abogados y médicos, sin trabajo ni ocupación conocida salvo la de ostentar su título, que no tienen de qué comer y que son los primeros en ofrecerse como versados contactos a las tropas aliadas (probablemente después de haberlo hecho con las alemanas). De ellos, y de las amistades que sabe granjearse, Lewis aprende y llega a comprender y admirar a este pueblo. Elementos como la religiosidad algo pagana, la figura del "tío de Roma" -con funciones similares a la de las plañideras profesionales-, la buena disposición para la conversación relajada o la resignación fruto de la experiencia histórica acaban por ganarse a Lewis que progresivamente se aleja de sus compañeros identificándose con los ocupados. En parte por este motivo, Lewis es trasladado repentinamente a una misión en el Oriente Próximo de la que sabe que ya no regresará a esa Italia ocupada.

Nápoles 1944 es un ejemplo de literatura de alta calidad, más allá de su carácter de libro testimonial de un momento histórico o de libro de viajes, tal y como lo ha catalogado la editorial. El tono de comedia o vodevil acompaña sus páginas desdramatizando la realidad descrita, sin por ello banalizar la guerra, el hambre o la enfermedad. Lewis sabe crear una confrontación pacífica entre sus orígenes anglosajones y la vitalidad meridional y deja clara su preferencia sin condicionar la posición del lector, saliendo indemne del laberinto italiano a que hace alusión el subtítulo de la obra.

Confieso que he leído

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La Praga de Kafka (Klaus Wagenbach)

Pocos autores de la Literatura Universal pueden identificarse con una ciudad de manera tan estrecha como Kafka con Praga. Él mismo señalaba que "Praga no te deja. […].Esta madrecita tiene garras".

Las especiales circunstancias de la Praga de finales del siglo XIX y principios del XX siempre han sido citadas como el caldo de cultivo de una especial sensibilidad que afloraría en diversas artes, entre ellas la Literatura, con figuras brillantes entre las que destaca por encima de todas ellas Franz Kafka.

Capital del reino de Bohemia e integrada en el Imperio Austrohúngaro, con una minoría de población de lengua y cultura alemana -muy activa social y económicamente-, y otra minoría judía (dentro de la cuál volvía a repetirse la división anterior, si bien con un mayor peso del componente alemán), Praga era un ciudad en cuyas calles se cruzaban las manifestaciones de los trabajadores de los barrios obreros periféricos, de los nacionalistas checos o las esporádicas explosiones de persecución antisemita.

Su centro histórico ha sido conversado en bastante buen estado, pese a los bombardeos durante la II Guerra Mundial y el urbanismo que la siguió, lo que nos permite hacernos una idea cabal de cómo era esa Praga en la que vivió Kafka. Aclararemos que este interés va poco más allá de la curiosidad del lector que desea conocer algo mejor a uno de sus autores favoritos, ya que contemplar el portal de su casa natal o la fachada del edificio al que acudió como estudiante de instituto, apenas si nos dice algo de su escritura.

Hecha esta salvedad, volvemos al libro escrito por Wagenbach para satisfacer esa curiosidad histórica y acercarnos más al hombre, que no a su obra, para lo que desglosa metódicamente todos aquellos lugares que tuvieron cierta relevancia en la vida del autor checo, acompañando una foto de la época cuando es posible, ubicándola en un mapa (de hecho dos, uno con lel nombre de las calles en alemán y otro en checo) y describiendo su situación y estado actual.

El texto, como no puede ser de otra manera, recoge ciertas notas biográficas esquemáticas que permiten seguir adecuadamente a aquellos que no estén familiarizados con la vida de Kafka. La relación de lugares descritos. Asimismo, se acompañan algunos textos del propio Kafka (tomados de su correspondencia, diarios o incluso de obras de ficción como Descripción de una lucha) con los que se pretende dotar de mayor viveza y realismo las descripciones de Wagenbach.

Este breve libro se organiza temáticamente en cuatro bloques. El primero de ellos (“Las casas") enumera las diferentes viviendas en las que Kafka vivió o escribió, tratando de aclarar en cada caso qué obras principales fueron escritas en cada uno de esos inmuebles. Wagenbach no deja escapar la oportunidad de hacer precisiones en los lugares debidos. Por ejemplo. la vista desde la ventana de la habitación de Kafka en la casa del Barco pudo ser tomada para la confección de la escena final de La condena.

Wagenbach llega hasta el punto de aclarar la situación actual de muchos de esos inmuebles o de facilitar información sobre cómo acceder a algunos patios interiores de las viviendas (en ocasiones, el acceso es más fácil desde otros portales) o en destacar la belleza de las escaleras centrales para acceder a los diferentes pisos.

Por supuesto, que en este apartado aparecen también las casas de Max Brod, el salón literario de Berta Fanta o los diferentes locales en los que Hermann Kafka regentó su floreciente negocio de comercio al por menor y posteriormente al por mayor, así como la temible ubicación de la fábrica de asbestos que tanto problemas y angustia ocasionó al escritor. Kafka era socio capitalista con el fin de completar la participación de su cuñado (proviniente de la dote de su esposa, Elli Kafka) y de poder controlar los aspectos económicos de la misma. La participación de Kafka (con dinero prestado de su padre) fue sugerida por éste mismo (a fin de cuentas, había estudiado Derecho) por lo que no es muy correcto afirmar como hace Wagenbach, que aceptó dicha participación después de mucha insistencia de su padre.

El segundo bloque temático (La carrera de funcionario) visita las sedes de las diferentes instituciones educativas por las que pasó Kafka (escuela primaria, instituto, las diversas dependencias de la Universidad alemana e incluso los lugares en los que realizó el año de prácticas obligatorio).

De ahí pasamos a la sede de la Assicurazzioni Generali, entidad de seguros de origen italiano, en la que Kafka comenzó a trabajar gracias a una recomendación, y cuya larga jornada laboral resultaba incompatible con sus aficiones literarias lo que le llevó a buscar otro empleo, como funcionario, en el Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo, la temible "oficina" de la que ya escapó hasta su jubilación anticipada por su tuberculosis.

En ambos empleos (y en la fábrica de asbestos) se forjó la representación de la Vida, frente a Literatura, del mundo real, frente al mundo en el que Kafka soñaba, esa idea según la cuál, las condiciones perfectas para desarrollar su escritura, se daban en lo más profundo de un túnel, sin ruidos y al que la comida fuera colocada por un sirviente silente al otro lado de una puerta en el extremo del túnel.

Pese a los agrios comentarios de Kafka sobre su vida laboral, no debemos olvidar que en el Instituto alcanzó puestos de cierta responsabilidad y gozó de la confianza de sus superiores. Finalmente, tampoco se puede pasar por alta que su trabajo técnico es una pequeña clave que explica determinados aspectos de su obra.

El tercer apartado (Paseos predilectos) recoge tres itinerarios que pretenden dar testimonio de alguno de los largos y hermosos paseos que Kafka acostumbraba a dar por las tardes, solo o en compañía de algún amigo, antes de la cena y de encerrarse en su cuarto a escribir.

El primero de ellos (subida al monte San Lorenzo) prácticamente es el itinerario que recorre el protagonista de Descripción de una lucha y parte de la estatua de Carlos IV en la plaza de los Cruzados hasta lo alto del monte San Lorenzo lo que, además de permitirnos disfrutar de unas hermosas vistas, nos ofrece la posibilidad de contemplar los restos de la muralla del hambre (en la que pudo hallar inspiración para componer La construcción de la muralla china o visitar el emplazamiento de la cantera de Strahov, lugar al que fue conducido Joseph K. para ser ejecutado.

Los otros dos paseos (del Belvedere al parque Chotek y Malá Strana y el Jardín botánico y Troja) son otra oportunidad excepcional de recorrer la Praga de la época de principios de siglo (bastante bien conservada) y de hacerse una idea del concepto de "paseo" que Kafka tenía y ponía en práctica.

Finalmente, el último apartado (Lugares literarios y de esparcimiento) trata de compensar la imagen de escritor solitario y atormentado en favor de un Kafka que frecuentaba cafés literarios, salas de conferencias y conciertos, proyecciones de películas, etc.

Se ubican muchos de los cafés frecuentados por Kafka en su juventud, como el mítico Café Savoy (donde conoció la tradición del teatro yiddish), el Café City, el Louvre, el Corso y el Arco.

También aparecen las bibliotecas y librerías que frecuentaba, así como las dos escuelas de natación, donde practicaba en verano con su bote de remos por el Moldava.

Tampoco olvida Wagenbach la ubicación de las primeras salas de cine de Praga, o el Rudolfinum o la Casa de la Municipalidad, centros culturales de primer orden incluso hoy en día o los lugares en los que Kafka realizó lecturas públicas de sus obras o presentó las de otros (como la sede del Antiguo Ayuntamiento Judío.

Fiel hasta el extremo a su intención de no dejar un cabo suelto, también se nos facilitan indicaciones para visitar el cementerio judío de Straschnitz donde Kafka fue enterrado en junio de 1924.

La Praga de Kafka es un libro para apasionados de la obra de este autor que quieran aproximarse a su escenario vital. Lectura imprescindible por su carácter práctico para quien vaya a visitar Praga con la idea de rendir tributo a su genial escritor o para quienes, conociendo ya la ciudad, quieran evocar los lugares ya visitados.

Wagenbach es un gran experto en Kafka y ha escrito varias libros al respecto, llegando a recopilar todas las fotografías conocidas en las que aparece dicho autor (Franz Kafka. Imágenes de s vida). Tuvo la suerte de trabajar en la editorial S. Fischer en el momento en el que se preparaba la publicación de El proceso, hecho que le marcó de manera definitiva. Tiempo después se independizaría fundando varios sellos editoriales de diverso contenido con un compromiso político muy profundo.

Con La Praga de Kafka, Wagenbach ha logrado combinar información actualizada, ubicaciones precisas (nombre de las calles en alemán y checo numeradas en el mapa correspondiente, números de portal actuales junto al original de la época de Kafka), fotografías en blanco y negro, referencias biográficas y textos originales de una manera convincente y amena, evitando entrar en detalles excesivos que entorpecerían la lectura y dando sentido al subtítulo de la obra "Guía de Viajes y de Lectura".

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¿QUIÉN MATÓ A MI MADRE? (Edgar Borges)

¿Quién mató a mi madre? o cuando una novela eleva por encima de la realidad Por Andreu Martín (Publicado en Revista Cambio 16) Enfrentado a un crimen, a la llegada de dos misteriosos investigadores y a un interrogatorio que prácticamente monopoliza el desarrollo de la obra, Andreu Martín, autor de novelas negras como Prótesis o Juez y parte o Piel de policía, obsesionado por el realismo y la verosimilitud, topó con un texto que se resistía a encajar en los moldes previstos. Hasta que la magia del texto se impuso y el lector fue sustituido por otro Andreu Martín, el autor de Por amor al arte, Por el amor de Dios o Vampiro a mi pesar, el habitante de Cadaqués, tocado de tramontana y apasionado del surrealismo, el que distorsiona personajes y crea situaciones incoherentes para mejor contar la coherencia del mundo y, con ese nuevo pincel daliniano repinté la obra y, por fin, la comprendí y me zambullí en ella para descubrir nuevos placeres, mucho más próximo (supongo) a las intenciones del autor. La novela me elevó, así, por encima de la realidad, para llevarme a un fascinante mundo de sugerencias, insinuaciones y reflexiones donde no se trata de partir de enigmas para encontrar respuestas sino que directamente se parte de las respuestas para perderse entre enigmas. En la novela ¿Quién mató a mi madre?, de Édgar Borges, el placer deriva precisamente de verse perdido y de cerrarse salidas, de manera que incluso la solución final es un triple o cuádruple portazo para terminar con la promesa “de que regresaría puntualmente en dos semanas” y de ello no se desprende una sensación desasosegante sino, desde mi punto de vista, una alegre predisposición de volver a empezar el juego con ánimos renovados. Cuando entramos en casa de los Rivera, ésta queda descrita como un decorado, una realidad manifiestamente distinta de un exterior que estamos dispuestos a ignorar. Nos instalamos en un decorado que queda fijado como una caja de luz flotando en medio de la nada, ajena a la realidad exterior. A partir de ahora, los personajes actuarán a su manera, levitarán, se moverán en apartes imposibles, hablarán entre signos de exclamación, el marido se disfrazará de la mujer, se nos hablará con naturalidad de agencias donde encontrar clones de sí mismos, el revólver del asesinato se alquila, serán hallados papelitos doblados invisibles para todos menos para uno aunque se encuentren en los lugares más visibles, convenciones todas ellas que me llevan al mundo onírico como los de Dalí, Chirico o Magritte. Microcosmos platónicos donde los interrogadores son como ángeles, ni policías ni periodistas, detectives contratados por la muerta y sus interrogatorios devienen diálogos en espiral sobre la locura y la vida. Lo que en una novela realista y convencional sería psicosis en este relato de género inclasificable se convierte en metáfora que nos lleva a la reflexión, a la paradoja, a la síntesis, a veces a la risa más desternillante, siempre a la sorpresa. Insisto en que, durante la lectura, he estado envuelto de esa sensación tan intrigante y desconcertante que provocan en el espectador los relojes blandos o el Ángelus de Millet repintado por el genio ampurdanés, las estatuas con cara de perro y las columnas truncadas en eriales calcinados de Chirico, el hombre del sombrero hongo de Magritte, el Rinoceronte o la Cantante calva de Ionesco. El sillón que ocupa el lector poco a poco será diván de psicoanalista donde cada una de las situaciones, réplicas, palabras del texto resultarán ser reinterpretaciones deformadas de la realidad que evocarán inevitablemente vivencias cargadas de significado y de sentimientos. La novela se lee con gran facilidad, incluso diría que pasión (una vez has sintonizado exactamente con las claves necesarias), aun cuando no recurre al truco habitual en la novela policíaca que yo conozco de plantear un enigma para capturar y retener la atención del lector. La pregunta ¿Quién mató a mi madre? sólo está en el título. En cuanto se inicia el interrogatorio, el lector percibe de inmediato que no se va a seguir un método policial de persecución de la verdad sino que se va a encontrar con un largo diálogo platónico que lo llevará más allá de lo policial para sumergirlo en la filosofía. He dicho al principio que me instalé en casa de los Rivera como si fuera un escenario de teatro. Efectivamente, el autor nos sitúa con una descripción parecida a la que se utiliza para iniciar las obras dramáticas: el balcón enfrente; entre la mesa y el balcón, hacia la izquierda, está Manuel… Detrás de la puerta, la única pared azul de la vivienda… Más adelante, cuando nos hable de las sorprendentes cenas poéticas de la familia Rivera, se nos explicará cuál es exactamente la posición que ocupa cada uno de los miembros. Los ruidos que vienen del exterior me parecen efectos producidos por anticuados tramoyistas, Dios mío, los golpes que propina Dina a su ordenador cuando trabaja: ¡se va a cargar el disco duro! No sé por qué (pero es virtud de esta novela inducir a pensamientos que se dirían ajenos a ella sin serlo), la situación de la novela me lleva a un decorado delirante que existe en el Museo Dalí de Figueres: aquella habitación que es un retrato de Mae West. Hay una chimenea, dos cuadros, un sillón, entre los cuales se puede caminar… Y, cuando se mira a través de un cristal distorsionador, se descubre que el sillón rojo son los labios, que la chimenea es la nariz, que los dos cuadros son ojos… Éste es el sabor que retengo en el cerebro después de la lectura de la novela ¿Quién mató a mi madre?, de Édgar Borges. La constatación de que el concepto surrealismo no viene de sub-realismo, como el mal uso de la etimología nos podría llevar a pensar sino de la palabra francesa sur-realismo que quiere decir super-realismo, es decir, mirada desde arriba, desde lo alto, mirada de aquel que sobrevuela (de ahí que haya comparado los investigadores con ángeles) y que, desde el cielo, puede verlo todo con una distorsión que lo acerca mucho más a la verdad, puede verlo todo tan bien que incluso descubre que en el Ángelus de Millet había enterrado un cadáver.

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